A 50 años del Concilio Vaticano II

 

El Concilio Vaticano II ha sido "la gran gracia de la que la Iglesia se ha
beneficiado en el siglo XX"
(Testamento del Beato Juan Pablo II).

En adhesión a los cincuenta años de la apertura del Concilio, la Arquidiócesis de Mendoza ha solicitado la inestimable ayuda de Fray Héctor Muñoz OP, para dar a conocer algunos de los grandes temas del Concilio.

En el marco del Año de la Fe, estos artículos de Fray Héctor seguramente nos
ayudarán a apreciar mejor la preciosa herencia del Concilio Vaticano II,
cuyo magisterio está en la raíz del camino de renovación que nuestra Iglesia
diocesana está recorriendo.


Nº 8: LA IGLESIA: UN PUEBLO MESIÁNICO LLAMADO A LA SANTIDAD

La Iglesia-Pueblo de Dios no puede dejar de escuchar y responder a lo que la Palabra revelada le pide: -Sean santos, como yo soy santo (cf. Mt 5,48; 1 Pe 1,15) y también -Sean santos porque yo soy santo… (Idem 1,16). Nos reclama imitar su santidad y ver en ella la causa de la nuestra. Es una vocación, Dios nos llama a ser santos y a una misión: nos envía para que nuestra conducta, semejante a la conducta fiel de Dios, mueva las inteligencias y corazones de los hombres para que el Pueblo viva como Dios vive. Sabemos que en nuestros tiempos verborrágicos, sobreabundan las palabras. No reniego del valor de la palabra, aunque esta muchas veces se vea bastardeada y devaluada. Por eso, escribo, aunque una obra es más significativa que cien palabras. Muchas veces cito este ejemplo: la Madre Teresa de Calcuta dice más sobre la misericordia que diez libros sobre dicho tema.

Con respecto a lo dicho anteriormente, el Concilio vio conveniente dedicar todo el Capítulo V de la Lumen Gentium a este tema. Con el título de: “Universal vocación a la santidad en la Iglesia”, expresa que nadie queda excluido de tal vocación y que nadie es santo porque quiera serlo, con las solas fuerzas de su voluntad humana, sino porque Dios lo llama y le concede los dones más que suficientes para alcanzar el objetivo propuesto, el que excede infinitamente nuestros deseos y esfuerzos: no me hago santo, sino que Dios me hace partícipe de su santidad, por supuesto, con mi aceptación y colaboración (cf. n. 39). Es una obra de Dios, por la mediación dolorosa de la sangre de su Hijo, en mí. No hay error en afirmar que Dios no obra “en soledad” sino conmigo. En teoría, si María no le hubiera dicho al Ángel Gabriel: -¡Hágase en mí según tu Palabra!, sabiendo que Dios le reclamaba una respuesta fiel, el Verbo de Dios no se habría hecho hombre. El fruto es común “de Dios” “en y con el hombre”. Dios jamás obró sin nosotros o con violencia, nos necesita pues lo suyo supone y exige una respuesta libre, lo que pide es algo que Él propone, pero jamás impone. Al joven rico le dice: -Si quieres ser perfecto… Debo saber “si quiero” o “no quiero”, para poder darle una buena respuesta que sea creíble.

¿En quién debo apoyar el deseo de santidad? ¿Cuál debe ser nuestro referente? ¿Adán antes de pecar? Es evidente que no, porque aun habiendo recibido los mejores dones de la Creación, nuestros primeros padres cayeron. Deberemos contemplar a Cristo muerto y resucitado, nuevo Adán, y calcar nuestra imagen de la suya, hombre perfecto (cf. n. 40).

En la Iglesia hay diversas vocaciones que reclamarán distintos dones y respuestas, para poder cumplirlos con fidelidad. Yo soy religioso y sacerdote dominico y no puedo lamentar no tener las gracias que requieren el estado matrimonial o la vida de un monje benedictino. No necesito dones “que no voy a usar”, ni mi vocación flaqueará por esa carencia (cf. n. 41).

Los “consejos evangélicos” y la nueva Ley de las Bienaventuranzas, sintetizan y plasman “la caridad para con Dios y con el prójimo”, como signo distintivo del verdadero discípulo de Cristo (n. 42). Este mismo número de la LG insiste en este tema cuando dice: “Quedan, pues, invitados y aun obligados, todos los cristianos, a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro de su propio estado”. La opción no se da entre “ser o no ser santos”, sino en cómo hacer crecer la semilla de la santidad sembrada desde el bautismo, o sea, cómo escalar un grado más en la santidad, que nunca alcanzará a la derramada abundantemente en Jesús y en María, pero que puede tender hacia ella como vocación, disposición y propósito. Es el trabajo de Dios a lo largo de nuestra vida.

Fray Héctor Muñoz OP