LA NAVIDAD FUNDA NUESTRA FRATERNIDAD - MONS. CARLOS MARÍA FRANZINI, ARZOBISPO DE MENDOZA

 

Hace varias semanas que en la intimidad de nuestros hogares, en la vía pública, en los comercios y en los medios de comunicación se ha vuelto a instalar el “clima navideño”. Ornamentaciones típicas, luces, colores, música y hasta la simpática figura de San Nicolás (“Papá Nöel, en su versión importada del mundo anglosajón), nos hablan de la cercanía de una fiesta que nos convoca a todos. Como todos los años para esta época, se percibe un clima peculiar que nos alegra e invita a ser más buenos: desde los mensajes publicitarios hasta los saludos que intercambiamos; todo habla de alegría, de encuentro, de esperanza y buenos augurios. Y -aunque lamentablemente menos destacados que años atrás- los pesebres, los villancicos y las tiernas imágenes del Niño Dios, nos vuelven a dar la clave para interpretar este cíclico retorno, que año tras año nos recuerda que en Belén de Judá, hace más de dos mil años ha nacido un Niño que se llama “Emanuel” (Dios con nosotros) que nos trae la paz y colma las legítimas aspiraciones que anidan en el corazón del hombre de todos los tiempos.

El clima navideño –hay que reconocerlo- no se libra del estilo consumista que caracteriza nuestra cultura contemporánea, sin embargo dicho estilo no llega a ahogar la raíz eminentemente cristiana de esta fiesta que -de algún modo- es de todos, incluso de quienes no comparten nuestra fe. Una muestra más de la matriz cristiana de nuestra cultura y de la serena convivencia que sus valores fomentan entre todos, sin discriminación o marginación de quienes no son cristianos.

Pero volvamos al significado profundo de cuanto celebramos. Los primeros autores cristianos solían decir que en la Navidad el Hijo de Dios se hace hombre para que los hombres nos hagamos hijos de Dios y –en consecuencia- hermanos entre nosotros. En efecto, nuestra fraternidad tiene su fundamento en la común filiación del Padre Dios. Como luminosamente enseña el Papa Francisco en su reciente Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz (1 de enero de 2014): “una fraternidad privada de la referencia a un Padre común, como fundamento último, no logra subsistir. Una verdadera fraternidad entre los hombres supone y requiere una paternidad trascendente. A partir del reconocimiento de esta paternidad, se consolida la fraternidad entre los hombres, es decir, ese hacerse prójimo que se preocupa por el otro…”

Podemos decir entonces que la Navidad es la fiesta de la fraternidad. Pero, como también nos enseña el Papa en su Mensaje: “…la fraternidad tiene necesidad de ser descubierta, amada, experimentada, anunciada y testimoniada…” No se trata sólo de una declaración de principios o buenos propósitos sino de una realidad que somos invitados a experimentar y a hacer cada día más palpable en la vida personal, en la vida familiar y en la vida social.

Acercarnos a la Navidad desde esta perspectiva es especialmente urgente en tiempos de singular “turbulencia” en nuestra patria y en el mundo. Cuando de tantas formas los hombres nos lastimamos unos a otros y dejamos de reconocernos hermanos para ser enemigos, es necesario volver a recordar con el Papa Francisco que “la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional” y que “la viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera…”

Si queremos crecer en fraternidad, de manera particular en esta Navidad 2013, los argentinos tenemos que reemprender una vez más el camino del diálogo, con su necesaria cuota de respeto, escucha, paciencia y espíritu magnánimo. Un diálogo que supera miradas estrechas y horizontes mezquinos u oportunistas; que desecha la violencia, la intolerancia y el rechazo del hermano. Un diálogo que supone la firme determinación por la búsqueda de consensos, sin los cuales es imposible lograr el bien común. Un diálogo en el que todos debemos estar dispuestos a “perder” algo para ganar la amistad social y, en definitiva, la paz. Un diálogo que, más que declamarlo hay que concretarlo en gestos y actitudes cotidianas, decididas, valientes. Sólo desde esta disposición es posible alcanzar la verdadera amistad social, que es el nuevo nombre de nuestra fraternidad, para poder así gestar la “cultura del encuentro”, a la que reiteradamente nos convoca el Papa Francisco.

Por ello en la Navidad que celebraremos en pocos días estamos invitados a volver a la raíz de nuestra fraternidad, que se construye desde el primer núcleo social que es la familia y que se proyecta a los más variados ámbitos del tejido social: el barrio, las organizaciones intermedias, los pueblos y ciudades, la Nación toda y más allá de ella: “todas las naciones de la tierra forman una unidad y comparten un destino común”, nos recuerda Francisco en su Mensaje.

En consecuencia, la mejor manera de celebrar esta fiesta navideña será volver a apostar por la fraternidad. ¿Será tan difícil que cada uno de nosotros se comprometa a ofrecer a un hermano el gesto o la palabra oportunos que les recuerden su dignidad y les confirmen en la belleza de la propia vida? El Niño frágil y recostado en el pesebre nos habla del amor inmenso de Dios por cada uno de nosotros, ¿no podremos acercarnos a algún hermano a través de un sencillo gesto o de una palabra cálida para decirle: Dios te ama, eres valioso para él y también para mí, eres mi hermano?

Carlos María Franzini
Arzobispo de Mendoza