A 50 años del Concilio Vaticano II

 

El Concilio Vaticano II ha sido "la gran gracia de la que la Iglesia se ha
beneficiado en el siglo XX" (Testamento del Beato Juan Pablo II).


En adhesión a los cincuenta años de la apertura del Concilio, la Arquidiócesis de Mendoza ha solicitado la inestimable ayuda de Fray Héctor Muñoz OP, para dar a conocer algunos de los grandes temas del Concilio.

En el marco del Año de la Fe, estos artículos de Fray Héctor seguramente nos
ayudarán a apreciar mejor la preciosa herencia del Concilio Vaticano II,
cuyo magisterio está en la raíz del camino de renovación que nuestra Iglesia
diocesana está recorriendo.


Nº 9: DECLARACIÓN “NOSTRA AETATE” (cf. n. 4: La religión judía)

Ante los acontecimientos en extremo dolorosos por los que tuvo que atravesar el pueblo judío, especialmente por lo acontecido durante la Segunda Guerra Mundial, el Concilio y particularmente los Papas involucrados creyeron oportuno tanto en los momentos previos al Concilio como durante su desarrollo tratar, en el n. 4 la Declaración sobre “las relaciones de la Iglesia, con las religiones no-cristianas”, es decir la situación de los católicos frente al Pueblo de Israel, con el que Dios instauró sus primeras “alianzas”. Es de larga data que en la Historia hemos constatado una serie de incomprensiones de las que ninguna de las partes involucradas está exenta. Estas han traído como lógica consecuencia hechos de violencia que muchas veces llegaron a lo irracional, lo impensable, lo que escandaliza y no puede dejar de causar dolor en toda persona de buena voluntad, más allá de la fe que ellas profesen.

Las persecuciones y discriminaciones esgrimidas para fundamentar las más diversas razones en pos del “éxito”, convirtieron a Europa en un cementerio gigante que consumió a millones de personas convertidas en “carne de cañón” para ver satisfechos los pervertidos apetitos de quienes -milímetro a milímetro- planificaron este plan de “exterminio” que no era otro sino poner punto final al “problema judío”.

Más de un católico, en lo íntimo de su corazón, dio asentimiento a este estado de cosas, ya fuera con su aprobación de los hechos, con un silencio cómplice o por miedo. Estas razones pueden hacernos comprender estas actitudes, pero de ningún modo, justificarlas. Tampoco podemos callar la ayuda que brindaron a los judíos, tanto instituciones cristianas como católicos particulares, con todo el riesgo que esto conllevaba. Toda acción, aun la más nefasta y negativa, puede movernos a una reacción, que se constituya en contramarcha, nos hace volver sobre nuestros pasos para transitar por caminos diferentes y nuevos que tengan un final feliz y no el mar de lágrimas en que nos sumieron el odio y los prejuicios sobre personas a quienes ni siquiera conocíamos.

Cuando Juan XXIII visitó la Sinagoga de Roma fue el primer Papa que tuvo este gesto, se dirigió a los presentes diciendo que los judíos eran “nuestros padres en la fe”. También el bien recordado Juan Pablo II pidió perdón a los judíos por las posibles heridas que pudiéramos haberles causado. Poco a poco, estas “tomas de posición”, aparentemente sin demasiada importancia, van descongelando el hielo y calmando las aguas. El famoso pianista y director de orquesta argentino, Daniel Barenboim, con su aporte a la paz desde la música integró un conjunto sinfónico con palestinos y judíos, con el mejor de los ánimos por descomprimir situaciones de alta tensión. Fue dura e injustamente criticado por los sectores más cerrados y fundamentalistas de Israel, pero aplaudido por el resto del mundo. Asumió con valentía los riesgos de ser él mismo aun siendo discriminado por los suyos.

Para nosotros, “la fe de Abraham” es un modelo para el creyente.

En el primer Pueblo de Dios podemos aprender a leer la Historia de la Iglesia, con la vocación y misión singular de Jesús, hijo de su Pueblo. Esta ‘Declaración’ manifiesta que “como es tan grande el patrimonio espiritual común a cristianos y judíos, este sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el muto aprecio y conocimiento entre ellos que se consigue, sobre todo, por medio de los estudios bíblicos y teológicos y con el diálogo fraterno. A propósito remarqué las últimas palabras, porque ese diálogo no es enseñado en libro alguno, sino que es “un estado de ánimo”, estado impulsado por el mutuo respeto y por la caridad. Dios-Padre, sigue insistiendo con su llamado, tanto a cristianos como a judíos, a la paz que se construye ladrillo a ladrillo desde dentro hacia afuera, desde los cimientos hasta los pisos altos. En este y en otros temas, el Concilio es maestro de vida. ¿Seremos buenos alumnos…?

Fray Héctor Muñoz op.