Mendoza ya cuenta con un nuevo diácono en camino al presbiterado

 

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Ayer, lunes 17 de agosto, la Iglesia de Mendoza celebró con mucha alegría la Ordenación Diaconal de Mauricio Exequiel Del Souc.

Con la concelebración de gran parte del presbiterado de Mendoza, entre ellos del Obispo Auxiliar, Mons. Dante Braida, y la presencia de familiares y amigos, y de muchos fieles, el Arzobispo de Mendoza, Mons. Carlos María Franzini confirió el Sacramento del Orden Diaconal a Mauricio.

La celebración litúrgica tuvo lugar en la Parroquia Nuestra Señora de los Dolores y Tránsito de San José a partir de las 17hs., la cual fue animada con los cantos del Coro Diocesano y el Coro Taizé.

Algunas fotos de la celebración:

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Homilía pronunciada por Mons. Carlos María Franzini, Arzobispo de Mendoza, en la ordenación diaconal de Mauricio del Souc
(Parroquia Nuestra Señora de los Dolores y Tránsito de San José, 17 de agosto de 2015)

Textos proclamados: Nm 3, 5-9; 2 Cor 4, 1-2.5-7; Lc 12, 35-44

Queridos hermanos:

Mauricio ha elegido los textos bíblicos proclamados para iluminar esta celebración en la que será ordenado diácono. Se trata de un paso decisivo y definitivo en su camino hacia la ordenación presbiteral. La Iglesia, en su sabiduría milenaria, ha establecido un itinerario, serenamente madurado y progresivamente apropiado, para quienes se reconocen llamados al ministerio presbiteral. En esta ordenación el candidato al presbiterado es signado por varios hechos muy significativos:

La incardinación a la diócesis, que se produce por la ordenación, lo liga definitivamente a esta Iglesia particular en la que está llamado a servir y lo vincula sacramentalmente al Obispo, para colaborar con él al servicio del pueblo que se les ha encomendado. La promesa de celibato, por la que Mauricio reconoce haber recibido este don y lo asume con plena libertad y responsabilidad, lo hace sujeto apto para ser ordenado presbítero en la Iglesia católica. Su público compromiso de orar con la Iglesia, por ella y por el mundo, manifiesta la viva conciencia eclesial de que “en vano trabaja el obrero si el Señor no construye la casa…”

Iluminados por la Palabra de Dios proclamada advertimos que el don del ministerio diaconal, como todo don en la Iglesia, tiene dos características sobre las que quisiera proponerles esta tarde algunas breves y sencillas reflexiones. Me refiero al servicio y a la vigilancia.

Los dones de Dios a su pueblo siempre son dados para la construcción del Reino, en favor de todos, para hacer crecer a la Iglesia. Nunca se trata de beneficios personales, que se puedan retener mezquinamente. En realidad, siguiendo las huellas del Maestro, sus discípulos nos sabemos llamados a servir y a dar la vida. Como San Pablo también nosotros nos presentamos como “servidores de ustedes por amor de Jesús” ya que “hemos sido investidos misericordiosamente del ministerio apostólico”.

El ministerio litúrgico, prefigurado en el Antiguo Testamento por el servicio de los levitas; la predicación de Cristo Jesús y su evangelio y la conducción de la comunidad cristiana son distintas maneras de servir, a las que el ministro subordina todo otro interés, gusto, proyecto e incluso legítimas necesidades y expectativas humanas.

Como el Maestro, también nosotros sus discípulos y seguidores, no estamos en la comunidad cristiana para ser servidos sino para servir. Esta disposición, más aún, esta identidad fundante marca nuestro estilo de vida, nuestra espiritualidad, nuestras prioridades y nuestras opciones cotidianas, en definitiva, nuestro modo de vincularnos con Dios y los hermanos.

Pero -nobleza obliga- hemos de reconocer que esta disposición básica al servicio con la que todos comenzamos nuestro camino ministerial tiende a diluirse, cuando no a perderse totalmente. Como San Pablo, también nosotros sabemos que “llevamos ese tesoro en recipientes de barro” y por eso hemos de estar vigilantes y prevenidos. La parábola de los servidores fieles es muy clara y exigente: “…al que se le dio mucho, se le pedirá mucho…” Quienes recibimos el don del servicio en favor del santo pueblo de Dios no tenemos derecho a maltratarlo con nuestra entrega mezquina o interesada, con la búsqueda del propio provecho, con la falta de coherencia con lo que somos y estamos llamados a ser.

Precisamente pensando en nuestras faltas de testimonio, en la Carta Pastoral de este año proponía también a los ministros, además de la conversión, la reparación. Y para ello hemos de volver una y otra vez al principio del camino vocacional. Nuestra identidad, tan claramente descripta en la Palabra de Dios y en el Magisterio de la Iglesia, necesita ser apropiada cada día con mayor fervor y convicción. Nuestra debilidad es la providencial circunstancia que nos invita a dejarnos “tomar” por la gracia de Dios, mediada por la Iglesia, para que el mismo Señor vaya cincelando en cada uno de nosotros el pastor bueno y fiel que él necesita para seguir guiando a su pueblo. Sólo así estaremos reparando de verdad nuestras debilidades.

Por eso, querido Mauricio, te invito a continuar tu camino formativo con la misma disponibilidad y apertura con la que has venido recorriéndolo hasta ahora. Sólo con esa disposición podrás tener la seguridad de estar “vigilante” y “preparado”, como nos pide el Señor en su evangelio. Para ello no estarás solo. La Iglesia arquidiocesana te ofrece su acompañamiento y los recursos pastorales y pedagógicos apropiados. Claro está, siempre insuficientes si falta tu respuesta comprometida y perseverante en este empeño.

Ante todo contarás con mi paternidad y acompañamiento; con la experiencia y cercanía de tus hermanos presbíteros y diáconos; con el afecto y la sabiduría del santo pueblo de Dios que en las distintas comunidades en las que lo servirás, te ayudará a ir forjando un estilo de vida pastoral que refleje al único Pastor, Jesucristo, el Señor. Para vos pedimos esta tarde que él mismo te regale sus sentimientos, particularmente su compasión por los pobres y pequeños, por los débiles y los enfermos, por quienes tienen más necesidad de él.

Y a todos los que participamos de esta celebración el Señor vuelve a invitarnos a recorrer el maravilloso camino del servicio, cada uno según su propio lugar en la Iglesia. Así, todos juntos, seremos un pálido pero auténtico reflejo del Señor que se hizo pobre, último y servidor. María, la servidora del Señor, Nuestra Señora del Rosario nos acompaña en este camino.