Aparecida: del Acontecimiento al Documento, Ida y Vuelta

 

Por Diego de Jesús, monje del Cristo Orante

“Sólo el asombro conoce”, san Gregorio de Nisa


En los albores del Concilio Vaticano II, un artículo del ahora cardenal Mejía (Criterio Nº 1413), decía una verdad simple como el agua, pero que seguramente para el río revuelto del momento su transparencia no respondiera al color habitual de las mismas.

Y dice que el Concilio es una realidad que excede el mero orden natural. Y esto, porque responde a la condición de Misterio. Pues si el Concilio no sólo se da en el contexto de la Iglesia, sino que es la misma Iglesia en el ejercicio de su identidad, será válido transferir el carácter de Misterio de su ser a su obrar.

Era octubre del ’62 y arrancaba el Concilio, cuya recepción conoció una gama tan vasta de actitudes y resultados. Y con notable clarividencia se preguntaba el joven sacerdote sobre cómo iría a ser -concluidas las sesiones conciliares- la recepción que cada uno de nosotros hiciéramos de sus conclusiones.

Sospechando que nuestras mezquinas y miopes visiones nos moverían a muchos a rastrear coincidencias con el propio parecer, para festejarlas, y a rabiar con lo que dijera en disidencia con nuestras ideas, anotándolas como fracasos del Concilio. ¿Qué nos habrá faltado entonces? -se preguntaba él en futuro, nosotros (a 45 años) en pasado-.

Conciencia del Misterio como forma de la Iglesia y por ende, como forma del Concilio. Y vulnerable apertura a dejarse impactar por el Misterio, que por fisonomía propia es siempre sorprendente. La Iglesia, como su Esposo Cristo, es una realidad teándrica. Es decir: divina y humana. Y esto no al modo de los semidioses griegos, sino en la consistencia de una doble naturaleza inconfusamente indivisible. Así Cristo. Así la Iglesia. Así, lo de la Iglesia.

Salvando las distancias que hay entre un Concilio ecuménico y una Conferencia general del Episcopado Latinoamericano, la analogía vale para buscar un plan actitudinal con que afrontar lo inminente: ¿cómo recibimos hoy el Documento de Aparecida?

La Iglesia es divina. Claro que no menos: es también humana. Así como en Cristología uno puede errar cayendo en el monofisismo (una sola naturaleza) de un Jesús solo Dios disfrazado de hombre; puede uno también trastabillar presentándolo como mero Hombre, venido de parte de Dios.

De modo parecido a la hora de ajustar nuestra idea de la Iglesia podemos o sobredivinizarla, descuidando su innegable y constitutivo carácter humano e intramundano, como atrofiarla en la raquítica presencia de la mera institución humana.

Un monofisismo eclesial o un nestorianismo eclesial fueron y seguirán siendo seguramente los riesgos ineludibles entre cuyos abismos nos toca seguir pensando una realidad tan paradojal como insondable.

La Iglesia ha estado en Aparecida. ¿Sólo los obispos y peritos? Alguno dirá prontamente: no sólo ellos, ¡hasta estuvo el Papa! Me parece crucial recordarnos que el que estuvo, y no de “observador” sino en un rol presidencial, ha sido el Espíritu Santo en persona.

Y todo esto, en casa de la Madre de Dios. ¿Es esto una certeza o una expresión de deseo o de sano optimismo? Es certeza. Y no necesita de una verificación a posteriori, midiendo sus frutos. Estuvo el Espíritu Santo pues donde está la Iglesia está Él, que es su alma.


La válida pretensión de que Aparecida fuera “un nuevo Pentecostés” puede prestar a confusión si no partimos de la certeza ontológica de que inexorablemente lo sería. Y digo esto pensando en tantas voces que antes y durante auguraron el nuevo Pentecostés, acentuando en que sería “tal” siempre y cuando los Padres sinodales llegaran a las conclusiones que ellos pretendieran.

Emilio Komar -de los más grandes pensadores cristianos que tuvo la Argentina en el siglo pasado- había sacado en la misma CRITERIO (Nº 1261), unos años antes, un estudio que daría la vuelta al mundo: la aplicación de las virtudes cardinales al ejercicio intelectual.

Cómo pensar con prudencia, con justicia, con fortaleza y templanza. Una joya. Y entre lo mucho que allí explica y ejemplifica está esta arrogancia congénita al Hombre por afrontar un texto, una idea o incluso la cosa misma, esperando capturar lo que de antemano él mismo pretende.

Nos pasa con los grandes clásicos, nos terminó pasando con el Concilio y nos suele pasar con los Documentos de la Iglesia en general. El texto es “inspirado” o no, si coincide o no con mi parecer. El texto es genial, magnífico, extraordinario, bajo igual criterio. Y así -decía Komar- queda al desnudo nuestra penosa condición: lo que en verdad consideramos “genial, magnífico, extraordinario” somos nosotros mismos.

¿Sabremos afrontar el texto de Aparecida desde otra apertura y sobre todo desde otra docilidad y humildad? No nos toca a nosotros revisar el texto para chequear si pasó Dios o no. Porque pasó, lo que nos toca es atender a lo que tenga que decirnos.

En la interacción del lector con el texto -con todo texto en definitiva- la disyuntiva primordial será siempre quién es agente y quien es paciente. ¿Es mi pensamiento el que debe abordar y alumbrar el texto para juzgarlo? ¿O es el texto el que debe concederme su forma, su luz y transformar mi pensamiento?

No caben respuestas planas o unívocas a esto, ni en un sentido ni en el opuesto. Pero en busca de la verdad dialógica, me pregunto si en verdad dejamos que los textos nos cambien. Y de un modo específico: si dejamos que los textos eclesiales nos cambien. Decía Bernanós en un sentido más amplio: “hay un antes y un después en la vida de una persona, cuando esta se convence que los demás tienen algo que decirle”.

Pero hay más. Pues el paso de Dios como premisa no sólo instala al texto en un valor predeterminado (cotizando más alto que mi propio yo), sino que le confiere una morfología peculiar: porque el paso de Dios es Acontecimiento, el texto me remite no a meros conceptos sino que es expresión de tal Acontecimiento e incluso, manifestación del mismo.

Como ha dicho nuestro Obispo, Mons. Arancibia -participante de la Conferencia- lo crucial en Aparecida no es el Documento sino el Acontecimiento. Es el nuevo Pentecostés ocurriendo en la historia, en presente, lo que arroja Luz -cual lenguas de Fuego- sobre el Continente. Lenguas libérrimas e inasibles, que -sin congelarse- sellaron la letra de un Documento que a nosotros nos tocará afrontar en proceso inverso, para que en la trastienda de cada frase -por el fondo del armario, diría Lewis- accedamos al Acontecimiento: el Espíritu divino soplando la Vida del Cristo Resucitado sobre nuestros pueblos.

Los padres de la Conferencia supieron escucharse mutuamente, dejarse interpelar entre sí, debatieron, oraron intensamente... y de allí surgió el Documento. ¿Sabremos nosotros no extraviarnos en el itinerario inverso que nos lleve al Fuego?

El Espíritu viene en nuestra ayuda (para leer), como vino en ayuda de ellos (para rezar, celebrar, pensar, debatir y escribir). Y así la Iglesia entera -que somos todos- mientras peregrina en nuestra herida Latinoamérica, vuelve a recibir el aliento, el empuje, la orientación, la rectificación y la fuerza del mismo Dios para llevar a todos los hombres a Él.

A muchos nos ha importado -y preocupado- que en Aparecida no faltara una visión teologal sobre la realidad y sobre la Iglesia misma. Hoy esta pretensión y preocupación se nos vuelve cual un boomerang... y nos desafía a que ahora no nos falte a nosotros cintura teologal para abordar el texto que tenemos en nuestras manos.

Hay una valiosa pedagogía en que no nos lo hayan entregado el último día de la Conferencia. En la Providencia -me perece- responde no sólo ni sobre todo para poder primero presentársela a la Sede de Pedro, sino que pone a toda la Iglesia destinataria del Documento en una actitud de fecunda expectativa y delicada preparación interior.

¿Sabremos aprovechar este “tiempo” para disponernos “como niños” para escuchar lo que Dios tenga para decirle a las Iglesias de las que somos parte? ¿Lograremos superar ese impulso -solapado movimiento de nuestra arrogancia más profunda- por ir prontamente a constatar si el texto dice finalmente lo que yo creo que “debía” decir?

Seguramente nos va a hacer bien pedir mucho el don de la humilde fe para que al abrir el texto, la fresca brisa del Espíritu nos impacte, confirmando alguna de nuestras certezas y -Dios lo quiera- sorprendiéndonos con lo que nosotros hubiéramos planteado de otro modo.

En el fondo, sólo esta otredad -eso que yo pensé distinto- es aporte contante, es crecimiento sonante, es beneficio neto para mí.

Ojalá que a todos el Documento nos “aporte”, nos sorprenda, nos enriquezca. Es decir: nos cambie algo. El secreto es tan sólo ese: que la letra nos transporte al Acontecimiento, pues sólo allí -entre las lenguas de Fuego y el Fuego hecho lenguaje- todo es sorpresa y riqueza, vida y noticia, calor y luz para nuestros Pueblos.