TE DEUM 9 DE JULIO - HOMILÍA DE MONS. SERGIO BUENANUEVA, OBISPO ELECTO DE SAN FRANCISCO

 

El pasado 9 de julio, se desarrolló el tradicional Te Deum, que este año tuvo lugar en el Santuario “Nuestra Señora de Luján de Cuyo” del departamento de Luján.

Luego del izamiento de la bandera en la plaza departamental, Mons. Franzini recibió al Gobernador de Mendoza y al Intendente departamental en el atrio de la Parroquia, dando inicio a la celebración litúrgica luego del ingreso de las banderas de ceremonia.

La misa de acción de gracias por la independencia nacional fue concelebrada por el Arzobispo Mons. Carlos María Franzini, el Obispo electo de San Francisco, Mons. Sergio Osvaldo Buenanueva, y algunos otros presbíteros, y contó con la presencia del Sr. Gobernador de Mendoza, Francisco Pérez y el Intendente municipal, Carlos López Puelles, además de otros funcionarios del gabinete provincial.

Terminado el Te Deum se llevo a cabo un desfile militar por calle San Martín del departamento.

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Descargá aquí la Homilía del Te Deum - Mons. Sergio Buenanueva

A continuación ofrecemos la homilía pronunciada por Mons. Sergio Buenanueva:

Celebración de Acción de gracias en el día de la Independencia nacional

Nos hemos reunido para orar por la Patria en un nuevo aniversario de la independencia nacional. Lo hacemos en este hermoso templo recién restaurado y dedicado a la patrona de Argentina: Nuestra Señora de Luján. Es bueno estar aquí para elevar nuestra oración a Dios.
Inspirándome en el evangelio que acabamos de escuchar, quisiera proponerles una reflexión sobre el Padre nuestro. Creo que si repasamos su contenido podremos encontrar luces importantes para nuestro camino como pueblo libre. El Padre nuestro es una oración de libertad.

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La estructura del Padre nuestro es muy sencilla: después de la invocación inicial, vienen tres deseos y cuatro peticiones.
Primero, los dos consejos de Jesús: hay que orar en lo secreto y no hablar mucho. En lo secreto, porque la oración es encuentro de un hijo con su Padre. El lugar físico es lo de menos. El lugar interior es la conciencia: allí Dios mora y habla. Y, por eso, no hablar mucho. Solo dejarse mirar por Dios. No necesitamos fingir lo que no somos. Bastan pocas palabras.
En la conciencia descubro que mi libertad se juega en la obediencia a una verdad que me habita y me trasciende, que yo no produzco y que sin embargo define mi vida. Un indicio de la dignidad de todo ser humano.

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Ahora sí, vamos al Padre nuestro. La invocación inicial contiene la palabra clave: Padre. Jesús invoca a Dios como un niño hebreo llama a su papá: “Abba”. Nadie se ha atrevido a tanto. El Dios trascendente y santo es un padre con entrañas de madre. Si Dios es Padre, Jesús sencillamente es el Hijo. La comunión entre ambos es inmediata.
Jesús nos invita a entrar en esta desconcertante experiencia: el Todopoderoso es bueno. A nosotros nos resulta difícil vincular poder y bondad. Los que ejercemos algún tipo de autoridad lo sabemos. En Jesús, en cambio, poder y bondad convergen naturalmente. Así vivió Jesús: cerca de los pobres, los olvidados, los pecadores. Ellos conocieron su poder como cercanía que sana y humaniza a los heridos por la vida. Curó a los enfermos, devolvió la vista a los ciegos, hizo caminar a los paralíticos, resucitó a los muertos.
Cuando Jesús nos enseña a llamar “Padre” a Dios nos conecta con la fuente de ese poder bueno. Y lo hace subrayando el plural: Padre “nuestro”, porque el poder de Dios reúne, vincula, hace familia.

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Después de la invocación inicial siguen los tres deseos: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad. El gran deseo de Jesús: que conociendo a Dios como Padre el hombre tenga vida. Y vida para siempre, venciendo el poder de la muerte. Un mismo y gran deseo en tres variaciones distintas:
“Santificado sea tu Nombre”: Padre date a conocer. No te conocemos o te conocemos mal. Nos hemos hecho de Tí caricaturas ridículas, horrorosas e incluso violentas. Date a conocer para que podamos glorificar tu santo Nombre.
“Venga tu Reino”, es el deseo más fuerte de Jesús. Para eso ha venido al mundo: para anunciar que Dios viene a hacerse cargo de la suerte de los hombres. Viene a recomponer nuestros vínculos, a darnos esperanza y futuro.
“Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Jesús conoce lo que Dios quiere. Dios no quiere la muerte, quiere la vida, quiere resurrección.

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Los tres deseos anteriores están centrados en Dios. En las peticiones que siguen, pedimos por nosotros y nuestras necesidades.
“Abba-Padre, danos hoy nuestro pan cotidiano”. Es la primera petición y la que resume todas las demás. En el pan se compendian todos los anhelos humanos. Es además algo muy concreto: el pan que, cada día, alimenta el cuerpo.
Jesús sabe por experiencia lo que es vivir al día. Ha elegido para sí una vida itinerante, cercana a los pobres, los enfermos y desvalidos. Desde ahí mira la realidad. Conoce también, y con ciencia divina, el corazón humano. Sabe de sus anhelos, sus codicias y fragilidades. Sabe que detrás de esa fiebre de poseer que a veces nos enloquece late, deformado y confuso, el anhelo legítimo de ser valorados por lo que somos, no por nuestras cualidades, poder o posesiones. Jesús sabe curar esa fiebre. Por eso nos invita a rezar conjugando el verbo “dar”: Padre danos el pan que Tú sabes que necesitamos.
En la oración como en la vida, lo fundamental siempre tiene que ver con el don, con lo que se ofrece y se recibe gratuitamente. Porque se vive como se ora, y se ora como se vive. Jesús supo rezar suplicando el pan cotidiano. Supo también multiplicarlo para saciar el hambre de sus hermanos. Él mismo se hizo Pan de vida. El Padre nuestro no es solo una oración; es una escuela de vida. Nos enseña a caminar la confianza en Dios y a vivir en la gozosa libertad de los hijos de Dios. Libres del egoísmo para vivir en el don.

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Los pobres buscan el pan, los pecadores el perdón. Jesús lo sabe. Por eso nos enseña a pedir: “Padre, perdónanos como nosotros perdonamos”.
Jesús es amigo de pecadores. Uno de sus gestos más fuertes era precisamente sentarse a la mesa con ellos. A cada uno parece decirle: Por más rota que esté la vida, por más peso que cargue la conciencia, hay una puerta abierta. Es la misericordia del Padre. Él te ama y te busca. Aquí está su perdón generoso y desinteresado.
Recibido con apertura interior, el perdón suscita arrepentimiento, dolor por el pecado cometido, voluntad de reparación y, como corolario, restituye dignidad. Perdón y Paz son nombres de Dios. Él puede, con su omnipotencia divina, pacificar los corazones, acercar a los distanciados, recomponer los vínculos rotos.

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Las últimas dos peticiones son también concretas, realistas. Hacen foco en la presencia de la prueba en la vida.
Lo sabemos bien: todos, alguna vez, experimentamos la prueba. En formas diversas, con distinta intensidad. Prueba y tentación son compañeras de camino de todo ser humano. Es más: en la prueba cada uno de nosotros calibra su valía.
Jesús nos enseña a volvernos confiadamente al Padre cuando llegue la hora de la prueba. Así como le pedimos el pan cotidiano y el pan de perdón, le pedimos que nos sostenga cuando la tentación nos aproxime al abismo.
Le pedimos también que nos libre del malo. Porque puestos a prueba quedamos vulnerables a la sugestión del maligno que busca nuestro fracaso. La hora de la prueba es la hora de nuestra fragilidad.
¿Cuáles son las pruebas y sugestiones del mal que hoy experimentamos los argentinos, tanto los simples ciudadanos como los hombres y mujeres públicos? Cada uno podrá responder en lo íntimo de su conciencia, delante de Dios.
Para Jesús, la palabra clave cuando el hombre es probado es precisamente: Abba, Padre, no nos dejes, líbranos. Así afrontó Él mismo la prueba de su pasión. Con el auxilio de su Espíritu, también nosotros entramos en las pruebas de la vida con sus mismos sentimientos filiales.

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Estamos celebrando nuestra independencia nacional. Lo hacemos con la mirada puesta en el futuro.
Con la meditación del Padre nuestro he querido proponer una mística o un estilo espiritual que nos ayude a encontrar amplitud de alma ante los desafíos que tenemos como ciudadanos.
Un estilo espiritual que no resulta extraño a nuestro pueblo. Una reciente encuesta del CONICET señalaba que un 91,1 % de los encuestados decía creer en Dios y un número también significativo decía relacionarse de manera personal con Él, incluso sin mediación de las instituciones religiosas.
Muchos argentinos rezamos cada día. Hay aquí un dato que no es banal, sino un indicador de lo que se mueve muy adentro en el alma de los argentinos. La oración del Padre nuestro expresa de manera original la riqueza del humanismo cristiano, una de las fuentes en la que abreva nuestro pueblo y su cultura.
En el centro del humanismo cristiano está la persona, su dignidad, sus derechos y obligaciones. La persona mirada desde Dios, su origen y destino trascendente. Está también la llamada a vivir en comunión, a pensar en los pobres para mirar el futuro y el bien común. Está la cultura del encuentro, del diálogo y de la amistad como el gran horizonte desde el cual dimensionar incluso nuestras divergencias y conflictos. Un Padre, muchos hijos e hijas. Todos hermanos.
El Padre nuestro expresa también la cultura de la libertad que tiene a Cristo como punto de referencia. Libertad para el servicio, la solidaridad y el don de sí.

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Los argentinos no tenemos una historia lineal. Lo sabemos. Grandes logros se alternan con profundos desencuentros. No nos ha sido fácil, por ejemplo, lograr un estilo de convivencia respetuoso de quien piensa distinto.
Hace treinta años recuperábamos la democracia. El paso cumplido nos sigue interpelando: ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué país queremos legar a las nuevas generaciones? ¿Qué modelo de desarrollo integral? ¿Qué tipo de convivencia? ¿Tienen cabida miradas divergentes? ¿No necesitamos razones fuertes para reconocernos como sujetos dignos de respeto en la alteridad?
Estos interrogantes nos obligan a un debate ciudadano de alta calidad. La democracia es precisamente un conjunto de principios, criterios y reglas para ello. Es un sistema que, bien asimilado, permite a las sociedades complejas dar cauce a las inevitables tensiones que supone la convivencia de personas y grupos diversos.
Una de sus condiciones ineludibles es la buena salud espiritual de los ciudadanos. “Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”, enseñaba Juan Pablo II.
Y añadía: una “auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana” (Centesimus annus 46.47).
Oremos entonces juntos. No sea un mero acto protocolar, sino expresión profunda y sentida de nuestro corazón. Pidamos consolidar la historia de libertad que hace 197 juraron los padres de la Patria. Pidamos a Dios el pan nuestro de una convivencia ciudadana respetuosa y activa en la búsqueda del bien común.