Como vivir Semana Santa

 

Pbro. Lic. Sergio Buenanueva

No se sabe a ciencia cierta quién es el autor de aquel soneto a Cristo crucificado que dice: “No me mueve, mi Dios, para quererte / el cielo que me tienes prometido, / ni me mueve el infierno tan temido / para dejar por eso de ofenderte./ Tú me mueves, Señor, muéveme el verte / clavado en una cruz y escarnecido, / muéveme ver tu cuerpo tan herido, / muévenme tus afrentas y tu muerte. / Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, / que aunque no hubiera cielo, yo te amara, / y aunque no hubiera infierno, te temiera. / No me tienes que dar porque te quiera, / pues aunque lo que espero no esperara, / lo mismo que te quiero te quisiera.”

Teresa de Ávila y Juan de la Cruz -entre otros- figuran entre sus posibles autores. Lo cierto es que solo un místico ha podido alumbrar estos versos.

Pocas veces se ha expresado con tanta pureza el alma del cristianismo.
Ni el temor al castigo, ni siquiera la esperanza de una recompensa.

Tampoco la culpa, o el deber, o el compromiso de una causa. “Tú me mueves, Señor... Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera…”

El cristianismo se muere allí donde se lo reduce a un puro moralismo humanista: una fría colección de normas, prohibiciones, amenazas y castigos.

“Aquí tenemos verdaderamente algo relacionado, en mi opinión, con las razones decisivas del abandono del cristianismo: está claro que su modelo de vida no convence.

Parece como si limitara al hombre en todo, le echara a perder el gozo de vivir, le coartara su preciosa libertad y lo condujera no al ensanchamiento, como dicen los Salmos, sino a la angustia y a la estrechura”.

Así escribía el entonces cardenal Ratzinger al presidente del Senado italiano, en 2004. “El modelo de vida cristiano -añadía- debe manifestarse... como una apertura a la grandeza de la vida”.

Por el contrario, la vida cristiana renace y cobra vitalidad, toda vez que un hombre o una mujer de fe pueden pronunciar, con el mismo fervor y con el mismo pudor, la coplilla: “Tú me mueves, Señor...”

De las vísperas del Jueves santo a la mañana luminosa del Domingo de Pascua, pasando por el silencio del Viernes y Sábado, esto es lo que celebra la liturgia de la Iglesia.

En el esplendor solemne de la liturgia papal, o en la austeridad de la iglesia más sencilla, el ritmo espiritual del rito católico es, precisamente eso: “una apertura a la grandeza de la vida”, como escribía el hoy Papa Benedicto.

Es la grandeza de Cristo crucificado y resucitado. Es la grandeza del amor de Dios, más grande, más ancho, y más hondo que todo lo que podemos pensar o imaginar.

A los fieles católicos, y a todo el que se sienta tocado por esta propuesta, la Iglesia les ofrece, en esta Semana Santa una invitación a vivir con autenticidad y verdad estas cosas.

¡Ojalá pudiéramos decir, en esta Pascua, con el orante del soneto: “Tú me mueves, Señor”! Se habría desatado en nuestra vida una transformación revolucionaria, de incalculables consecuencias.

Habríamos probado la grandeza de la vida, según la medida de Jesucristo.