El Amor de Cristo nos Apremia

 

Homilía de Mons. José María Arancibia en la celebración de la Misa de la Cena del Señor de Jueves Santo en el Oratorio del Hospital Central.

El Amor de Cristo nos Apremia


1. ¿Por qué celebrar este jueves santo en el Hospital?

Quizás llame la atención que el Obispo no celebre esta tarde en la Iglesia Catedral. Esa es la tradición católica. Porque en esa iglesia está la “cátedra”, desde donde él debe enseñar y conducir al pueblo de Dios, como signo e instrumento de Jesús el buen Pastor.

¿Por qué entonces, hemos elegido el Hospital Central para esta Misa?

Recordemos, en pocas palabras, que el jueves de la semana santa es conocido por los cristianos, como el día de la Eucaristía y del amor. En la Misa de hoy incluimos el gesto de Jesús, que lavó los pies a sus discípulos, para expresar su amor sincero y humilde por ellos, y la entrega de su vida completada en la cruz.

Él fue libre para darla, como luego para retomarla, y surgir de entre los muertos. Desde la fe, no sólo admiramos estos gestos, sino que gustamos sus frutos maravillosos: sentirnos muy queridos, perdonados y sanados, convidados a compartir aquella compasiva entrega por los demás.

Por lo tanto, acercar esta celebración cristiana al lugar donde tantos hermanos sufren, buscan la salud, y se procura servirlos, significa expresar toda nuestra confianza en la fuerza de este misterio.

Nos reconforta, en verdad, hacer memoria viva y eficaz del sacrificio de Jesús, en medio del sufrimiento humano y de tanta la necesidad compartida, porque el Señor es fiel a su promesa.

2. Necesitamos confiar en el amor

Volver a decir que estamos hechos para amar y ser amados, es cosa muy sabida. Repetida en muchas ocasiones, y por eso quizás algo bien conocido. Sin embargo, esta vocación humana es a menudo profundamente sentida; tanto desde su realización, como desde su ausencia.

El amor -como camino primordial de cada persona humana-, es añorado con tristeza desde muchas situaciones: separación de los seres queridos; soledad no elegida o abandono sufrido; el enojo y el rencor, que dividen y dañan el corazón; la indeferencia que castiga y hiere los sentimientos; la ira y la violencia de por sí tan destructivas; la avaricia que acumula con egoísmo.

Por lo contrario, es notable la alegría de quienes se sienten queridos, y a su vez perciben el impulso entusiasta de ofrecer su cariño a otros, sin interés mezquino. Son hermosas las vivencias de amor generoso y entregado, porque animan a unos y a otros, y los hacen sentir contentos y realizados, si bien a veces se entremezclan con penas y dolores; y aún cuando den lugar a la incomprensión, o a una envidia siempre lamentable.

Parece mentira que en un mundo tan evolucionado, debamos volver sobre el sentido elemental y necesario de la vida humana. No obstante, nos hace bien recordar esta vocación maravillosa e impostergable. Sobre todo, cuando a partir de la fe cristiana, podemos experimentar el amor de Dios para con nosotros, y renovar el compromiso de responder personalmente al amor divino.

3. ¿Cuál es la significación del jueves santo cristiano?

Reconozco que la tarde del jueves santo, ha traído siempre a los católicos un indecible gozo. La lectura bíblica, el comentario, y el lavado de los pies, iluminan su sentido. En realidad, es una Misa parecida a la de cada domingo; incluso de cada día. Una comida ritual y muy sencilla; con apenas un poco de pan y de vino sobre la mesa del altar.

Pero es la memoria viva de la última cena. La postrera que comió Jesús con sus Apóstoles, antes de morir. Él mismo mandó con divina autoridad, que aquel rito fuera celebrado en memoria suya. No sólo como recuerdo de un hecho histórico, sino como presencia actual y viviente de su misma muerte y resurrección, ofrecida en sacrificio perpetuo para el perdón de los pecados.

Como dice sus mismas palabras, así sellaba una alianza nueva y eterna con la humanidad, que encuentra pues en esta celebración una fuente única e insuperable del amor misericordioso de Dios.

Un ritual semejante celebraban los judíos: la cena pascual, para recordar la liberación de Egipto, que Dios había prometido y logrado a favor de su pueblo elegido, con brazo fuerte y poderoso.

Para que libres de esclavitud, vivieran en su propia tierra, y según la ley dada por el mismo Dios a Moisés. El sacrificio nuevo del Calvario, anticipado en la última cena, es la culminación de aquella alianza de amor y amistad, celebrada ahora con la sangre del mismo Cristo, nuevo Cordero pascual.

Su fruto es el perdón de los pecados y la renovación de la humanidad entera, por el amor de Dios. La comida sencilla y pobre, dispuesta sobre el altar es nada menos que el mismo Cuerpo y Sangre de Cristo, que se ofrece para que tengamos vida en abundancia, vida eterna y dichosa, con frutos genuinos de caridad.

4. La Eucaristía es fuente incomparable de amor y servicio

No hay palabras suficientes para explicar el misterio de la Eucaristía, porque es un tesoro inagotable. Contiene al mismo Cristo que da su vida en sacrificio y resurge de la muerte, para que compartamos su misma entrega, y así encontrarnos limpios de pecado; unidos a Él en amistad eterna, y alimentados con la fuerza de su Cuerpo, hecho pan de Vida.

Por eso, siento mucha pena, cuando este misterio de fe es desconocido, olvidado o reducido en su valor. Mucho más cuando es desfigurado o causa de alguna ofensa.

La Misa de los católicos, no puede ser entendida como mero recuerdo histórico, ni sólo como acto de culto obligatorio. Es el mismo Cristo que ofrece su Cuerpo entregado y su Sangre derramada, para que esos signos eficaces sostengan y alimenten la vida de los creyentes.

Por eso la Eucaristía tiene una dimensión esencial de amor y de servicio. No vamos a Misa para cumplir y quedar tranquilos de conciencia.

Jesús nos comparte y contagia su amor, vivido y mandado en el Evangelio. Por eso, no pretendemos en esto imitar al Señor, sino que al volver a la vida cotidiana después de la Eucaristía, nos sentimos impulsados a dar lo que de su mesa tomamos: el amor humilde, servicial, auténtico y solidario.

Del misterio eucarístico brota el servicio de la caridad, por el cual, con Dios y por Dios, amamos de corazón al prójimo; aún al desconocido y hasta el enemigo, con los ojos y sentimientos del mismo Jesús. Comer este “pan partido”, impulsa “a trabajar por un mundo más justo y más fraterno” (Dios es caridad 88).

Esta celebración hoy aquí, nos acerca a tantos hermanos y hermanas que sufren y buscan remedio o alivio, por lo general en situación de pobreza y gran soledad.

Ellos merecen un servicio amable, paciente y afectuoso. En ellos quiere ser servido el mismo Jesús, que nos dirá: estuve enfermo y no me visitaron; o estuve enfermo y me vinieron a ver (Mt 25,35.45).

Al lavar sus pies, quiero expresar el compromiso que tenemos con todos ellos, y que debe crecer aún más. Así como agradecer a familiares, profesionales y empleados de la salud, que trabajan a favor de los enfermos.

Conozco bien que unos y otros pasan situaciones difíciles de sobrellevar, sobre todo cuando al dolor se agregan condiciones de injusticia o falta de consideración, que podemos y debemos cambiar.

La asistencia en salud es uno de los requisitos elementales del bien común, que ciudadanos y dirigentes hemos de cuidar con mayor empeño. Y si bien ésta es una obligación de la gestión política, siempre reclamada, la Iglesia quiere seguir iluminando y animando desde la Palabra de Dios y desde la Eucaristía.

Se trata de un sagrado deber hacia los enfermos y los pobres, que tienen tanto los voluntarios, como los profesionales y dirigentes.

Los invito, pues, al celebrar hoy este misterio del amor inmenso de Dios, a encomendarle las intenciones que broten de sus corazones. En Él, que nos amó hasta el extremo, ponemos toda nuestra confianza para una vida mejor.