Mensaje y Saludo Pascual

 

Mensaje de Mons. José María Arancibia a la comunidad mendocina

Con este mensaje, quiero hacer llegar el saludo pascual de la comunidad católica, a cada persona, familia e institución de la sociedad mendocina.

A todos sin distinción, incluso a aquellos que no comulgan con nuestra fe. Siento por todos el respeto y el afecto de un pastor.

Para los que creemos en Cristo, hijos de la Iglesia católica, como de otras confesiones cristianas, los días de Semana Santa son portadores de un significado decisivo para nuestras vidas. Sin ellos no podemos vivir, porque en ellos encontramos salud, perdón y paz.

Desde fuera, algunos sólo perciben unos ritos y prácticas tradicionales. Y es verdad que nuestra sociedad conserva sus prácticas religiosas, no obstante los fuertes procesos de secularización.

Cada día, miles de mendocinos inician o concluyen su jornada invocando a Dios, confiándole sus penas y alegrías. Cada domingo celebran el día del Señor, sobre todo con la Misa dominical.

En estos días de Cuaresma y Semana Santa, muchos se han acercado a nuestros templos o capillas, para recibir la palabra del perdón, o para participar con religiosa sencillez en las celebraciones litúrgicas.

Pero hay más. Mucho más. Y quiero anunciarlo o recordarlo con vivo entusiasmo, porque es bueno percibirlo también. Para quienes creemos en Cristo, los ritos de la Semana Santa ofrecen la posibilidad de encontrarnos con la persona de Jesucristo, y con el acontecimiento liberador de su pasión, muerte y resurrección.

¿De que nos libra o salva? Del mal más profundo, que es la egoísta y soberbia rebeldía contra Dios, que tiene tantas consecuencias en la vida personal y social.

En su reciente carta sobre la Eucaristía, el Papa ha señalado una profunda relación entre “creer”, “celebrar” y “vivir”, la fe en Cristo.

El cristianismo es mucho más que una idea, una ética, o una filosofía de vida. Es el encuentro con una persona -Jesús de Nazaret- hecho de adhesión cordial y confiada; atracción misteriosa hacia él; que cambia la vida entera, ofrece una visión nueva, y orienta la conducta.

Esta fe en Cristo -profesada, celebrada y vivida- es nuestra posesión más preciosa. En realidad, debería decir: es ella la que nos posee a nosotros. Quien ha conocido a Cristo, sabe bien de que hablo: ser alcanzados por el resplandor luminoso de su Verdad.

La luz es precisamente uno de los signos utilizados por la liturgia pascual: “¡La luz de Cristo!”, se canta mientras ingresa en penumbras el cirio encendido, que representa a Cristo resucitado.

“¡Demos gracias a Dios!”, responde la asamblea. “Somos hijos de la luz. No vivamos entonces en las tinieblas”, es la expresión vigorosa de San Pablo a los primeros cristianos.

Miremos alrededor nuestro. El presente y el futuro de Mendoza presentan muchos desafíos. La ciudad, como también la provincia, se transforman a pasos agigantados. La vemos crecer y expandirse cada día. Se ha transformado en meta de un turismo creciente, nacional e internacional.

Los productos y la gente de Mendoza, se proyectan hacia el mundo entero. Hechos auspiciosos, no sólo en sentido económico, sino humano y cultural. Como en el resto de la Argentina, se experimenta aquí un dinámico crecimiento en variados campos.

Sin embargo, este mismo progreso esconde enormes incoherencias, paradojas e interrogantes de difícil respuesta.

Pienso, ante todo, en la brecha entre los sectores más pudientes y la inmensa cantidad de pobres, indigentes y marginados. Pienso también en el necesario fortalecimiento de la vida democrática, de sus instituciones e instrumentos; en la debida -como reclamada- preparación y responsabilidad de ciudadanos y de dirigentes políticos.

Pienso en la inseguridad que paraliza a personas, familias y zonas enteras de nuestra geografía, tanto urbanas como rurales. Pienso, además, en cómo hemos de cuidar y fortalecer a la familia, en sus auténticos valores, porque de ella depende la salud y la vitalidad de la misma sociedad.

La Iglesia no es un agente político. Tampoco pretende serlo. Valga la aclaración. Esta es la sabia enseñanza del Papa Benedicto XVI, corroborada por la bimilenaria experiencia de la Iglesia.

Sin embargo, no puede dejar de ofrecer su contribución a la lucha por la justicia, y a la construcción de la comunidad política, centrada en el bien común.

Al comenzar este año, he propuesto a los fieles católicos laicos ofrecer su presencia y contribución más intensa en tres ámbitos de interés: “la escuela y la educación en general; las organizaciones de la sociedad civil; y el compromiso político” (Línea inspiradora 2007, II 4 b).

La vocación ciudadana nos impone esta grave obligación. Gracias a Dios, en los próximos meses, los laicos mendocinos asumirán la iniciativa del Episcopado argentino, que ha convocado a un Congreso de laicos, con este lema: Hacia la Argentina del bicentenario.

Su objetivo es: crear un espacio de apertura, reflexión y diálogo para profundizar el proceso de participación de los laicos como miembros de la Iglesia y en la vida del país, consolidando su condición de ciudadanos en vistas a la celebración del bicentenario.

Al ofrecer nuestra aportación en estos ámbitos, no pretendemos imponer nuestra fe a los demás. No se trata de doctrinas o preceptos religiosos. Las cuestiones que están en juego, interesan a toda la sociedad, en el terreno compartido de nuestra condición humana.

Se trata de salvaguardar a la persona humana, su dignidad, derechos y deberes fundamentales. Primero de todo el de la vida, desde el inicio hasta el fin; y de una vida digna.

Los cristianos, iluminados por la fe en Cristo, que fortalece las razones humanas, queremos ofrecer con honestidad nuestra reflexión, a través de un diálogo tan respetuoso por los demás como por la búsqueda de la verdad y del bien.

“La doctrina social de la Iglesia -enseña el Papa- argumenta desde la razón y el derecho natural, es decir, a partir de lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano.” (Dios es amor 28,5). “Lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano”. Este es el punto crucial de todos los debates, interrogantes y desafíos culturales.

La persona humana; la condición del hombre y de la mujer; el sentido mismo de la humanidad entera, llamada a vivir en fraternidad, y cuya condición se transforma a pasos acelerados.

Al ofrecer a todos el saludo pascual, quiero renovar el compromiso de la Iglesia católica con el presente y el futuro de nuestra querida Mendoza.

Cristo resucitado es, en el lenguaje de la Biblia, el “hombre nuevo”. Desear felices pascuas, es invitar a que todos dirijamos la mirada hacia su persona y a los dones de su gracia.

Que la belleza de su rostro ilumine y anime a todos los hombres y mujeres, que viven y trabajan en esta tierra.
¡Muy felices pascuas de resurrección!