HOMILÍA DE MONS. SERGIO BUENANUEVA EN LA MISA DE TOMA DE POSESIÓN DE LA DIÓCESIS DE SAN FRANCISCO

 

Ofrecemos a continuación la homilía de Mons. Sergio Buenanueva, pronunciada en la misa de toma de posesión de la Diócesis de San Francisco, como quinto obispo de la misma. La celebración litúrgica que se desarrolló el día 25 de agosto a las 17hs. en la Iglesia Catedral, fue presidida por el Arzobispo Metropolitano de Córdoba, Mons. Carlos José Ñáñez, quién lo puso en posesión de esta jurisdicción eclesiástica. Entre otros prelados, estuvieron presentes en este momento trascendental de su misión pastoral, Mons. Carlos María Franzini, Arzobispo de Mendoza y Mons. José María Arancibia, emérito de la mencionada arquidiócesis.


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Inicio del ministerio episcopal en la diócesis de San Francisco del
Obispo Sergio O. Buenanueva
Domingo 25 de agosto de 2013


Hemos escuchado una palabra fuerte de Jesús: “Traten de entrar por la puerta estrecha” (Lc 13,24).

Como aquel “Sígueme” al inicio del evangelio, hay algo de urgente y exigente, de decisión perentoria e ineludible en este imperativo.

San Lucas subraya el matiz de agonía interior y personalísima en el mandato de Jesús: “Traten, esfuércense: la puerta es estrecha” (cf. ídem).

No podemos siquiera dar por descontada nuestra participación en el banquete del Reino. Es muy real la posibilidad de quedar fuera: “No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!” (Lc 13,25.27).

Palabras fuertes e incisivas. Nos hieren, nos sacuden íntimamente y nos incomodan.

Sabemos que tienen que ver con nosotros de modo directo y personal.

* * *

Queridos hermanos: esta palabra provocativa que penetra filosa hasta lo más hondo es Evangelio.

Hiere, sí, pero también cura y salva.

Escuchémosla entonces, como María, con un corazón creyente, reunidos en oración y abiertos al Espíritu.

¿Acaso no hemos fundado nuestra propia existencia en esta palabra que ha crecido en nosotros hasta hacerse imperativo de vida?

Escuchémosla entonces con confianza.

Jesús nos interpela a entrar por la puerta estrecha, pero también ensancha el horizonte de nuestra mirada: una inmensa multitud viene a sentarse a la mesa del banquete del Reino.

Ahí están los patriarcas junto con los profetas. Pero también gente venida de los cuatro puntos cardinales.

Los extraños se hacen cercanos, amigos. Los últimos serán los primeros, concluye Jesús.
Este es el designio de Dios, su sueño para toda la humanidad: la reunión de sus hijos, un encuentro de hermanos en torno a una misma mesa.

Lo ha sido desde el primer momento de la creación. Incluso cuando la malicia del pecado parecía frustrarlo, el inquebrantable amor de Dios se hizo redención: el Verbo que ilumina a todo hombre es también el humilde Siervo que viene a nuestro encuentro y, entrando por la puerta estrecha de la encarnación, carga sobre sí la humanidad herida, expía su pecado y le abre las puertas de la Vida.

Si la interpelación a entrar por la puerta estrecha nos intimida, escuchemos al mismo Señor que nos dice: “Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Lc 18,17).

De eso se trata: de hacernos pequeños, como Él que se anonadó a sí mismo. Entrar por la puerta estrecha; hacernos como niños, a fin de ensanchar el corazón, pues tiene que adquirir las dimensiones universales del corazón de Dios.

* * *

Volvamos al relato evangélico: “Jesús iba enseñando por las ciudades y pueblos, mientras se dirigía a Jerusalén” (Lc 13,22).

Al iniciar mi ministerio como obispo diocesano de San Francisco los invito a contemplar esta luminosa figura de Jesús peregrino y misionero.

San Lucas nos ha contado ya que Jesús ha tomado una decisión irrevocable: “Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él” (Lc 9,51-52).

Más adelante declara: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!” (Lc 12,49-50).

En la intimidad de la última cena en Jerusalén exclamará: “«He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios»” (Lc 22,14-15).

Precisamente en Jerusalén, la Iglesia naciente recibirá el fuego de Jesús, el Espíritu Santo, que la arrojará por los caminos del mundo, porque “comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados” (Lc 24,44).

Contemplemos a este Jesús misionero y caminante, todo Él tomado por el intenso deseo de la pascua. Casi podríamos decir que Él ha pasado antes que nosotros por la puerta estrecha, haciéndose pequeño para entrar en el Reino del Padre.

Dejémonos atraer por Él y que su Espíritu nos incorpore a su caminar ligero de Resucitado, vencedor de la muerte y dador de vida en abundancia.

Como obispo no tengo otro sendero para transitar. No les puedo ofrecer otra orientación que las huellas de Cristo.

Este es el camino de Jesús, que esta Iglesia diocesana de San Francisco viene recorriendo, guiada por sus pastores.

Aquí presentes, los queridos obispos Baldomero Martini y Carlos Tissera. Antes de ellos: Pedro Lira y Agustín Herrera.

Ahora, soy yo el que me sumo a este caminar.

Vengo como hijo de la Iglesia, cuya maternidad tiene para mí el rostro concreto de la Iglesia diocesana de Mendoza, de la que recibí la fe, la que me ha enseñado a orar y a esperar, en la que ha madurado mi vocación y la llamada al ministerio episcopal.

Agradezco, por eso, la presencia del Arzobispo de Mendoza, Carlos Franzini, de sacerdotes, diáconos permanentes, consagrados, laicos, seminaristas, amigos y hermanos. Igualmente al Arzobispo emérito José María Arancibia, padre y maestro.

Vengo a sumarme -decía- al camino de fe y de Evangelio que ustedes vienen transitando, como pueblo santo de Dios en San Francisco.

Y “sumarme” quiere decir: contemplar la obra de Dios en ustedes; escuchar, observar y aprender, pero sobre todo, orar.

Orar con y en medio de ustedes, presidiendo la oración de la Iglesia diocesana. Escuchar así juntos la Palabra del Señor, cuya soberanía gobierna la Iglesia. ¡Hermosa misión esta la del obispo!

He leído atentamente el Plan de Pastoral. Refleja sin duda un camino evangelizador madurado en comunión. Ha sido un firme punto de referencia en estos meses a la espera del nuevo obispo.

Espero poder leer ahora, en un contacto personal mano a mano, lo que Dios escribe en el corazón de cada uno, en la originalidad de cada persona, familia y comunidad cristiana de esta diócesis. Ruego al Espíritu que me infunda docilidad interior para dejarme evangelizar.

Les pido también a ustedes: ¡ábranme las puertas de sus casas para poder compartir la alegría del Evangelio!

Vengo con la ilusión de sumarme al camino de esta región pastoral de Córdoba, que se apresta a vivir un momento singular de gracia con la beatificación del Cura Brochero.

Me alienta, por eso, la presencia de los obispos de las diócesis vecinas, en primer lugar del Arzobispo Carlos Ñañez, a quien mucho aprecio y valoro.

Saludo a las autoridades municipales, legisladores y otros representantes de las fuerzas vivas de San Justo, Río primero y Río segundo. También a los amigos de otras confesiones religiosas.

Vengo también a sumarme al camino de una sociedad dinámica y laboriosa, orgullosa de su pasado y abierta al futuro. La tradición católica y el humanismo cristiano forman parte del rico patrimonio espiritual que ha ayudado a configurar su identidad cultural.

Hoy que nuestra sociedad se vuelve más compleja y multifacética, crece la exigencia de tender puentes entre las personas. Quisiera hacer todo lo que esté de mi parte para que nunca falte el punto de vista católico en la búsqueda del bien común, alentando la cultura del encuentro, el diálogo, la reciprocidad y la colaboración leal.

* * *

La Iglesia llama al obispo a una grave misión. Así lo exponía San Pablo a los pastores de la primera Iglesia: “Velen por ustedes, y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha constituido guardianes para apacentar a la Iglesia de Dios, que él adquirió al precio de su propia sangre” (Hch 20,14).

En la tradición viva de la fe, la Iglesia ha recogido estas palabras apostólicas en fórmulas solemnes, ricas de contenido y expresivamente bellas: el obispo es imagen del Padre; sumo sacerdote del pueblo santo y sacerdotal; padre, amigo y hermano de los presbíteros y diáconos; maestro auténtico y custodio del sagrado depósito de la fe; icono de Cristo humilde, manso y paciente; vicario de Cristo y signo de la unidad visible de la Iglesia diocesana, etc.

Un repaso atento de estas fórmulas ilumina mucho. Puede también intimidar a quien sabe que no es más que frágil discípulo a quien el Señor, como a Pablo, le repite: “No tengas miedo. Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad” (cf. 2 Co 12,9).

Si yo tuviera que decirles, abriendo el corazón, lo que voy comprendiendo del ministerio episcopal, diría sencillamente esto: en el seno de una Iglesia toda ella peregrina y misionera, el obispo es un misionero.

Un hombre de fe, alcanzado por la Palabra, arropado y protegido por Ella y que tiene que vivir totalmente sumiso a la Palabra en la predicación del Evangelio de Jesucristo (cf. Pastores gregis 28).

Así he querido entrar en esta catedral: con el Evangelio en la mano.

Si el obispo está llamado a ser signo sacramental y transparencia de Cristo Cabeza y Pastor, esa transparencia se verifica de manera especialmente intensa en el ardor misionero que lo lleva por los caminos para invitar a todos, especialmente a los más alejados, al banquete del Reino.

* * *

Gracias a Dios, en esta misión, el obispo no está solo. Tiene una responsabilidad indelegable, sí, pero es parte de un cuerpo: el colegio episcopal presidido por el obispo de Roma, hoy nuestro querido Papa Francisco.

La presencia de otros hermanos obispos nos recuerda esta armonía del Espíritu que une a los pastores en el cuerpo de la Iglesia. Armonía que he podido experimentar en la fraternidad de los obispos argentinos y su Conferencia episcopal.

En la Iglesia diocesana, el obispo tampoco está solo. Junto a él están, en primer lugar, los presbíteros.

Desde el día de mi designación, de los presbíteros de la diócesis he recibido palabras de amistad, de fraternidad y de aliento.

Queridos hermanos: se lo agradezco sinceramente. Me han hecho un bien enorme. Me han hecho sentir ya en familia, parte de esa fraternidad que es el Presbiterio diocesano, en el que compartimos el dulce peso de la misión apostólica.

Considero un gesto de la Providencia divina que, en los próximos días, podamos compartir un tiempo intenso de misión. Todo un signo y una promesa del camino que tenemos por delante.

Un agradecimiento especial a Mons. Daniel Cavallo quien, como Administrador diocesano, ha servido con dedicación a la diócesis en estos meses y me ha ayudado a dar mis primeros pasos como pastor diocesano. El Señor sabrá recompensar tu servicio como servidor bueno y fiel.

El obispo no está solo, decía. El carisma apostólico lo pone en medio y delante de la comunidad cristiana, como servidor de la fe y del sacerdocio bautismal de sus hermanos.

Pienso así en los fieles cristianos laicos que dinamizan la vida diocesana formando una vasta red de comunidades, asociaciones y movimientos. Pienso en los catequistas, los educadores católicos y demás agentes de pastoral.

Pienso especialmente en los que buscan testimoniar el Evangelio en las múltiples circunstancias de la vida laical: la familia, la sociedad civil, la gestión pública, la educación, el trabajo y la empresa.

Con el corazón todavía encendido por el fuego del Espíritu en la reciente Jornada Mundial de Río de Janeiro, no puedo dejar de pensar en los jóvenes de la diócesis. El próximo fin de semana compartiremos la peregrinación al santuario de la Inmaculada. Allí nos veremos más de cerca.

Yo también espero que hagan “lío” como dijo el Papa. En realidad, si dejan a Jesús meterse en sus vidas, la vida de cada uno se les va a escapar de las manos, porque va a quedar en las manos de Jesús. Eso le paso al joven Francisco de Asís cuando se dejó mirar por el Crucificado que lo sacó de sí mismo, lo hizo libre con la misma libertad de Jesús y lo mandó por los caminos del mundo. Es Jesús el que hace “lío” en nuestras vidas.

Queridos hermanos: El mundo tiene nostalgia de Dios y sed de esperanza. Los jóvenes buscan razones para vivir y luchar por la vida. En Cristo se encierra todo el bien que anhela el corazón humano. Llevemos su Evangelio al corazón del mundo.

Esta Iglesia diocesana de San Francisco conoce también la inestimable riqueza de la vida consagrada.

Queridos consagrados: la belleza del Rostro transfigurado de Cristo resplandece en su servicio a los más pobres, con quienes Él se identificó con especial ternura.

Ustedes nos recuerdan que la santidad cristiana es configuración con Cristo pobre, humilde y servidor, perfección del amor como don de sí a los demás, memoria y profecía del Evangelio que renueva todas las cosas.

Queridos pastores, laicos y consagrados: estamos llamados, como discípulos misioneros de Jesús, a compartir la dulce y reconfortante alegría de evangelizar.

Entremos entonces por la puerta estrecha del Evangelio para ensanchar el horizonte de nuestra mirada y de nuestro corazón. La misión debe seguir adelante.

Sigamos a Jesús misionero. Dejemos que Él nos atraiga y nos guíe. Hagámonos con Él y como Él niños para entrar en el Reino.

Como Iglesia diocesana hemos sentido su llamada a la conversión y a la fe. Así lo expresa nuestro Plan de pastoral: “Favorecer una experiencia de encuentro vital con Jesucristo que promueva un camino de conversión pastoral, para ser Iglesia - Familia de Dios donde se promueva la vida plena” (Objetivo general PPD). Así queremos vivirlo en lo cotidiano de nuestra vida.

A una Iglesia así evangelizada y evangelizadora no le faltarán vocaciones, carismas y ministerios porque es una Iglesia que no piensa en sí misma, sino que abre la puerta para salir al encuentro de todos, para que tengan Vida en abundancia.

Como María en la Visitación, apurémonos a retomar el camino y con ella cantemos la grandeza del Señor.

Con San Francisco hagámonos transparencia del Dios crucificado, la más alta expresión del amor que ha conocido la humanidad, como bien lo refleja la sugestiva pintura que preside esta catedral.
Estamos todos en las manos de Dios.

Así sea.