Con el Papa en Aparecida

 

Por Mons. José María Arancibia

En el atardecer temprano de esta tierra, acabamos de despedir al Papa, que pronto parte de regreso a Roma. Han sido dos jornadas estupendas de encuentros, rezos y entusiasmo, aquí en Aparecida, Estado de San Pablo (Brasil).

Hoy domingo 13 de mayo, Benedicto XVI ha inaugurado la Quinta Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.

Primero con una Misa al aire libre, donde miles de peregrinos lo han escuchado, aplaudido y vivado, habiendo sentido su cercanía y calidez en estos días. Luego con un mensaje dirigido a los miembros e invitados a dicha Conferencia.

Sus palabras me han parecido llenas de sabiduría, de valor y de ardor apostólico. Tengo la impresión que obispos, sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos, como los observadores de otras religiones han comprendido bien su mensaje, y han vibrado en comunión de inquietudes por este amado y sufrido continente.

El Papa ha planteado preguntas interesantes, y nos ha dejado valiosas pistas de una ingeniosa respuesta.

A quienes puedan hacerlo, recomiendo vivamente leer por entero esas pocas páginas. Los títulos destacados no siempre reflejan el contenido en todo su significado. Más todavía. Quizás podemos aprovecharlas mejor, repasando la situación que vivimos y las expectativas que hemos traído.

De hecho esta Conferencia se prepara desde hace bastante tiempo. Sigue a las de Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992), y quiere seguir aportando impulsos de vida cristiana y de fuerza evangelizadora, en las actuales y complejas condiciones de América y del Caribe.

Me siento llegado a esta pequeña ciudad, como peregrino. Aquí llegan cada año unos ocho millones de creyentes y devotos de María, a venerarla e implorar su auxilio, ante una pequeña y sencilla imagen negra de la Inmaculada, rescatada del río en el siglo dieciocho.

En tantas horas de viaje y esperas, he pensado en las procesiones y peregrinaciones de nuestras comunidades, en que marchamos juntos, entre dolores y ruegos, devociones y esperanza, haciendo camino compartido y fraterno.

La meta era este santuario nacional del Brasil, símbolo de una vida siempre más intensa según el Evangelio, en perspectiva de una patria mejor, en la tierra y por fin en el cielo.

¿Qué traía conmigo? Por supuesto el cariño de mucha gente de Mendoza que quiere a María y aprecia las peregrinaciones. Como también saludos para el Papa Benedicto, y las oraciones por el éxito de esta Conferencia.

¿Con qué expectativas he venido? Ante todo: implorar la fuerza del Espíritu, con muchos hermanos venidos de todo el continente, para que estos encuentros pastorales tengan el fruto querido por Dios para la muestras Iglesias, en mayor fidelidad a Jesucristo, a su Palabra, y a la misión por él confiada.

La diócesis de Mendoza, como otras Iglesias, está preparando un nuevo plan pastoral, que sobre el anterior continúe promoviendo una evangelización más participativa, orgánica, valerosa y misionera.

Interesada por el bien de “todo el hombre y de todos los hombres”, en una frase feliz de Pablo VI, recordada hoy por Benedicto XVI.

¿Cómo partimos de Argentina los diez obispos delegados? Honrados de representar al querido pueblo de Dios, peregrino en nuestras tierras.

Con una triple preocupación, conversada en la jornada de preparación entre nosotros: la fe católica necesita ser mejor trasmitida, para que suscite con la gracia de Dios, cristianos convencidos y comprometidos; una mayor inclusión social debe superar las exclusiones e injustas diferencias, provocadas por diversas causas sociales, económicas, políticas y culturales; los vínculos dañados o empobrecidos, tanto en el seno familiar, como en todo organismo social, requieren ser sanados y promovidos, en orden a una convivencia más humana, fraterna y solidaria.

De los interrogantes propuestos hoy por Benedicto XVI, me impresiona primero de todo la pregunta sobre la fe.

Porque creer en Dios no encierra en uno mismo, ni aparta del mundo real y cotidiano. Sino que resulta una estupenda apertura a la verdad sobre Dios, y desde él sobre el hombre y todas las cosas. Cuando las personas y culturas se abren a la fe, nunca se empobrecen, sino que adquieren la hermosura y la grandeza a la cual están destinadas.

La otra cuestión, para este Papa, sigue siendo la del amor, como vocación primordial e insustituible del ser humano. No se cansa de repetirlo y enseñarlo.

Desde su oficio de Pastor, por supuesto. Insistiendo por tanto en volver a la Palabra de Dios y a la Eucaristía.

Nuestro continente sufre violencia, pobreza extrema, desigualdades injustificables. La vida humana es amenazada desde su concepción y de diversas maneras. Las ideologías, las estructuras y los planes de gobierno no están logrando superar las causas de tanto sufrimiento y hasta degradación humana.

¿Puede hacer algo la fe y el amor? Los cristianos confesamos a Jesucristo, como Vida en plenitud, y ofrecida a las generaciones en abundancia. Por eso repasar y reavivar el llamado a ser discípulos y misioneros, de quien es Camino, Verdad y Vida, nos obliga y compromete a intensificar las convicciones, el testimonio, y el servicio que brindamos a los demás.

Ninguna forma de pobreza, miseria, soledad, tristeza o dolor puede ser ajena al sentimiento cristiano. Y aunque las causas de muchas penas como éstas son sociales y políticas, el Papa sigue ofreciendo su llamado al amor. Para vivir en justicia, una sociedad necesita estructuras justas, que son indispensables. Pero esas estructuras no se consiguen ni sostienen, si no a través de un convincente consenso sobre valores humanos, morales y espirituales.

Y cuando no se tiene a Dios, esos valores tan necesarios pierden fuerza y valor. La Iglesia respeta por tanto los emprendimientos políticos y sociales, cuyo fin es el bien común, y no pretende inmiscuirse en ellos.

Pero quiere ser fiel a Jesucristo y al Evangelio, y por eso se empeña en fortalecer su vocación y misión, para prestar un hermoso servicio: abogar por la justicia, reclamar la causa de los pobres, formar las conciencias en la verdad, educar en las virtudes personales y sociales.

Estoy seguro que los fieles cristianos laicos de Mendoza, que viven y trabajan en medio de asuntos y realidades temporales, encontrarán en las palabras del Papa un saludable cuestionamiento y un valioso estímulo a su responsabilidad propia.

Así lo hemos conversado precisamente, en días pasados, y en vistas al Congreso de Laicos, a realizar en septiembre. A su vez, las familias cristianas, los sacerdotes y las personas consagradas, pueden encontrar también en su discurso, palabras de reconocimiento y afecto dirigidas a todos ellos.

La partida del santo Padre, nos deja ahora por delante, el trabajo intenso de la Conferencia, iluminada por su inestimable enseñanza.