Testimonio del Obispo

 

Compartido con quienes acompañaron su aniversario

Los muchos años de vida, me hacen mirar para atrás. Y al echar una espontánea mirada al pasado, encuentro vivencias muy hermosas y también recuerdos ingratos o poco felices.

Recurro entonces a la Palabra de Dios, porque en ella encuentro sabiduría y consuelo. Ruego al Señor, que Él sea mi luz, y mi roca firme en donde apoyarme.

Dios me revela que la vida misma es regalo suyo, en todo momento y circunstancia, sin motivo alguno para dudar.

Los años prolongados no son un mérito mío, ni valen por acumulación del tiempo o del trabajo. Más bien me obligan a reconocer Su mano que siempre me ha guiado y sostenido, y de la cual debo seguir pendiente.

La vejez no es apreciable en sí misma, aunque es rica la experiencia de vida, cargada de sabiduría, prudencia y justicia.

Ese es, en todo caso, el mérito de las canas. Al comprobarlo, tengo ganas de alabar y agradecer, porque -como creyente- reconozco que he sido instruido y enseñado por el mismo Dios. Es decir, plantado en Su casa para dar fruto.

Debo destacar entre sus gracias, que me hizo “presbítero” (=anciano) siendo todavía muy joven, para gustar y ofrecer los dones maravillosos de la misión pastoral en la Iglesia.

Por eso, aún los servicios prestados, y los que pueda brindar, son dones brotados de Sus dones. En este camino de justicia anunciada, celebrada y procurada, -confieso con la Palabra- haber encontrado felicidad verdadera.

Deseo y ruego, pues, Su amistad y gracia, para gastar aún todo el tiempo, anunciando sus maravillas.

Pero, Dios hace sabios a los jóvenes cuando quiere, y las virtudes no son exclusivas de nadie. Mientras que los viejos acumulamos vicios y pecados, que la vida misma reprocha; de manera que aun mereciendo respeto, necesitamos ser enseñados y corregidos, para tener ocasión de llorar los propios pecados y avanzar en conversión personal.

Los viejos, hasta nos ponemos torpes e incapaces, dando ocasión a la paciencia y la caridad de los demás. Razón de sobra para saber ocupar nuestro lugar, aceptar los propias limitaciones, y no retener ni buscar el puesto de otros. Por eso comprendo que el auténtico orgullo del anciano, no puede ser sino el temor de Dios.

Además, las angustias que recuerdo, y aún las ya olvidadas, me impulsan a admitir que Dios me ha mostrado siempre su bondad, providencia y misericordia, ofreciendo su ley, su amistad y su perdón. Por eso, ahora vuelvo a cantar agradecido, sin poder completar nunca tan sagrada obligación.

La vida cristiana será siempre para mí, y para cada uno en su lugar y tiempo, una búsqueda de infancia o de inocencia respecto al mal, pero al mismo tiempo una madurez en el juicio, que siempre he de procurar y pedir a Dios.

A pesar de los años, quiero confiar siempre en la promesa del Señor, que nos hace renacer de lo alto, por el agua y el Espíritu, que sopla donde quiere.

Entre los ancianos que vivieron en tiempos de Jesús, encuentro signos de esperanza y de fortaleza, en Isabel y Zacarías, Simeón y Ana, en Nicodemo y los Apóstoles.

Pero sé que otros, advertidos de su condición de pecadores debieron abandonar su empecinada acusación. Y muchos más fueron aquellos, que ocuparon un triste papel en la persecución y acusación de Jesús, como en la pasión y muerte del Señor.

Pablo me instruye con su enseñanza sobre el hombre “viejo” y el hombre “nuevo”, y me hace desear -desde la misma experiencia de vida-, los dones sobrenaturales de la salvación en Cristo, porque en Él somos hechos: nueva creatura.

El Apóstol, ya viejo, y entre cadenas, da testimonio de una singular libertad, y de una gozosa paternidad espiritual. ¡Ojalá siendo viejo, pueda -como Pablo- ser más libre para el Señor, y alegrarme de servirlo en los hermanos!

¡Ojalá pueda abrir grande los brazos, como Pedro, para que el Señor me lleve adónde, y cómo, Él quiera!

¡Ojalá el tiempo de la vejez, me haga pensar más en la vida eterna y en la vuelta del Señor; porque Él mismo
quiso ser descrito en su gloria, rodeado de ancianos vestidos de blanco!

José María Arancibia
Mendoza, 11 de abril del 2007