Pascua: fiesta de la vida, la libertad y la responsabilidad – Mons. Carlos María Franzini

 

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A continuación les ofrecemos algunas “reflexiones sobre el significado universal de esta fiesta, cuya propuesta puede ser acogida tanto por creyentes como por hombres y mujeres de buena voluntad, buscadores de la verdad y de la paz”, según expresa el Arzobispo de Mendoza en un artículo publicado recientemente en el Diario Los Andes, sobre la Fiesta de la Pascua.


Pascua: fiesta de la vida, la libertad y la responsabilidad

Por mons. Carlos María Franzini

La tradición judeo-cristiana celebra en estos días su fiesta de Pascua (“Pesaj”, en la expresión de nuestros “hermanos mayores”). Se trata de una celebración eminentemente religiosa pero su resonancia en la vida de todos, creyentes o no, es indudable, más aún en una cultura como la mendocina, tan impregnada de los valores, criterios y expresiones de dicha tradición. Por este motivo quiero ofrecer algunas sencillas reflexiones sobre el significado universal de esta fiesta, cuya propuesta puede ser acogida tanto por creyentes como por hombres y mujeres de buena voluntad, buscadores de la verdad y de la paz.

En la Pascua los cristianos celebramos la victoria de la vida en Jesucristo muerto y resucitado, para darnos Vida y Vida en abundancia. A partir de la Pascua la muerte no es la última palabra; en todo caso es la “ante-última”. Si todo acaba con la muerte, la vida no tiene sentido. En cambio si nos reconocemos llamados a una Vida plena, abundante y sin fin, todo adquiere un nuevo horizonte. Pero la paradoja de esta convicción es que esa Vida plena ha comenzado ya en esta vida concreta y frágil de cada uno. Vida marcada por el temor de la muerte y por tantos signos que –de alguna manera- la anticipan: la enfermedad, los fracasos y frustraciones, los desencuentros y la violencia, los odios y las guerras, las injusticias y tantas formas de atentado a la dignidad humana. Profesar la fe en la victoria del Resucitado es para los cristianos una constante llamada a comprometerse en la defensa de la vida en todo su arco: desde la misma concepción hasta su fin natural. Y esto es así porque reconocemos que la vida es un don recibido de Dios, del que nadie es dueño absoluto. Cuando la Iglesia defiende y promueve la vida que anida en el seno materno, ya con un ADN único e irrepetible (según lo enseña la ciencia, no la fe), cuando alerta sobre el drama de la desnutrición infantil y el descuido o maltrato de los ancianos, cuando denuncia la trata de personas, la inmoralidad de la tortura o el escándalo de la guerra, está profesando su fe en el Dios de la Vida que rechaza todo aquello que la vulnera de distintas formas.

Pero la Vida plena que nos regala la Pascua es también vida para la libertad de toda forma de esclavitud. Particular mensaje en tiempos en los que –a pesar de tantos discursos “libertarios”- nos vemos rodeados de muchas formas nuevas y antiguas de esclavitud. Pensemos en las adicciones: el alcohol, el tabaco, la droga, el juego, internet… Pensemos en la trata de personas, aún vigente en pleno siglo XXI. Hablamos de un vergonzoso flagelo, ligado a escalofriantes “negocios” como la prostitución, el tráfico de órganos o el trabajo clandestino. Pero hablando de libertad, de manera particular deberíamos pensar en nuestro sistema carcelario, pretendidamente destinado a la recuperación y rehabilitación de quienes han delinquido contra la sociedad. Aquellos que están privados de su libertad -aún el peor de los criminales- no han perdido su dignidad humana y han de ser tratados conforme a ella, en vistas a que recuperen su libertad y se reintegren de manera nueva en la sociedad. Sin embargo constatamos que en nuestras cárceles hay jóvenes detenidos para quienes ese lugar es escuela de creciente violencia y marginación; adultos que por años son sometidos al aislamiento para lanzarlos a nuevas formas de delincuencia, una vez que han cumplido su condena y –supuestamente- están recuperados. Incluso se da la paradoja de algunos detenidos por violaciones de los derechos humanos que son tratados con la más absoluta falta de respeto a los mismos. Una nueva y patética versión de la “ley del talión” a esta altura de la historia. Si nuestro sistema carcelario no habilita para la recuperación y la reinserción social de los detenidos, capacitándolos para vivir de forma responsable su libertad es un rotundo fracaso. Cualquiera que haya visitado alguna de las instituciones de nuestro sistema carcelario podrá entender a qué me estoy refiriendo.

Finalmente la Pascua es la fiesta de la responsabilidad. Los creyentes reconocemos que el Dios de la Alianza nos regala los dones de la vida y la libertad pero nos asigna la tarea de cuidarlas y cultivarlas con responsabilidad. En efecto, ya desde la creación, el hombre es llamado al cuidado y al razonable aprovechamiento de todo lo creado, ante todo al sano cuidado de sí mismo. La creciente conciencia ecológica es una expresión de esta vocación que anida en el corazón de todo los descendientes de Adán. Pero el ejercicio responsable de nuestra libertad nos llama también a comprometernos activamente en el cuidado mutuo. “Todo hombre es mi hermano”, nos recordaba el Beato Pablo VI y el Papa Francisco nos invita permanentemente a cuidarnos unos a otros. Los cristianos estamos urgidos a comprometernos de manera responsable en la búsqueda perseverante del bien común de la sociedad en la que estamos insertos, porque creemos que Jesucristo nos convoca a construir una vida fraterna, fundada en la justicia y la paz, la misericordia y el perdón, el diálogo, el servicio y el respeto mutuos, privilegiando siempre a los más pobres, débiles y sufrientes. En otras palabras, tenemos la responsabilidad de crear y sostener condiciones para una más auténtica “amistad social” entre todos los que compartimos la misma comunidad nacional.

Un cauce concreto de nuestra participación responsable en la búsqueda del bien común lo estamos viviendo en este año eleccionario. Hace pocos días la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina publicó un mensaje titulado: “Las elecciones, exigencia de compromiso ciudadano”. Los obispos hemos querido señalar la singular responsabilidad que se juega en las elecciones, dentro de un sistema democrático maduro y vigente. También a través de ellas pasamos de ser meros habitantes a ciudadanos responsables. En ellas, como en tantas otras ocasiones, los ciudadanos nos “hacemos cargo” de la patria y construimos el bien común. Siempre y cuando sepamos asumir nuestra responsabilidad participando de manera lúcida, serena y fundada de este momento privilegiado de la vida institucional de la República. No se puede ser un ciudadano maduro y comprometido con el bien común de la Nación sin el ejercicio de esta responsabilidad. Celebrar la Pascua es también asumir esta responsable actitud ante Dios y los hermanos porque, aunque nuestra mirada esté en el cielo, nuestros pies han de estar bien plantados en esta bendita tierra mendocina.


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