Éste es el sacramento del amor, de la fraternidad y del servicio

 

Homilía de Mons. Arancibia. Celebración de Corpus Christi

1. Hemos creído en el amor de Dios
El amor está en el centro de nuestra fe cristiana. Es la experiencia primordial que brota de creer en Jesucristo. Me alegra repetirlo, como núcleo del Evangelio, de la Buena Noticia, creída y anunciada al mundo.

Dios nos amó primero (cf 1 Jn 4,10), de manera que el amor no es sólo un mandamiento, sino la respuesta gozosa a Dios, que nos ha salido al encuentro, en el camino de la vida (cf DCE 1).

Ustedes, queridos hermanos y hermanas, viven en la escuela del amor, y se entregan cada día como padres, madres, hijos e hijas; creciendo en vínculos fraternales y de amistad; en la atención de niños, ancianos, enfermos y dolientes; como voluntarios y colaboradores, y hasta pioneros, de tantas buenas obras.

Con palabras de Pablo, y como pastor diocesano, me complace dar gracias a Dios en todo tiempo, y a ustedes -como es justo-, porque progresa la fe y se acrecienta la mutua caridad de todos (cf 1 Tes 1,3).

En esta materia, no necesitan que les enseñe, porque ya “han sido instruidos por Dios para amarse los unos a los otros, y lo practican con todo los hermanos ... pero lo exhorto a hacer mayores progresos todavía” (1 Tes 4,9-10).

¿Quién puede decir que no necesita, o no quiere, crecer en el amor? ¿Podrá alguien afirmar que el mundo ya ama lo suficiente, hasta superar el rencor, la pobreza o la guerra?

2. La eucaristía nos hace participar del amor del Señor

Jesucristo expresa el amor de Dios, de manera nueva e inaudita. Él es el buen pastor, que busca la oveja perdida. El testigo del amor del Padre Dios, que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza.

En la cruz, se ha entregado libremente a la muerte, para dar nueva vida al hombre y salvarlo (cf DCE 12). Al volver la mirada sobre su pecho traspasado, experimentamos el amor divino ofrecido de la forma más radical, y contemplamos esta consoladora verdad: Él nos amó primero; para que gustemos su amor, y respondamos de igual manera.

Jesús ha perpetuado este acto de entrega, con la institución de la Eucaristía. Ya en aquella última cena, anticipó su muerte y resurrección, dando su cuerpo y sangre en las formas de pan y de vino, como alimento; como pan bajado del cielo, para que el mundo tenga vida (Jn 6,31-33).

Por eso la Eucaristía nos introduce muy adentro, en el acto oblativo de Jesús por la humanidad (cf DCE 13). Esta es la experiencia feliz de cada domingo en la misa dominical, que nunca quisiéramos perder. Es el sentido de la fiesta del CORPUS, que quiere llevar a la vida cotidiana, a la calle, la vivencia y el compromiso del amor cristiano.

3. La Eucaristía marca y transforma la vida entera

A menudo se escucha criticar a quienes van a misa, pero no cambian de vida. Incoherencia que tampoco agrada a Dios.

El culto cristiano es inseparable de la existencia cotidiana. Por eso la Eucaristía introduce una novedad radical, que nadie puede ocultar ni traicionar.

En escritos de los primeros siglos, los cristianos son presentados como “los que viven según el domingo”. Fórmula que ilumina la relación entre Eucaristía y vida cotidiana.

Porque el cristiano encuentra en la misa dominical la novedad traída por Cristo, y la forma nueva a la cual está llamado a vivir.

¿Cuál es esta forma? Vivir consciente de la liberación, ofrecida por Cristo como salvador, y desarrollar la propia vida como una ofrenda de sí a Dios y al prójimo; de manera que su victoria sobre el mal se manifieste a todos, a través de una conducta renovada (cf SCa 72).

Varias escenas conmovedoras del Evangelio, muestran que el encuentro con Cristo es capaz de transformar la vida entera. Así le ocurrió a Zaqueo (cf Lc 19,1-10), el cobrador de impuesto, que después de comer con Jesús, se dispuso a devolver lo que había robado, e incluso dar de lo suyo a los pobres.

Al divorcio entre fe y vida, tantas veces criticado, se opone precisamente una “coherencia eucarística”. El culto agradable a Dios, tiene siempre saludables consecuencias personales y sociales (Sca 83).

4. Del misterio eucarístico nace el servicio de la caridad

Los sentimientos y gestos de Jesús, expresan la intención de Dios para todos los hombres: que lleguen a la vida verdadera.

Así lo escuchamos de cada página del Evangelio, que culmina en su pasión, muerte y resurrección. Para nosotros, cada celebración eucarística, actualiza sacramentalmente el don de la propia vida hecho por Jesús en la cruz, por nosotros y por el mundo entero.

Por eso, nos convierte en testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. De esta forma nace de la Misa el servicio de la caridad, que consiste en amar en Dios y con Él, incluso a quienes poco conozco, o ni siquiera me agradan.

Miro a los otros desde la perspectiva de Jesús, y en ellos reconozco a personas por los que el Señor ha dado su vida hasta el extremo. Quienes participan de la Misa, se van haciendo “conscientes de que el sacrificio de Cristo es para todos, y por eso la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él, a hacerse ‘pan partido’ para los demás, y por tanto a trabajar por un mundo más justo y más fraterno” (Sca 88).

Santos como la madre Teresa de Calcuta, se han hecho grandes en el amor al prójimo, gracias al encuentro con el Señor eucarístico; a su vez, ese encuentro se hizo para ellos más realista y profundo, como servicio a los demás.

Amor a Dios y al prójimo son inseparables. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos amó primero.

Más que un mandato, es pues una experiencia de amor nacida desde dentro. Y el amor crece a través del amor. Es divino, además, porque proviene de Dios, y a Dios nos une, de forma que esa comunión nos transforma para superar cualquier división, de manera que: Dios sea todo en todos (cf 1 Cor 15,28;DCE 18).

5. El amor revivido cada día y cada momento

La fiesta del CORPUS nos permitirá contemplar largamente al Cristo eucarístico. Gustemos como Iglesia el amor cercano y sorprendente de Dios.

Aprovechemos cada instante y cada plegaria. Él ofrece su amor a cada persona y hogar; en cualquier lugar y situación de vida.

Nada ni nadie es extraño para Él. No existe inquietud, proyecto o trabajo, que no pueda ser iluminado y confortado con su gracia.

Este fuerza omnipresente del amor de Dios, a su vez nos cuestiona la vida.

¿Hasta dónde nos interesa de veras el bien de los demás?

¿Apartamos o discriminamos a alguien, de nuestro respeto y comprensión?

¿Acaso convivimos o compartimos el camino, sin conocernos e interesarnos unos de otros?

¿Hacemos algo por los más débiles, sufrientes y pobres, a la manera del buen samaritano del Evangelio?

Con frecuencia criticamos las debilidades de la convivencia social, porque vivimos ajenos los unos de los otros, por los conflictos familiares, por la falta de honestidad y lealtad; más aún, por tantas formas de atentar contra la vida humana y de no respetar su dignidad.

De ello, hacemos responsables a los dirigentes; a leyes no cumplidas o faltantes; a una transformación cultural incontenible.

Esta es una cruda realidad. Confiamos sin embargo, en la vitalidad de tantas familias y comunidades cristianas que quieren vivir con fidelidad su vocación al amor.

Confiamos en el misterio compartido del amor de Dios. Días pasados he sido testigo en Brasil del llamado del Papa Benedicto, que aún consciente de esta situación, convoca a los católicos a tener una actitud valiente y esperanzada.

Hoy lo repito para ustedes: “¡sólo de la Eucaristía brotará la civilización del amor que transformará Latino América y El Caribe para que además de ser el continente de la esperanza, sea también el continente del amor!”.

Quede resonando en nuestros corazones, la palabra de Jesús en el Evangelio: ¡dénles ustedes de comer! (Lc 9,13).

Muchos hermanos esperan de los creyentes: el Pan de la Palabra, el pan eucarístico y el servicio solidario.