HOMILÍA DE MONS. SERGIO BUENANUEVA EN LA MISA DE DESPEDIDA DEL SEMINARIO ARQUIDIOCESANO “NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO”

 

El pasado miércoles 14 de agosto, en la Vigilia de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María, se llevó a cabo la Santa Misa de despedida del Seminario Arquidiocesano “Nuestra Señora del Rosario” de Mons. Sergio Osvaldo Buenanueva (Ex Obispo de Mendoza, actual Obispo de San Francisco, Córdoba).

Compartimos a continuación la homilía predicada por Mons. Sergio en esta celebración litúrgica, en donde, partiendo con palabras alusivas a la Virgen, se refirió luego a la oración, a su experiencia de orante, y a su paso por el Seminario como formador (dando sus primeros pasos hace ya más de 20 años) y como rector del mismo.

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Vigilia de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Homilía de Mons. Sergio Buenanueva

Ya ha caído la tarde y, con esta liturgia vespertina, entramos en la celebración de la Pascua de Nuestra Señora.

Dios se esmera en hacer primero en María lo que sueña para toda la humanidad. Y ese sueño se puede sintetizar en una sola palabra, que Aparecida repite hasta el cansancio: VIDA.

Vida en abundancia. Vida transformada. Vida transfigurada por la cruz que encarna el amor.

Por eso, nosotros saludamos a María inspirándonos en la bienaventuranza que Jesús pronunció, seguramente pensando en ella: ¡Feliz de ti, Santa Madre de Dios, Arca de la Nueva Alianza, que has escuchado la Palabra de Dios, repasándola en tu corazón, una y otra vez, llevándola a tu vida, hasta hacerte una sola cosa con ella!

En este contexto espiritual tan sugestivo, permítanme compartir con ustedes una sola reflexión, un solo punto de meditación.

De las muchas cosas que podría decir en esta circunstancia de mi despedida del Seminario, apelando a lo que he vivido en esta casa, donde he pasado la mayor parte de mi vida ministerial, elijo hablar de la ORACIÓN.

Pensando en la comunidad del Seminario, mirando una vez más el rostro de María, he elegido hablarles de la oración cristiana: tratar de amistad con Aquel que sabemos nos ama.

Y lo hago a partir de mi propia experiencia de orante.

Al menos para mí, para mi biografía personal, el Seminario ha sido el espacio espiritual, eclesial y educativo en el que ha tenido lugar la aventura de la oración. Por eso, hablo desde este suelo nutricio de mi historia personal.

* * *

Ustedes conocen o habrán sentido alguna vez aquella frase de Amedeo Cencini que dice que hay personas que pasan por la formación, sin que la formación pase por ellas.

Sea que se trate de formandos que, por alguna razón, no alcanzan a comprender lo que se juega en estos años, o tienen algún dinamismo interior, ajeno a su voluntad, que se los impide, o seminaristas que, por alguna extraña razón, se consideran a sí mismos superados, superiores o ya arribados a la meta.

En este último caso, se trata de una ilusión de tipo gnóstica e intelectual. Es solo una idea: una idea falsa de sí mismos. La realidad es muy otra. Normalmente eso se descubre tarde y mal. Y muchos quedan magullados.

En el Seminario hay, sin embargo, algunos que no pueden darse este lujo. Son los presbíteros llamados a ser formadores.

Normalmente, un sacerdote joven que acepta la misión pastoral del formador llega al Seminario con una mezcla de confusión, ilusión y miedo. En grado o medidas diversos. No basta leer la Pastores dabo vobis hasta conocerla de memoria. O hacer algún curso. Hay que caminar. No hay más remedio.

Entregarse a esta misión lo pone en lo vivo del ministerio. Lo mantiene “en vela” todo el tiempo. Vive en una constante confrontación.

Quitemos, al menos inicialmente, el matiz negativo que su uso ha dado a esta palabra. Destaquemos la raíz del término: confrontar quiere decir estar en frente de. Dice la actitud de mirar de frente la realidad. Hacerse cargo de lo que pasa.

Así, el joven sacerdote se ve confrotando con y confrontado por el obispo, el presbiterio, sus amigos curas, los profesores, personas de buena fe y otras que no son tales, los opinólogos que ven una foto y se montan una película como El Señor de los anillos, La guerra de las galaxias o Matrix.

Una confrontación muy fuerte es la que se da entre el formador y la tradición viva de la Iglesia que, una y otra vez, lo desafía a responder interrogantes como estos: ¿cómo se “fabrica” un sacerdote católico? ¿Cómo se prepara el corazón de un sujeto que tiene que recibir el don de la caridad pastoral y vivir con gozo el celibato? ¿Qué significa una “formación integral”? Son preguntas que desbordan lo académico y tocan el nervio de la propia vida.

Pero, sobre todo, este ministerio lo involucra en primera persona con la persona de los jóvenes que han dicho “Amén” a Jesús que llama.

Evocando una imagen bíblica, el sacerdote formador es como Moisés que está llevando su rebaño a pastar y, de repente, queda delante del misterio de la zarza ardiendo, y tiene que descalzarse porque pisa tierra santa y, allí, Dios se le revela.

Esa tierra sagrada es la vida de cada seminarista. De ustedes, queridos jóvenes.

En la historia de libertad de cada uno de ustedes, Dios está obrando y revelándose siempre de nuevo. Para un joven sacerdote, entrar en esta historia de libertad significa iniciar el aprendizaje de la caridad pastoral en un grado muy especial e intenso.

Cuando, el 28 de febrero de 1993, me instalé en la habitación que me habían asignado como formador, la primera noche la pasé despierto preguntándome, una y otra vez: “qué hago aquí”.

Algo similar me pasó cuando asumí como rector. Tenía solo un poquito más de camino.

En otras ocasiones, esta experiencia de desproporción entre lo que se pide a un sacerdote-formador y lo que realmente uno puede dar toma la forma de un impulso de huida, de fuga. O, al menos, de un fugaz autorreproche: “¿En qué estaba pensando cuando acepté?”.

En los últimos años como rector, cuando ya despuntaban algunos signos de cansancio, inventé aquella frase: “un formador es un seminarista que celebra la Misa”.

Es sarcasmo. Ironía. Lo tomamos con humor a sabiendas que procede de un momento -como todos tenemos- de bajón, de una cierta oscuridad que duele. Pero uno sigue caminando. Normalmente, llevado por los demás, los compañeros de camino. Y, entre ellos, el Peregrino con mayúsculas.

Mirada a la distancia, puedo afirmar que esa situación personal, con tantas resonancias emotivas y espirituales, ha sido buena, providencial y salvífica. Ha sido además, promisoria, es decir: abierta al futuro. Puede llegar a ser fecunda si logra vivirse como humilde apertura a Dios.

* * *

Desde aquí quisiera enfocarme en el tema de la oración. Desde la humildad que, a veces, tiene la cara de la humillación.

Porque la oración cristiana es siempre una humilde búsqueda del Rostro de Dios. Oración y humildad son dos inseparables compañeras de camino.

Es la búsqueda de un hombre pobre. Los pobres saben de oración. El orgulloso, el pagado de sí, suele no rezar. Para hacerlo necesita una fuerte conversión. A lo sumo, su oración será un mirarse a sí mismo, a veces un regodearse, otras un angustioso lamento por no dar con el “pinet” que se ha autoimpuesto.

De la oración somos siempre peregrinos. No nos es dado saber si realmente hemos tenido o no un encuentro con el Señor. En ocasiones, nos pasará como a los peregrinos de Emaús: casi al reconocerlo, Él ya se ha escabullido. Así funcionan las cosas entre las personas que somos siempre inaferrables.

Aquí vale aquel evangélico: “el árbol se conoce por sus frutos”.

Lo cierto es que los decisivos momentos en que nuestra búsqueda del Señor es realmente genuina están siempre marcados por esa actitud de fondo que designamos con la palabra “humildad”.

Vale la pena recordar su origen etimológico: humildad viene de humus, tierra.

Empezamos a orar, que es lo mismo que decir: a ser discípulos, cuando tocamos nuestra propia tierra, dejándonos sembrar, trabajar y regar por el Señor.

Mi propio pecado, mis inconsistencias más profundas, mis miserias más personales han sido mis mejores aliados para la oración. Sin ellos creo que no habría perseverado en la oración cotidiana.

Porque de eso se trata: de rezar todos los días, o de cultivar la oración permanente según la norma apostólica.

La oración perseverante en la prueba, en la frialdad o aridez de los sentidos, es sin dudas la más valiosa. Solo se hace por fe, como enseñaba el padre Segundo Galilea. Eso lo he comprobado.

* * *

En mi camino personal de oración hay algunos momentos que quisiera compartir con ustedes con sencillez de corazón.

De mi niñez rescato dos cosas: las oraciones vocales que aprendí de mis padres, sea porque ellos se propusieron que las aprendiera, sea porque yo, viéndolos rezar a ellos, quise aprenderlas. Así me pasó, por ejemplo, con la Salve y el Pésame.

Entrando en la adolescencia, Dios me hizo un regalo inestimable: conocer al padre Tarsicio Rubín, misionero scalabriniano cuya causa de beatificación ha sido iniciada en Argentina.

Tarsicio nos reunía a algunos jóvenes en la parroquia “Nuestra Señora del Líbano” de San Martín, para orar con los Salmos. Él tenía varios ejemplares de la Biblia de las Sociedades Bíblicas, con cuya traducción de los Salmos se inició una nueva etapa en mi camino personal de oración. Sin saberlo, la oración vocal se abría a la meditación y a la contemplación.

El método es sencillo, profundo y no pierde vigencia: elegir un Salmo, recitarlo entero y quedarse repitiendo el versículo, la palabra o la frase que más había tocado el corazón. Como quien rumia la Palabra. Años después supe que esto es precisamente lo que quiere decir el verbo “meditar” en la Lectio divina: repetir, memorizar, rumiar.

Cuando, ya seminarista, la Iglesia puso en mis manos la Liturgia de las Horas, los Salmos eran para mí un terreno conocido. Son, hoy por hoy, mi principal camino de oración.

De mi niñez hasta mi adolescencia hay, sin embargo, otra forma de oración en la que maduró el deseo de ser sacerdote. También después supe que eso que tanto me gustaba era oración, la más hermosa, eclesial y cristiana. Hablo de la sagrada Liturgia.

No voy a detenerme en detalles. Solo apunto lo siguiente: la liturgia católica, tan divina y tan humana, tan celestial y corporal, tiene fuerza por sí misma para conquistar el alma de un niño, que absorbe como una esponja incluso la belleza del Crucificado. Y Jesús es el que dijo: si no se hacen como niños…

Hoy, como sacerdote puedo decir que el ministerio de presidir la oración del santo pueblo de Dios conlleva siempre una gracia especial de oración, como también ocurre con el servicio de la homilía por el que la Palabra se abre camino al corazón de los fieles. El ars celebrandi es ars orandi cum Ecclesia orans.

Aquí también, como enseñaba el sabio Benedicto XVI, el ministro ordenado requiere mucha humildad para dejarse amaestrar por la Iglesia en oración, más que creatividad para hacer cosas atractivas para mantener atento al público o ponerse uno en el centro como un desesperado showman en busca de popularidad.

Hay una gracia particular para el sacerdote que preside la oración de su pueblo: desde el altar o el ambón uno puede aprender a mirar a sus hermanos con los ojos iluminados por la fe, a mirar con los ojos del Buen Pastor o el buen Samaritano. Otra dimensión de la caridad pastoral: la afectividad pastoral. Sin ella somos solo funcionarios, o ideólogos o pragmáticos ladrilleros.

Vuelvo ahora a mi camino de oración. Renuncio a contar algunos momentos señeros de este camino, sobre todo en los años de formación inicial, tanto en Mendoza como en Córdoba.

Quisiera más bien compartir con ustedes algo del contenido de mi oración. Necesariamente será un compartir sumario, breve y no apto para curiosos. Esto es así no solo porque es algo muy personal, sino porque no sabría cómo decir más de lo que voy a decirles.

¿Cuál es el contenido de mi oración? ¿Qué digo? ¿Qué repito? Se los comparto sin vueltas.

Son frases breves, vinculadas con la meditación de la Escritura o con el encuentro con algún personaje que se nos convierte en maestro de oración:

Jesús Señor, Maestro y Amigo (Charles de Foucauld).
Abba Padre (otra vez: Foucauld).
Bendice, alma mía al Señor … Como un padre siente ternura por sus hijos …
Jesús, Señor, vos lo sabés todo. Vos sabés que yo te amo.
(Pironio)
Jesús: todo es tuyo y yo también. (Foucauld - Ignacio)
Amén. Aquí estoy. Hágase. (Ejercicios - María)
En tus manos, Señor, está mi destino.
Un corazón contrito y humillado. (Don Carlos González)
Señor, mi corazón no es ambicioso…

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En cierto modo, la historia personal que he contado es poca cosa. Es realmente modesta.

Sin embargo, queridos amigos, aquí hay algo que hace la diferencia: en la historia de Dios con los hombres, marcada por la encarnación, Nazaret y la pascua, lo pequeño es precisamente el espacio en que acontece lo realmente grande.

El papa Ratzinger, ya de teólogo particular, solía repetir unas palabras de Tertuliano: “Non coerceri maximo, contineri tamen a minimo, divinum est”. Que podríamos traducir así: Lo verdaderamente divino es que lo grande no se quede limitado por su grandeza sino que pueda incluso dejarse contener por lo pequeño, por lo mínimo. Un eco del himno a la kénosis del Verbo de Filipenses.

El Dios amor, el Dios de Jesús, es realmente tal y se muestra como tal precisamente al inmiscuirse con nuestra pequeña insustancialidad.

Somos nosotros los que soñamos grandezas. Él se contenta con nuestra débil humanidad, y precisamente allí está cómodo. Dios está a gusto con los pobres, con los insignificantes para el mundo, con los que no cuentan.

En eso, las parroquias son una verdadera escuela de espiritualidad cristiana y sacerdotal que, bien asumida, modela realmente el corazón del pastor, haciendo aterrizar los ensueños juveniles, manteniendo intactos los ideales evangélicos y abriendo paso a la serenidad de la edad adulta.

Por eso, el camino personal de oración, siempre frágil, cada vez más desprovisto de espectacularidad, hecho de cotidiana fidelidad y perseverancia, es decisivo para el camino de la fe, para el camino de un pastor.

Se vive como se ora. Se ora como se vive. Así enseña el Catecismo.

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“Doctores tiene la santa madre Iglesia que os sabrán responder”, decía el famoso catecismo de Astete.

En estos años he hablado mucho, de muchas cosas y en muchas ocasiones. Ustedes siempre tendrán la ocasión en el Seminario de escuchar muchas voces sabias, y otras no tanto. Escuchen siempre. Pidan el don del discernimiento.

Ahora, pensando en lo esencial, he hablado solo de la oración. Es cierto, como decía el padre Galilea, que la oración no es lo más importante de la fe cristiana. Ese puesto lo tiene la caridad. Pero sin oración no hay caridad, menos aún caridad pastoral.

Que María y San José nos ayuden a perseverar en la búsqueda de Jesús, como en el misterio de la pérdida y hallazgo del Niño en el Templo.

Estamos en las manos de Dios.

Amén.