Al Volver de la Conferencia de Aparecida

 

Por José María Arancibia, Arzobispo de Mendoza

Al terminar los intensos días de la V Conferencia General, celebrada en el santuario mariano de Aparecida (Brasil), voy compartiendo con muchos la experiencia vivida.

Advierto que me preguntan con interés, y veo que han seguido este encuentro de obispos por los medios de comunicación.

Quisiera compartir todo lo vivido allá, y no sólo hablar del documento. Creo que para mí y para los demás participantes, ha significado mucho más que preparar un escrito con orientaciones pastorales.

En mis años de sacerdote y obispo, agradezco haber participado de varios encuentros eclesiales importantes.

El Sínodo diocesano de Córdoba (1986). Tres Sínodos de Obispos: uno sobre el sacerdocio (1990); el especial para América (1997); y el de la Eucaristía (2005). Así como en la 4ª Conferencia General de Obispos, en Santo Domingo (1992).

Confieso que todas han sido para mí momentos de gracia, porque he percibido el paso de Dios en su Iglesia, conduciendo la hermosa misión evangelizadora. Y lo hace con la inmensa paciencia de animar debilidades, alentar desalientos, perdonar errores, aguardar resultados, y suscitar siempre renovado impulso, con la fuerza de su Espíritu.

En cada ocasión, he aprendido mucho de los evangelizadores que comparten conmigo la misión. Como de la gente a la cual estamos enviados. He descubierto nuevas oportunidades que Dios me concede, y he debido reconocer mi limitaciones y pobre respuesta.

Por encima de todo, he podido gustar cada vez más del Evangelio mismo, que es el contenido y razón de nuestra bella misión.

Fui a Aparecida, bastante conciente de las expectativas positivas y negativas que escuchaba y leía en los últimos tiempos. Casi todos hacían memoria agradecida de Medellín y Puebla, pero no de San Domingo, cuya poca repercusión había desanimado a muchos.

¿Cómo se estaba preparando Aparecida? Encontré a personas y comunidades participando con interés en el amplio trabajo propuesto por el CELAM a través de fichas y preguntas. Aunque escuché criticas sobre el Documento de Participación.

En cambio un juicio bastante positivo del Documento de Síntesis, que recogió los aportes de las Iglesias e instituciones, y pareció mucho más completo, orgánico y motivador. Al momento de partir, había recogido impresiones varias y divergentes, que me fueron útiles y me hicieron reflexionar.

Las casi tres semanas de la Conferencia, tuvieron para mí una triple dimensión. Me encontré ante todo, como peregrino, yendo con muchos viajeros hacia un santuario desconocido para mi, la “casa de la Madre”, como llaman los brasileros. Una primera forma de encuentro, que me impactó por varios motivos.

Me encontré rodeado de miles y miles de devotos, que concurren a Aparecida durante todo el año. Por lo general gente muy sencilla. Recordé tantas consideraciones sobre la piedad popular católica y mariana de América, y estuve contento de compartirla cada día; aunque también exigido a plegarme al proceso evangelizador de dicha religiosidad, tantas veces prometido. Toda esa gente piadosa, y el testimonio orante de mis hermanos obispos, sacerdotes, consagrados y laicos, me impulsó a suplicar la fuerza del Espíritu, principal agente de evangelización, sin cuya fuerza y luz, nada podemos hacer los que somos simples servidores (cf Lc 17,10).

La imagencita pequeña y oscura de María, madre de Dios y madre nuestra, repetían los cánticos, suscitaba en todos una actitud serena y confiada de súplica, y de abandono en Dios.

¿Cómo se trabajó en Aparecida? Habíamos estudiado antes el Documento de Síntesis. Al momento de comenzar la Conferencia, pusimos oído atento a las palabras del Papa, porque habían sido muy orientadores ya en Medellín, Puebla y Santo Domingo.

Luego oímos a los presidentes de los episcopados nacionales, que describieron en parte su situación e indicaron sus expectativas. A ellos se sumaron, algunos representantes de los dicasterios vaticanos presentes.

Enseguida comenzó el trabajo grupal, en dos etapas. Durante la primera, en grupos integrados por miembros de diversas naciones, obispos, presbíteros, religiosos/as, laicos y peritos, estudiamos todos a la vez, un par de temas primordiales: la situación de América Latina y del Caribe, incluyendo a la Iglesia; y qué significa hoy para nosotros, ser discípulos de Jesucristo.

Me toco trabajar en un grupo muy variado, donde todos pudieron expresarse libremente. El clima general del diálogo fue amable, respetuoso, fraterno. El resultado de las conversaciones, se convirtió en una mirada global, que si bien resultaba bastante genérica, expresaba las características tanto comunes como singulares de países, regiones e Iglesias.

En base a esa primera etapa de trabajo, fueron enumerados siete grandes centros de interés, en los cuales ya nos apuntamos libremente para seguir trabajando. Yo me anoté en la comisión seis, que debía establecer relaciones y compromisos pastorales, partiendo del Reino de Dios anunciado para enfrentar las realidades sociales del presente.

La primera visión general, había ya descripto la grave condición de pobreza, injusticia, violencia, que atentan contra la vida plena, querida por Dios para nuestros pueblos. Teníamos que señalar motivaciones, acciones concretas, líneas de estímulo para el trabajo.

Como la materia era tan amplia, nos dividimos en tres sub-comisiones, así como debieron hacer las otras seis, ocupadas en el resto del temario. En este nuevo equipo de trabajo, tuve la oportunidad de servir como moderador. El diálogo entre todos, que éramos unas 18 personas, resultó muy dinámico, intenso, siempre interesado. Contaba con personas que conocían y se jugaban por las situaciones difíciles de sus países e Iglesias.

Me pareció muy interesante el intento de tirar líneas para una nueva pastoral social. Y dentro de esta amplia preocupación, retomar algunos aspectos concretos desde la vida y la dignidad humana: opción por pobres y excluidos; globalización de la justicia y de la solidaridad; algunos rostros sufrientes que nos duelen, como: gente de la calle, enfermos, adictos, ancianos, migrantes y presos.

Tengo la impresión que el diálogo fue integrando inquietudes y propuestas de todos. Incluso volviendo la mirada, cuando pareció necesario, sobre las palabras de Papa, el Documento de Síntesis, y los aportes de peritos, tanto designados u oficiales, como de fuera de la Conferencia. Sin embargo, cuando el fruto de los trabajos hechos por todas las su-comisiones tuvieron que ser integrados, primero en la comisión correspondiente, y luego entre las siete comisiones, la tarea no fue nada fácil.

Estoy profundamente agradecido a los relatores o secretarios, como a la comisión especial de redacción, que trabajó muchas horas, con ayuda de los peritos, para ir ofreciendo un texto general, que fue presentado y votado en cuatro momentos sucesivos.

¿Cómo resultó el documento conclusivo? Ante todo, quisiera mencionar, que los participantes describieron, apenas comenzado el trabajo, las características que debía tener el documento deseado.

La lista de adjetivos que le atribuyeron, fue tan larga como entendible. Querían que fuera: breve, bien articulado, esperanzador, motivador, sencillo en su redacción, relacionado con las anteriores Conferencias, etc.

¿Podíamos entre 250 personas, y apenas en dos semanas, llegar a esa meta? Era realmente difícil, y lo sabíamos, más allá de las explicables intenciones formuladas. La experiencia de Puebla y Santo Domingo permanecía en la memoria de unos cuantos participantes en Aparecida.

De igual modo, la comparación de dichos textos con los del CELAM, y de los Sínodos, que son elaborados por un equipo especial de expertos, una vez concluidas las deliberaciones y hechos los aportes. Sin embargo, es cierto que las Conferencias Generales han elegido su propia forma de manifestarse.

El resultado o documento final, puede ser ya conocido, a través del Resumen que fue publicado al final, junto con el Mensaje de los Obispos.

A mi criterio, expresa el tono, estilo y contenido de todo el texto. En realidad, no ha sido “breve”, aunque es más corto que Puebla (un 78%). Sin duda, más largo que Santo Domingo (un 48% de Puebla).

Considero que se ha conseguido un estilo comprensible para nuestros agentes, cercano a la Biblia y al Magisterio, pero al mismo tiempo sensible a las necesidades materiales y espirituales de nuestros pueblos.

Su esquema ha vuelto al método VER-JUZGAR-ACTUAR, reclamado por muchos. El temario gira en torno a la VIDA. Creada a imagen de Dios, herida por el pecado, y liberada por Cristo Salvador.
En situación de riesgo, amenazada, o indigna y dañada, sobre todo empobrecida injustamente en nuestros pueblos.

Con afecto pastoral y responsabilidad cristiana hacia esos pueblos, y para ofrecerles VIDA en abundancia, se destaca la vocación de los discípulos-misioneros, que necesitan retomar aliento y espiritualidad, formación constante y gran valentía, para brindar su servicio desde todas las vocaciones, y en permanente comunión eclesial.

Al concluir, deseo sinceramente que este acontecimiento de gracia y sus textos, sean estudiados con objetividad y sentido eclesial.

El Espíritu que tanto invocamos, y a quien agradecemos su favor, quiera valerse de Aparecida para alentar y renovar muchos corazones en la alegría de ser hoy discípulos y misioneros de Jesucristo, que trabajemos juntos y decididos por la vida plena de nuestra gente.

(Artículo escrito para Vida Pastoral)