Festejo a Santiago Apóstol

 

Recuperemos la alegría de ser discípulos de Jesús en nuestra ciudad

Homilía de Mons. José María Arancibia en la Fiesta en Honor a Santiago Apóstol, patrono de Mendoza.

1. El Apóstol nos anima a vivir la alegría de ser discípulos de Jesús

Esta Mendoza, nuestra ciudad, nació cristiana. Hoy celebramos como patrono a Santiago, porque creemos en Jesucristo, por quien el apóstol dio la vida. En su larga historia, esta ciudad ha tenido como norma el Evangelio, con luces y sombras en su camino.

Hoy, siendo ya una gran ciudad, se siente moderna, progresista, abierta al mundo, integrada por diversas formas culturales y religiosas. Pero esa diversidad, que de por sí es una riqueza, se diluye cuando se pierden o debilitan las convicciones.

Al celebrar entonces la fiesta de Santiago, le pedimos ante todo, que nos renueve en el gozo de ser discípulos y seguidores de Jesús. Él se sintió atraído, elegido por el Señor, y lo siguió, deslumbrado por su persona y su mensaje. Hoy necesitamos percibir de nuevo, y desde dentro esa atracción.

Es un tiempo de desafíos y exigencias. Caracterizado por un desconcierto generalizado, ligado a crisis sociales y políticas. Se difunde una cultura lejana y hostil a la tradición cristiana.

Surgen ofertas religiosas varias, que tratan de responder a la sed de Dios. ¿Cuál es entonces la actitud de los cristianos? Reconocer, ante todo, que la fe es un valioso don:

-Ser cristiano no es una carga sino un don: Dios Padre nos ha bendecido en Jesucristo su Hijo, Salvador del mundo.

-Nuestra alegría, se basa en el amor del Padre, en la participación en el misterio pascual de Jesucristo quien, por el Espíritu Santo, nos hace pasar de la muerte a la vida, de la tristeza al gozo, del absurdo al hondo sentido de la existencia, del desaliento a la esperanza que no defrauda.

-Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una gracia, y transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, nos ha confiado.

Con los ojos iluminados por la luz de Jesucristo resucitado podemos y queremos contemplar al mundo, a la historia, a nuestros pueblos ....

-La alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo. (cf Aparecida, 23.17-18. 32)

2. Queremos ser discípulos en esta ciudad que amamos y nos preocupa

Una ciudad grande, es parte del proceso que genera una cultura contemporánea, nueva, compleja y plural. En ella acontecen transformaciones importantes que impactan todas las dimensiones de la vida. Aún con aspectos contradictorios. Impulsa un desarrollo necesario, pero canaliza las necesidades que provoca. Incorpora nueva costumbres, pero no consigue armonizarlas con las tradiciones que más valora. Recibe e incluye a mucha gente de afuera, pero se compromete con dolorosas exclusiones. (cf A 509-512)

Desde la fe cristiana, esta compleja realidad se mira y se encara con amor, misericordia y de ayuda solidaria. Al invocar a Santiago como Patrono, queremos vivir pendientes de la Palabra que lleva en su mano. Nos hace bien dejarnos cuestionar, y contagiar de su entusiasmo apostólico, para ser más responsables de nuestra ciudad. El mandato de caridad abraza todas las dimensiones de la existencia, todas las personas, todos los ambientes de la convivencia y todos los pueblos. Nada de lo humano le puede resultar extraño. La Iglesia sabe, por revelación de Dios y por la experiencia humana de la fe, que Jesucristo es la respuesta total, sobreabundante y satisfactoria a las preguntas humanas sobre la verdad, el sentido de la vida y de la realidad, la felicidad, la justicia y la belleza.

Son las inquietudes que están arraigadas en el corazón de toda persona y que laten en lo más humano de la cultura de los pueblos. Por eso, todo signo auténtico de verdad, bien y belleza en la aventura humana viene de Dios y clama por Dios. (A 380)

Muchos ven la ciudad con ilusión, porque es signo del progreso, de nuevas oportunidades, de una mejor y más completa educación. Aunque allí también se da lugar a: mayores formas de violencia, de individualismo, de pobreza y de marginación social. No obstante los creyentes confiamos que Dios mismo vive en la ciudad, y comparte nuestras alegrías y esperanzas, como los sufrimientos y dolores. Confiando en Él nos disponemos en positivo a colaborar para hacer más humana la existencia compartida. En las ciudades, las personas tienen la posibilidad de conocer a más personas, interactuar y convivir con ellas. En las ciudades es posible experimentar vínculos de fraternidad, solidaridad y universalidad. En ellas el ser humano es llamado constantemente a caminar siempre más al encuentro del otro, convivir con el diferente, aceptarlo y ser aceptado por él (A 514).

3. Sobre todo hemos de ser: ciudadanos plenamente responsables

La fe cristiana no nos separa de la responsabilidad social. Al contrario, aportan luz y fuerza para cumplir los compromisos cívicos. Los que renuevan la experiencia del encuentro con Cristo, y lo siguen por convicción, viven el gozo de la vida que Él comunica. Vida en abundancia, que confirma la dignidad humana y otorga la condición de hijos amados, rescatados y cuidados por Dios.

En los ambientes cristianos, y en otros muchos, ha crecido la preocupación por fomentar una mayor conciencia ciudadana.

No es lo mismo, sólo habitar en un lugar, que ser ciudadano de ese pueblo. Alguien ha dicho, interpretando a san Agustín, que la diferencia está en: amar la tierra donde moramos, su gente, sus costumbres, sus proyectos.

Como mendocinos, y como cristianos, pedimos al Patrón Santiago que aliente y afiance nuestra vocación ciudadana.

Mencionemos solo algunos desafíos, para iluminar las conciencias, rogar por una vida mejor para todos:

-Practiquemos la misericordia que enseñó Jesús, pero sin contribuir a un sistema económico inicuo. “Se requiere que las obras de misericordia estén acompañas por la búsqueda de una verdadera justicia social, que vaya elevando el nivel de vida de los ciudadanos, promoviéndolos como sujetos de su propio desarrollo” (A 385).

-Procuremos que “se despierten en la sociedad las fuerzas espirituales necesarias y se desarrollen los valores sociales. Sólo así las estructuras serán realmente más justas, podrán ser eficaces y sostenerse en el tiempo. Sin valores no hay futuro, y no habrá estructuras salvadoras, ya que en ellas siempre subyace la fragilidad humana” (A 385).

-La convivencia humana y la misma comunidad política, se fundamentan en el reconocimiento de un primer valor: el “valor sagrado de vida humana desde su inicio hasta su término natural, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo” (A 108).

-Con palabra del Papa: “para que nuestra casa común sea un continente de la esperanza, del amor, de la vida y de la paz hay que ir, como buenos samaritanos, al encuentro de las necesidades de los pobres y los que sufren y crear las estructuras justas que son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad…”.

De la dignidad inviolable de la persona humana surgen los valores que rigen la convivencia humana. Por tanto, “el consenso moral y el cambio de estructuras son importantes para disminuir la hiriente inequidad que hoy existe en nuestro continente, entre otras cosas a través de políticas públicas y gastos sociales bien orientados ... ” (A 537)

- No nos quejemos de leyes injustas, sólo porque los legisladores no saben escuchar y dialogar con los ciudadanos; tenemos que lamentar también, que “muchos ciudadanos abdican de su participación en la vida pública” (A 79).

- Alentemos a empresarios, agentes económicos, productores y comerciantes, a ser creadores de riqueza, con el esfuerzo de generar empleo digno, facilitar la democracia, y promover la aspiración a una sociedad justa, y una convivencia ciudadana, con bienestar y en paz. (cf A 404)

-Ante hechos dolorosos como la extendida corrupción, y el desencanto de las jóvenes generaciones por vida política, es preciso recordar y comprometerse porque “la democracia y la participación política son fruto de la formación que se hace realidad solamente cuando los ciudadanos son conscientes de sus derechos fundamentales y de sus deberes correspondientes” (A 77).