ORDENACIONES DIACONALES - SANTUARIO NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

 

El pasado sábado 10 de agosto fueron ordenados seis diáconos para la Diócesis de Mendoza, tres jóvenes camino al Presbiterado y tres hombres casados que ejercerán el diaconado de modo estable y permanente en distintas comunidades de nuestra Arquidiócesis.

Fueron admitidos al Sagrado Orden del Diaconado, en camino al Presbiterado: Cristian Iván Brito, Eduardo Javier Elías y Miguel Ángel Valdez. Al Sagrado Orden del Diaconado, como Diáconos Permanentes, fueron admitidos: Hipólito David Masman, Edgardo Mariano Da Passano y Antonio Gabriel Sánchez.

La celebración litúrgica fue presidida por el Arzobispo de Mendoza, Mons. Carlos María Franzini y concelebrada por Mons. Sergio Buenanueva (Actual Obispo de San Francisco, ex Obispo Auxiliar de Mendoza) y Mons. Jorge Luis Lona (Obispo Emérito de San Luis), en el Santuario de Lourdes a partir de las 10hs. Además contó con la presencia de un importante número de sacerdotes, diáconos, religiosos, seminaristas y laicos.

Nos dice el Concilio Vaticano II: “En el grado menor de la jerarquía están los diáconos, que reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio. Así confortados con la gracia sacramental en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Es oficio propio del diácono, según la autoridad competente se lo indicare, la administración solemne del bautismo, el conservar y distribuir la Eucaristía, el asistir en nombre de la Iglesia y bendecir los matrimonios, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir los ritos de funerales y sepelios. Dedicados a los oficios de caridad y administración, recuerden los diáconos el aviso de San Policarpo: "Misericordiosos, diligentes, procedan en su conducta conforme a la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos" (Lumen Gentium 29).


Homilía pronunciada por Mons. Carlos María Franzini,
Arzobispo de Mendoza,
en la ordenación diaconal de Edgardo Da Passano, David Masman, Antonio Sánchez y de los seminaristas Cristian Brito, Eduardo Elías y Miguel Valdez


(Santuario Nuestra Señora de Lourdes – El Challao, 10 de agosto de 2013)

Textos proclamados: 2 Cor 9, 6-10; Jn 12 24-26

Queridos hermanos:

La fiesta litúrgica del diácono San Lorenzo es una oportunidad muy propicia para celebrar la ordenación de seis nuevos diáconos para nuestra Arquidiócesis y volver a tomar renovada conciencia de esa dimensión esencial y distintiva de toda comunidad cristiana que es el servicio. Lo es también para que todos los que fuimos ordenados diáconos repasemos los contenidos fundamentales de nuestra vocación al servicio en la Iglesia.

La Palabra de Dios nos ofrece su luz para profundizar esta dimensión de la vida de todo bautizado y que ha de caracterizar de manera singular a quienes por la imposición de las manos del obispo son constituidos sacramentos vivos de Cristo Servidor.

San Pablo invita a los corintios a sembrar con generosidad y a dar con desprendimiento. En este caso, para la colecta en favor de los hermanos de Jerusalén, pero la ocasión es aprovechada por el Apóstol para recordarnos esa nota propia del seguimiento del Señor: no ser mezquinos porque Dios ama al que da con alegría o -mejor aún- Dios ama al que se da con alegría. Quien todo lo ha recibido del Señor no tiene derecho a guardarse nada para si mismo. Tan es así que es el mismo Pablo quien nos dice: “para mí la vida es Cristo y la muerte una ganacia” (Flp 1,21).

Es la lógica del “ganar y perder” de la que nos habla Jesús en el pasaje evangélico que se ha proclamado. En clave cristiana sólo gana quien está dispuesto a perder. Los “ganadores” de este mundo no llegarán nunca a captar la sabiduría del Evangelio ni el camino de felicidad que nos propone: la felicidad de los pobres, de los que lloran, de los que tienen hambre y sed de justicia y son perseguidos por el nombre de Jesús.

Hay que estar dispuesto a “perder” para estar con Jesús, que –humanamente hablando- fue un perdedor. Se trata de entrar en la escuela de este Maestro que se ha hecho el último y el servidor de todos; de ir apropiando progresivamente los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Flp 2,5); hasta identificarse con él en la muerte a fin de llegar a la resurrección de entre los muertos (cfr. Flp 3,11).

Iluminados por estos pocos trazos que nos propone la Palabra de Dios me permito invitarlos a ustedes, mis queridos hermanos que ahora serán ordenados y a toda esta asamblea aquí reunida, a que reflexionemos sobre el ministerio diaconal que ahora recibirán por imposición de mis manos.

Dios a través de la Iglesia los llama al ministerio diaconal. Esto es, los llama a constituirse en la comunidad cristiana como sacramentos –signos e instrumentos- de Cristo Servidor. Es decir, a manifestar con la vida y el ministerio que la vida se la gana poniéndose al servicio de Dios y los hermanos, en actitud de humilde disponibilidad a la voluntad del Padre y generosa entrega en favor de los hermanos, sobretodo de los más pobres y sufrientes. Servir es la consigna, nunca servirse del ministerio, como si éste fuera una “promoción” personal o un camino de autoafirmación. Tanto más fiel será el diácono cuanto menos dueño sea de sí mismo, de sus proyectos, de sus expectativas, incluso de sus legítimas aspiraciones.

Dios los llama a través de la Iglesia, comunidad de los creyentes seguidores de Jesús, y los integra en un cuerpo diaconal. Como todo en la vida de la fe, la ordenación no es un hecho individual, “privado”. Se trata de un acontecimiento eclesial, cuyas resonancias y repercusiones comunitarias son anteriores a cada uno de los individuos involucrados en él. Por eso mis queridos hermanos que ahora serán ordenados, huyan del individualismo que siempre nos acecha, hijos de esta cultura individualista y competitiva que tanto nos condiciona. Nada más contradictorio que un diácono que vive su fe y ministerio aislado y a espaldas de sus hermanos diáconos y de la Iglesia a la que sirve, de un diácono que “gestiona” su ministerio como si se tratara de una “profesión particular” de la que se dispone según el propio criterio o al servicio de los propios intereses personales.

Dios los llama a través de la Iglesia una, santa católica y apostólica que aquí y ahora se visibiliza y manifiesta en la Iglesia particular de Mendoza. No existe la Iglesia en abstracto. Somos miembros de una Iglesia diocesana en la que hemos nacido o a la que nos hemos incorporado por providencia divina, que nos “marca” desde el origen. Hay una historia, un estilo, una vida eclesial mendocina que no es indiferente en el acontecimiento que compartimos. Por eso, mis queridos hermanos, amen a esta Iglesia que los ha engendrado –y los sigue engendrando- a la fe y al ministerio. Asuman con alegría y responsabilidad su historia, sus luces y sus sombras. Háganse cargo y reparen solidariamente sus miserias y pecados y gocen con su historia de gracia y santidad. La incardinación en el clero mendocino, producida por la ordenación, es mucho más que un hecho jurídico, extrínseco. Es un acontecimiento de gracia que configura y tiñe desde ahora y para siempre la vida y el ministerio de cada uno.

Por esto la primera pertenencia de ustedes como ministros es a la Iglesia arquidiocesana. Son de la diócesis antes que de una u otra comunidad particular en la que sirven. Los ministros ordenados lo somos para la diócesis y, desde ella, para diversas comunidades, organismos o servicios particulares que se les encomiendan circunstancialmente. Es ésta la razón teológica y más profunda de la disponibilidad de un ministro ordenado para ir donde es enviado como colaborador del obispo donde su ministerio sea más necesario.

Dios los llama a través de la Iglesia y es a ella a quien Dios le ha encomendado la misión de poner las condiciones para el llamado. Por este motivo el Concilio Vaticano II, valorando el ministerio diaconal en sí mismo, mandó restaurar la posibilidad de ofrecerlo también a hombres casados, según la antigua tradición de la Iglesia. De esta forma se afirma el valor propio de este ministerio, que ya no es visto como un simple “paso” hacia el ministerio presbiteral. La celebración que compartimos nos permite visualizar “plásticamente” esta verdad de nuestra fe. Se trata de un ministerio que puede ser ofrecido tanto a hombres que han sido llamados a vivir el amor en la vida matrimonial como a varones que son invitados a vivir la misma vocación al amor de manera célibe. La Iglesia pone ésta –y otras- condiciones y cada uno de los llamados asume libre y responsablemente esta opción.

Para quienes son llamados al ministerio diaconal habiendo recibido previamente la vocación matrimonial el ministerio será estímulo e invitación para llenar de espíritu servicial la vida matrimonial, familiar y profesional. Esta doble vocación requiere un constante y delicado discernimiento para establecer tiempos, dedicaciones, prioridades, en función de las exigencias y compromisos propios de la vida familiar y profesional. Que nunca sea el ministerio un obstáculo para desarrollar una intensa y fecunda vida familiar. Y que tampoco sea el ministerio excusa u ocasión para desatender los propios compromisos laborales y profesionales, que son también espacios donde se debe dar respuesta a la común vocación a la santidad de todos los bautizados.

Entre aquellos a quienes el Señor ha regalado la vocación al celibato por el Reino el mismo Señor llama a algunos para el ministerio presbiteral y episcopal. Por eso a lo largo del camino formativo inicial estos tres hermanos nuestros han hecho un sereno y profundo discernimiento sobre su doble vocación al celibato y al ministerio presbiteral y hoy, con plena libertad, reconocen ambos llamados y asumen responsablemente cuanto comporta esta amorosa opción. Sí, mis queridos hermanos, porque de esto se trata cuando hablamos del celibato sacerdotal: una opción de amor, madura y responsable; libre y liberadora; capaz de hacer muy feliz a una persona y de hacer mucho bien a quienes con él se vinculan. Es cierto que hablamos de bienes que en el contexto cultural de hoy no gozan de especial aprecio, pero sólo nos basta encontrarnos con alguien que vive madura y serenamente su celibato para constatar su belleza y beneficiarnos con su fecundidad.

Como una nueva gracia del Año de la Fe que estamos transitando, hoy Dios regala a la Iglesia de Mendoza seis nuevos diáconos para su servicio. No perdamos la mirada creyente de este acontecimiento y comprometámonos a acompañar a estos hermanos con la oración, el afecto, la colaboración y –cuando sea necesaria- la corrección fraterna. Pidamos para ellos lo que San Pablo pedía para él y sus colaboradores: que sean servidores nuestros por amor de Jesús (2 Cor 4,5). La Virgen del Rosario los cuide, el Patrón Santiago y San Lorenzo, diácono y mártir, los acompañen.