TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA DE MONS. FRANZINI EN LA FIESTA DIOCESANA 2013

 

Acercamos a todos los lectores el texto completo de la homilía de Mons. Carlos María Franzini, pronunciada el pasado domingo 6 de octubre en la celebración eucarística del la Fiesta Patronal Diocesana en Honor a “Nuestra Señora del Rosario”.


Feliz de ti por haber creído

Queridos hermanos:

Como momento culminante del Año de la Fe, la Arquidiócesis de Mendoza celebra hoy su “fiesta diocesana”, expresión concreta de su conciencia agradecida: somos la Iglesia de Jesucristo, convocados por Él en la fe para celebrar y proclamar sus maravillas en esta porción del territorio mendocino. Estamos felices de esta común vocación y con humildad y convicción hoy queremos renovarla.

Para mi es particularmente grato poder presidir esta Eucaristía y esta fiesta por primera vez, a pocos meses del inicio de mi servicio en medio de ustedes. Agradecemos la fraterna presencia de los obispos que nos acompañan: Mons. Eduardo Taussig, Obispo de la hermana diócesis de San Rafael, y Mons. Jorge Lona, Obispo emérito de San Luis. También hoy recordamos con afecto y gratitud a los queridos obispos José María Arancibia y Sergio Buenanueva, que nos acompañan con su oración y cercanía espiritual.

El lema que nos convoca en esta fiesta, y a lo largo de todo el Año de la Fe, es la aclamación de Isabel al recibir la visita de María: “Feliz de ti por haber creído”, recogida de la escena evangélica que se nos ha proclamado. Permítanme compartirles algunas breves reflexiones que surgen de la contemplación de esta escena rica y profundamente reveladora. No por conocida la “visitación” deja de cautivarnos en su sencillez y en su densidad.

Ante todo quiero destacar el clima de alegría que nos comunica. Pero no cualquier alegría. No se trata de la alegría superficial, efímera, frívola, que muchas veces se nos propone como sucedáneo de la auténtica alegría, que es la que nace de la fe: la alegría de creer. La alegría de reconocernos amados y cuidados por Dios; la alegría de saber que no somos una casualidad o un accidente biológico, sino el fruto de un Amor que nos ha pensado y querido desde toda la eternidad; la alegría de descubrir que nuestra vida está llena de sentido porque Dios nos ha dado la existencia para una misión.

Isabel la anciana estéril, que está embarazada; el niño que salta en su seno, y María, que canta y proclama las maravillas de Dios en su historia y en la de su pueblo, nos hablan de una fe fundada en la certeza de un Dios que es fiel y no falla; de un Dios que, aún en medio de las dificultades y oscuridades de la vida, está siempre junto a nosotros para ofrecernos su amistad. María e Isabel nos recuerdan esta tarde que es bello creer, que la fe auténtica nos hace bien, nos plenifica como personas, nos hace más buenos. Y por eso la fe es fuente de alegría.

Pero, además, la escena evangélica de la visitación nos recuerda que la fe siempre es vivida en comunidad. Nadie cree en solitario. Como enseñaba el querido Papa Benedicto al inaugurar la Conferencia de Aparecida: “…Qué nos da la fe en este Dios? La primera respuesta es: nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás…”

Sí, mis queridos hermanos, nadie es creyente por generación espontánea. La fe siempre es recibida de otros. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que somos eslabones de una larga cadena de creyentes que se remonta hasta los Apóstoles. Cuando recitamos el Credo no repetimos una fórmula hueca o una mera construcción literaria. De manera sintética, densa y profunda expresamos la fe que desde hace veinte siglos ha animado e iluminado la vida de multitud de hermanos y hermanas nuestros. Más aún, entramos en comunión con la numerosa “nube de testigos” (Heb 12,1) que han dado la vida por esta fe que profesamos.

Como María e Isabel, también nosotros somos hoy invitados a vivir la alegría de ser creyentes, el legítimo orgullo de tener fe y el humilde propósito de renovarla cada día.

Y porque tenemos una fe que nos hace familia- comunidad, esta fe se hace visible y necesita expresarse públicamente. Por eso acudimos a esta fiesta y manifestamos la fe de tantas formas, como lo atestigua la historia y la práctica varias veces centenaria de nuestro pueblo. La identidad cultural mendocina no se termina de entender sin la presencia discreta pero constante de la fe católica, plasmada de variadas formas en el arte, la música, la arquitectura y en la piedad popular – sobretodo- en las distintas advocaciones marianas que jalonan nuestra geografía y acompañan la vida de los mendocinos desde sus inicios. Y todo esto vivido en serena y respetuosa armonía con quienes no han compartido nuestra fe. Conviene recordarlo una vez más: nunca la fe –cuando es bien vivida- es motivo de división, discriminación o violencia. Todo lo contrario: el creyente auténtico es constructor de paz, justicia y solidaridad. Nadie se sienta por tanto discriminado porque la cultura mendocina se exprese también en formas religiosas que hunden sus raíces en lo más genuino de nuestra identidad personal y comunitaria.

Pero la luz de la fe, que ilumina todo nuestro vivir, debe irradiarse. Como nos pide insistentemente el Papa Francisco, el creyente está llamado a salir, ir al encuentro, anunciar, dejar la propia comodidad para compartir con otros el gran tesoro de la propia fe. “Salir, salir, salir”, les pidió el Papa a los jóvenes en Rio de Janeiro y nos pide -casi nos suplica- a todos los creyentes. Como los Apóstoles, iluminados por la fe pascual, no podían callar lo que habían visto y oído del Señor, tampoco nosotros podemos dispensarnos de esta dimensión esencial de la fe que es la misión.

Por ello con toda la Iglesia en América Latina respondiendo a la invitación de Aparecida, estamos empeñados en ese gran movimiento espiritual y pastoral que es la Misión Continental. Con la Iglesia en Argentina queremos plasmarla a través de las Orientaciones Pastorales propuestas por la Conferencia Episcopal para estos años. Como Iglesia de Mendoza seguimos adelante en nuestro camino pastoral para ser discípulos misioneros de Jesucristo, en comunión, para la vida de nuestro pueblo. La fiesta diocesana termina pero la misión continúa. Regresemos a nuestras comunidades renovados por este encuentro eclesial y dispuestos a impregnar la vida personal y comunitaria de un ardiente fervor misionero.

Mis queridos hermanos, en esta fiesta diocesana celebramos con alegría nuestra fe. Esa fe que recibimos con gratitud de nuestros mayores y que se ha plasmado de tantas formas en nuestra vida personal, familiar y social, y en la vida de tantos mendocinos. Esa fe que ilumina toda nuestra vida y que queremos irradiar para que muchos puedan encontrarse con Jesucristo y, en Él, tengan vida.

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