Testimonio de la Hna. María Cecilia Miranda, Pequeña Hermana de la Sagrada Familia, misionera en el Togo

 

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La Hna. María Cecilia Miranda, más conocida como Hna. Magui, pertenece a la Congregación de las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia. Hace unos días atrás ha compartido su testimonio con el Equipo Ad Gentes de la Arquidiócesis de Mendoza, sobre la misión que realiza en el Togo.

La Hna. Magui realizó los votos perpetuos el 10 de febrero de 2006. Dos años después ya se encontraba en África tras haber aceptado la propuesta de la Madre General de la Congregación. Es licenciada y profesora en Psicopedagogía por la Pontificia Universidad Católica Argentina de Bs. As. Actualmente tiene 37 años y reside en Lomé, capital de Togo, país que se encuentra al oeste de África.

La Congregación de las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia cumple el noveno año de presencia en este país.


Testimonio de la Hna. Magui

Misión como presencia


Hay gente que elige la misión, y hay otra gente, como yo a la que la misión elige. Hace seis años me encontré de sopetón con una realidad nueva para mí: ser misionera fuera de mi país. No era algo improvisado, porque Dios prepara sus proyectos con cuidado y atención, no era algo tirado de los pelos, sino un nuevo sendero en la aventura de querer donar la vida cada día, en lo cotidiano, que se hacía concreto con mi consagración religiosa.

Sí, soy Pequeña Hermana de la Sagrada Familia, pero dentro de mi vocación, al menos yo no había pensado en la posibilidad de ir a otros lugares para anunciar el Evangelio. Pero el Señor, que siempre toma la iniciativa, me empujó a aceptar la propuesta de mi Madre General para dejar mi amada tierra, y llegar a la nueva realidad que se estaba gestando en Lomé, Togo, un pequeño país de África del Oeste.

Medio a los trompicones empecé a prepararme. Busqué un poco de información de un país casi desconocido para mí, y empecé a dejar que el corazón llorara las pérdidas y las partidas, expresando también todo lo importante que dejaba y todo lo importante por lo que me iba.

Así, llegué a Lomé, para integrar la comunidad de formación de nuestra familia religiosa. Nada, nada te prepara para la realidad, y hasta el más experto con las palabras, tiene dificultades para expresar todo lo que se ve. Una cultura distinta, una lengua distinta, una manera de ver la vida y la fe distinta, un clima distinto. El primer tiempo es para conocer, para adaptarse. Para romper todas las ilusiones y empezar a construir desde la realidad de las personas que encontramos, con sus dones, con sus defectos. Es un tiempo para descubrir lo difícil y lo liberador de sentirse inútil, pequeño, sin recursos. Es un tiempo para empezar a aprender la lengua, que aquí es el francés, y saber que en realidad se comunica más con una sonrisa, una caricia, un gesto, frente a tanta gente que no habla francés porque no está escolarizada y hablan sólo la lengua local, el ewé.

Para mí cambió la idea de misión tan pobre y reducida que tenía, para abrir la puerta a la experiencia de la presencia. Cuando uno comienza a conocer el contexto se siente más seguro, pero también se descubre que hay elementos culturales que nos los entenderé nunca, pero que tengo que respetarlos; que hay maneras de pensar tan arraigadas que no hay lógica válida para hacer cambiar de opinión, lo que implica ser creativo y paciente. Es un desafío pasar de la crítica de lo que no nos gusta a la valorización de las actitudes y valores que pueden producir un cambio.

Después de estos años, y con tanto por aprender, reafirmo siempre más que la gente no me necesita, lo poco que hago lo puede hacer cualquier otro, pero soy yo la que necesitaba y necesito esta experiencia para crecer, vislumbrar horizontes nuevos, liberarme de algunas esclavitudes, y buscar siempre más lo esencial del Evangelio. La misión no me invitó a planificar, proyectar, proponer, sino a estar en medio del pueblo, a acoger lo distinto sin dejar de lado lo que soy, porque en definitiva no aportaría nada si pierdo identidad; me invitó a reconocer en estos rostros morenos la presencia del Señor que se hace hermano; me desafió a amar hasta el extremo, aún en la soledad, en la incomprensión, en el desconcierto.

Creo que el misionero es aquel ha entendido la vida como un peregrinaje. Francisco de Asís, apropiándose de las palabras de la carta de san Pedro decía a sus frailes: “vayan como peregrinos y forasteros”. Sin falsos protagonismos y haciéndose cargo de la vida que reclama; sin falsas ilusiones sabiendo que también los más pobres serán los que te mientan, te engañen, te rechacen; sin apropiarse de nada ni de nadie pero amando incondicionalmente; sin querer solucionar todos los problemas pero gritando y rebelándose frente a las injusticias.

Mi tarea es principalmente la formación de mis hermanas, también doy clases en un Instituto de formación para catequistas, animo la Unión diocesana de Consagrados y acompaño un grupo de catequistas de una de las capillas de nuestra parroquia. Intento compartir mi experiencia y acompañar a los otros para que hagan crecer en ellos la fe que han recibido. Me siento pequeña entre los pequeños, intentando acoger lo maravilloso que el Señor me regala cotidianamente: su Palabra, su Eucaristía, cada gesto y sonrisa. Sin Su Presencia, yo no podría ser presencia. Sí, podemos estar seguros ¡Él estará con nosotros hasta el fin del mundo!


Hna. María Cecilia Miranda
Pequeña Hermana de la Sagrada Familia – Lomé – Togo

21 de abril de 2015.


Algunas fotos:

Hna. Magui con el P. Daniel Forconesi, en su reciente visita al Togo

Misa con las Pequeñas Hermanas de la Sagrada Familia

Procesión de ofrendas, con baile, durante la Fiesta de la Misericordia

Hermanas de la Sagrada Familia participando en la Misa

Niños togoleses