Bendición de los frutos 2016 - Homilía de Mons. Carlos María Franzini

 

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Ayer, domingo 28 de febrero, por la noche, se llevó a cabo la Bendición de los Frutos 2016, primer acto oficial de los festejos vendimiales de este año, que congregó a unas diez mil personas.

Entre algunas de las particularidades de este año, podemos señalar que la celebración tuvo lugar en San Carlos, en el teatro Neyú Mapú. Por otro lado, referentes de los distintos credos de Mendoza como son la Iglesia Evangélica Metodista Argentina, Iglesia Anglicana, Comunidad Budista de Mendoza, Sociedad Israelita de Beneficencia de Mendoza y de los Pueblos Originarios, participaron de esta tradicional celebración, que por primera vez tuvo este tinte interreligioso.

A continuación les facilitamos la homilía completa del Arzobispo de Mendoza, pronunciada para esta ocasión:

“El agua que yo le daré se convertirá en manantial que brotará hasta la Vida eterna”
(Homilía de Mons. Carlos María Franzini, Arzobispo de Mendoza, en la bendición de los frutos, Vendimia 2016, San Carlos)

Texto proclamado: Jn 4, 5-14

Queridos hermanos:

La conocida escena evangélica que se nos ha proclamado nos habla del agua, pero no de cualquier agua. Se trata de un agua “viva”, capaz de saciar la sed más profunda del corazón humano: sed de justicia y de paz; sed de verdad y belleza; sed de libertad y auténtico progreso; sed de trabajo honesto y responsable; sed de diálogo y respeto mutuo; sed de reconciliación y genuina amistad social. En definitiva, sed de una vida plena, que el Evangelio llama Vida eterna. Esta es el agua que Jesús ofrece a la samaritana y hoy también nos ofrece a todos nosotros.

Con el signo del agua Jesús recoge el carácter simbólico que tiene el agua en la tradición bíblica: el agua es principio de vida y de purificación; por ello es venerada y cuidada. Pero también el agua puede expresar muerte y frustración. Dolorosamente lo experimentamos con frecuencia en Mendoza y en tantos otros lugares. Además, la ambigüedad del corazón humano puede hacer también de ella signo de muerte y despilfarro. Por ello cuando utilizamos el agua para bendecir reconocemos esta doble significación y pedimos a Dios que nos abra al don de la vida que él nos ofrece, para acogerla, cuidarla y compartirla generosamente con todos. Nos es casual que el Papa Francisco haya dedicado varios números de su encíclica Laudato si’ al tema del agua y que nos recuerde que
“…el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos…” (nº 30).

Con esta significativa celebración de la bendición de los frutos, con la que se inicia la Fiesta Nacional de la Vendimia, la arraigada tradición religiosa de los mendocinos asume también el carácter simbólico del agua y pide a Dios la vida plena que sólo él puede ofrecernos. Pero al mismo tiempo el agua que nos bendice, nos compromete a acoger este don con la responsabilidad de cuidarlo, no despilfarrarlo y ofrecerlo generosa y equitativamente a todos. El agua que nos bendice nos invita a procurar vida, y vida plena, para todos, especialmente allí donde la vida está más amenazada.

Bendecimos los frutos, que son el signo del empeño laborioso de tantos, y pedimos que este empeño sea debidamente reconocido para todos los que de un modo u otro están ligados a la noble faena de los viñedos: con condiciones de trabajo dignas, con una justa retribución económica, con una honesta cadena de comercialización en la que todos sean beneficiados de forma equitativa.

Bendecimos los frutos, con el agua que da la vida, y nos comprometemos al cuidado de este don para que nadie se vea privado de este
derecho humano básico, fundamental y universal. Esto implica la firme determinación de hacernos cargo -cada uno desde su lugar- del cuidado solidario y responsable de este bien, cada día más escaso. La mejor ley de poco servirá si cada uno de nosotros no hace lo que le corresponde en este empeño común. Conviene tener presente que son responsables de la contaminación del agua no sólo emprendimientos productivos cuyo único afán sea el lucro económico o un estado eventualmente ausente o corrupto, sino también los ciudadanos irresponsables, que ensucian y despilfarran el agua en sus hogares, en la vía pública y en pequeños espacios que parecieran no tener en cuenta el bien común.

Bendecimos los frutos bajo la mirada tierna de la Madre, María, la Virgen de la Carrodilla, Patrona de los viñedos. A ella le pedimos que se cumplan nuestros más queridos anhelos. Hoy especialmente le pedimos que sepamos acoger el don del agua, que asume y expresa estos anhelos: queremos una vida digna y plena para todos; queremos trabajo honesto y estable para quienes carecen de él; queremos una vida familiar serena y gratificante para poder madurar como personas de bien; queremos recomponer los vínculos sociales allí donde estén rotos, para avanzar hacia una auténtica amistad social, particularmente en este año del Bicentenario de la Independencia de la Patria.

Por ello rezamos y cantamos con el poeta:
“…En las viñas de mi tierra
hay un recuerdo querido,
en cada hilera un amor
en cada surco un suspiro,
en cada hoja una esperanza
y la esperanza en racimos.
Virgen de la Carrodilla
es todo lo que pedimos.
Ten piedad de aquellos hijos
que le han clamado a tu cielo,
haz que a ellos se les cumplan
sus más queridos anhelos.
Para ti van estos cantos.
Para ti van estos ruegos...”


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