ORDENACIONES PRESBITERALES: HOMILÍA PRONUNCIADA POR MONS. FRANZINI Y FOTOS DE LA CELEBRACIÓN

 

El día sábado pasado, 22 de febrero, Mons. Franzini ordenó a los tres primeros sacerdotes desde que asumió como Arzobispo de Mendoza hace poco más de un año.

Pasada las 10hs., se dio inicio a la celebración eucarística en el Santuario mariano, “Nuestra Señora de Lourdes” del Challao, con la entrada del Obispo y los candidatos al sacerdocio, precedidos por los diáconos y presbíteros que los acompañaron en la liturgia. A su vez, el Coro Diocesano de Mendoza “Juan Pablo II” entonaba el canto “Felices los que anuncian”, además de participar con los cantos en toda la celebración.

Les ofrecemos a continuación la homilía pronunciada por Mons. Franzini para tal oportunidad y algunas fotos de la este momento de bendición para la Iglesia de Mendoza.


Homilía pronunciada por Mons. Carlos María Franzini,
Arzobispo de Mendoza, en la ordenación presbiteral de los diáconos
Cristian Brito, Eduardo Elías y Miguel Valdez

(Santuario Nuestra Señora de Lourdes – El Challao, 22 de febrero de 2014)

Textos proclamados: 1 Pe 5,1-4; Mt 16, 13-19

Queridos hermanos:

En la fiesta de la Cátedra de San Pedro la Iglesia de Mendoza celebra con alegría y gratitud la ordenación presbiteral de tres de sus hijos. La fiesta que hoy celebramos con toda la Iglesia Universal nos ayuda a tomar conciencia de la gracia del ministerio del Papa, Maestro de la Verdad, que con su testimonio y enseñanza nos guía hacia las aguas tranquilas, según cantamos con el salmista. Demos gracias a Dios, entonces, porque hoy el Papa Francisco, ayer Benedicto y Juan Pablo, antes Pablo VI y Juan XXIII, y así remontándonos hasta San Pedro, la Iglesia cuenta con la guía segura de los pastores que el Señor le ha regalado para que camine por el recto sendero, atraviese cañadas oscuras y pueda habitar en la Casa del Señor por muy largo tiempo.

Esta fiesta eminentemente “eclesial” nos invita a reflexionar sobre el ministerio presbiteral, que hoy reciben nuestros hermanos Cristian, Eduardo y Miguel, en perspectiva eclesial, por su íntima relación con el ministerio episcopal y apostólico. En efecto, como enseña el Concilio Vaticano II, los presbíteros son “próvidos colaboradores del orden episcopal” (LG 28) y –en cuanto tales- se insertan en la tradición apostólica que se remonta a los Doce, presididos por Pedro.

Como lo hizo con aquel grupo inicial, también hoy el Señor sigue llamando a algunos “para que estén con él y para enviarlos a predicar…” (cfr. Mc 3,14). Es en esta clave de llamada, clave vocacional, que se entiende cuanto estamos compartiendo en esta celebración. Cristian, Eduardo y Miguel no están hoy acá por iniciativa propia, por deseo o gusto personal. No. Hay Alguien, que los ha llamado y es el principal protagonista de cuanto celebramos: Jesús, el Buen Pastor, más aún, el “único” pastor. Él es quien se servirá del ministerio de estos tres hermanos para llevar adelante su obra entre nosotros. Conviene tenerlo presente hoy y siempre: los ministros somos simples servidores, quien realmente importa es el Señor, de quien cada uno reflejará -pálidamente y con la gracia de Dios- algún rasgo.

Partiendo de la fiesta litúrgica de hoy y de la figura del Apóstol Pedro que nos ofrece la Palabra de Dios, me permito ahora proponerles algunos de esos rasgos “apostólicos” que la Providencia nos invita a considerar para entrar en lo profundo del ministerio presbiteral.

¿Quién es Pedro? Un simple pescador de Galilea; hombre de trabajo, impulsivo y temperamental, apasionado y emprendedor; pecador y creyente. Tenía su vida encaminada y –seguramente- proyectos personales para el futuro. Pero en un momento determinado de su vida Jesús se cruzó por su camino y desde entonces no se entendió más desde sí mismo sino desde la propuesta de este Señor, que le invitaba a dejar las redes y a seguirlo. Más fuerte que la conciencia de su propia debilidad y pecado -“Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador…”, le dijo tras la pesca milagrosa- fue la mirada tierna y comprometedora con la que Jesús le invitaba: “No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres…” Pedro tendrá que recorrer un largo itinerario de discipulado para llegar a recibir la nueva y definitiva invitación: “apacienta mis ovejas…” Fue un itinerario con distintas alternativas: alegría, entusiasmo, desprendimiento, lealtad, desconcierto, temor, traición y lágrimas de arrepentimiento. Es el itinerario que recorremos todos los que hemos recibido la misma llamada al ministerio apostólico, con las notas y características propias de cada uno. También estos hermanos nuestros que hoy son ordenados han tenido su experiencia de encuentro con el Señor que los miró con amor, los sedujo y los invitó al seguimiento. También ellos han recorrido un itinerario marcado por distintas alternativas: han dejado su casa, su familia, sus proyectos y se han puesto tras la huellas del Maestro, reconociendo su debilidad y su pecado pero –confiando en su palabra- han echado las redes. Como a Pedro, hoy el Señor les dice también a ellos: “apacienten mis ovejas”.

Pero Pedro no es sólo un pecador y creyente. También es la “roca”, la “piedra” sobre la cual Jesús quiere edificar su Iglesia con firmeza. Según lo prometido por el Señor a Pedro, él será el garante visible de la fidelidad de la comunidad de los seguidores del Maestro a través del tiempo. Pedro está llamado a conducir a los cristianos para confirmarlos en la Verdad y en el Amor. Servicio a la Verdad que se realiza con la dulzura y la mansedumbre del servidor y no con la arrogancia y la prepotencia del que se siente “dueño” de esa Verdad, como el mismo Pedro propone a los conductores de las comunidades cristianas de todos los tiempos, según escuchamos en la primera lectura proclamada. Cristian, Eduardo y Miguel hoy son ordenados para servir como conductores de las comunidades; servicio que nunca realizarán solos ni según sus criterios subjetivos sino en comunión orgánica con el obispo y los hermanos del presbiterio; servicio que los compromete para ir “delante del rebaño”, como testigos auténticos del evangelio que proclaman.

La dulzura y mansedumbre del pastor no significan debilidad o flojera frente a la “dictadura del relativismo”, de la que hablaba el Papa Benedicto. Se trata de un servicio a la Verdad -que es el mismo Señor- a quien no podemos poseer ni manipular a nuestro antojo, interés o conveniencia. Para ejercer este servicio y esta responsabilidad el pastor se refiere siempre a la Verdad tal como nos la propone y enseña la Iglesia, a la que siempre hemos de mirar confiados y disponibles.

Mis queridos Cristian, Eduardo y Miguel: amen mucho a la Iglesia, como la ama Jesucristo. Ámenla en su santidad y en sus logros más notables, para cuidarlos y acrecentarlos. Ámenla en su pecado y en su debilidad, para purificarla y fortalecerla. No olviden nunca que Pedro es la “piedra” pero también fue el amigo traidor. Esta realidad paradójica y desconcertante acompañará el peregrinar de la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Pero junto a ello también está la promesa del Señor a Pedro: “el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella…” En efecto, la confianza en la inquebrantable fidelidad de Dios nos sostiene en nuestro peregrinar y nos anima a construir cotidianamente comunidades eclesiales que celebran su fe y la proclaman con sencillez, entusiasmo y convicción a todos los hombres.

Amen a la Iglesia en su concreta realización en este espacio y en este tiempo, acá en Mendoza. No se ama de verdad a la Iglesia si no se abraza con humildad y fidelidad a la propia Iglesia particular en la que la Providencia nos ha hecho nacer y crecer en la fe. Amen a la Iglesia de Mendoza para darle lo mejor de ustedes, para embellecerla con sus virtudes y para fecundarla con su entrega. Amen a esta Iglesia con amor de hijos, de esposos, de padres, para que al verlos a ustedes haya muchos que estén dispuestos a seguir sus pasos para servirla y acrecentarla, para mayor gloria de Dios y para alegría de quienes que aún no se han encontrado con Jesucristo y podrán hacerlo gracias al ministerio presbiteral que hoy reciben por la imposición de mis manos.

A todos nosotros, pueblo de Dios en Mendoza, esta celebración nos invita a renovar nuestra adhesión cordial y entusiasta a la Iglesia de Jesucristo, fundada en la fe de Pedro y los demás apóstoles, hoy conducida por el Papa Francisco. Y también nos invita a manifestar esta adhesión con un renovado compromiso con la Iglesia particular de Mendoza. Pero, además, esta celebración nos invita a agradecer el don del sacerdocio ministerial –sin el cual no hay Iglesia- y nos compromete a rezar, acompañar y cuidar a nuestros pastores. Pidamos al Buen Pastor que cuide a sus hijos sacerdotes y les regale un corazón semejante al suyo.

Fotografías:

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