A 50 años del Concilio Vaticano II

 

El Concilio Vaticano II ha sido "la gran gracia de la que la Iglesia se ha
beneficiado en el siglo XX"
(Testamento del Beato Juan Pablo II).

En adhesión a los cincuenta años de la apertura del Concilio, la Arquidiócesis de Mendoza ha solicitado la inestimable ayuda de Fray Héctor Muñoz OP, para dar a conocer algunos de los grandes temas del Concilio.

En el marco del Año de la Fe, estos artículos de Fray Héctor seguramente nos
ayudarán a apreciar mejor la preciosa herencia del Concilio Vaticano II,
cuyo magisterio está en la raíz del camino de renovación que nuestra Iglesia
diocesana está recorriendo.


Nº 11: EL SACERDOCIO BAUTISMAL o ‘DE LOS FIELES’ (cf. LG 10)

En el Bautismo, al incorporarnos al Misterio pascual de Cristo, muerto y resucitado, también nos integramos a un pueblo sacerdotal junto con el resto de los bautizados y teniendo a Cristo como Cabeza. Formamos una Iglesia mediadora capaz de orar, de ofrecer el Sacrificio eucarístico y, en él, de ofrecerse a sí misma, completando lo que falta a la Pasión de Cristo. Por este sacramento somos incorporados a Cristo-Sacerdote como partícipes del “sacerdocio común”, también llamado “de los fieles”. Ese “sacramento-puerta de la Iglesia”, nos inserta y congrega en el Cuerpo místico de Cristo, Pueblo de hijos y de hermanos.

Jesús nos convirtió así en ‘un reino y sacerdocio para Dios, su Padre’ (Apoc. 1,6), nos hizo capaces de ofrecer sacrificios espirituales gratos a Dios y para anunciar el poder de Dios, que nos sacó de las tinieblas y de las sombras de la muerte para llevarnos al esplendor de su admirable luz (cf. 1 Pe 2,4-10).

Por este “sacerdocio común”, podemos ofrecernos al Padre como sacrificio espiritual que, estrechamente unido a la Cruz salvadora y a la Sangre de Jesús derramada en ella, nos integra a Cristo en una sola ofrenda redentora, victoriosa sobre el pecado y la muerte. Junto con el “sacerdocio ministerial” que tiene su origen y causa en el sacramento del Orden sagrado, ambos participan del único sacerdocio de Cristo y a él se ordenan, para convertir a toda la Iglesia en Pueblo sacerdotal, mediador entre el cielo y la tierra y donde principalmente se expresan las “maravillas de Dios” en medio de los hombre, siendo Jesucristo, la más excelsa de dichas mirabilia Dei, por lo que hizo también en María, maravillas (las ‘cosas grandes’ que Dios hizo en ella), motivando el canto que la Virgen elevó a su Señor, llena de alegría al poder alabar ‘la grandeza de Dios’ manifestada en la pequeñez de su servidora.

Las grandes acciones que los bautizados pueden realizar, por la fuerza del ‘sacerdocio común’ es la de dirigir a Dios su oración, como individuos y como Pueblo; la de ofrecer la Eucaristía junto a quienes han recibido el ‘sacerdocio ministerial’; desde el Bautismo son capaces de celebrar los sacramentos de Cristo y de la Iglesia como verdaderos concelebrantes, así como “traducir a Jesús” mediante obras de una fe que los impulsa a la caridad. De este modo se hace presente Jesús-Resucitado y actúa su redención en medio de nosotros y en nosotros, nos entrega su Corazón, para poder amar con la calidez que de él brota, como de un corazón mana abundante sangre, capaz de irrigar y de dar vida a todo el cuerpo.

Es interesante constatar que “el sacerdocio ministerial” está al servicio del “común” o de “los fieles.”

Fray Héctor Muñoz op.