La Pascua de María y la Renovación Eclesial

 

Por Pbro. Sergio Buenanueva

A las puertas de nuestra IIª Asamblea Diocesana, la luminosa fiesta de la Asunción de María. “Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos” (1Co 15,20). Luego -añade el Apóstol- los que están unidos a Él. Hoy celebramos la Pascua de María. Como siguió a Cristo hasta el Gólgota, hoy es exaltada a lo más alto del cielo.

Sin María, el Evangelio se convierte en una ideología fría y cerebral, afirmó hace casi treinta años el Documento de Puebla. Es una de esas verdades que se imponen por sí mismas, al menos para quien tenga la sensibilidad abierta, inquieta y elevada.

En ocasiones, esta verdad se comprueba dolorosamente. Los ojos de la fe captan la ausencia de María en la vida eclesial. Las consecuencias no se dejan esperar: el escepticismo suplanta la esperanza, la ironía la alegría y -lo más grave de todo- la discordia la caridad de Cristo.

Recuperar a María es procurar la salud al cuerpo debilitado de la Iglesia. Cuando debatíamos sobre nuestro actual Plan de Pastoral, un sacerdote salesiano, el P. Ángel Castellaro, allí en el Hotel Ejército de los Andes, tuvo una intervención providencial, señalando la ausencia de María en la reflexión pastoral que entonces la Iglesia llevaba a cabo. ¡Gracias a Dios y a este buen hijo de María Auxiliadora!

Hoy, a las puertas de nuestra Asamblea Diocesana, y puestos a actualizar nuestro Plan de Pastoral: ¡no olvidemos a María, la señal luminosa que Dios ofrece a la esposa de su Hijo, para alentarla en el camino de la historia!

María nos indica cuál es el único camino posible para una reforma de la Iglesia. “Re-forma” quiere decir: recuperar la forma original, la más pura y verdadera. Darle autenticidad a la Iglesia. Esa forma es Cristo, la cabeza y el esposo. Reformar la vida de la Iglesia no es procurar vaya a uno a saber qué cambios o que nuevas genialidades, sino recuperarnos para Cristo. ¡Qué su rostro crucificado y glorificado brille en el humilde rostro de la Iglesia!

Esa es la gracia que le pedimos al Dios Amor, sostenidos por la poderosa oración de María, asunta al cielo, unida a Cristo para siempre, Madre y Maestra espiritual de la Iglesia.