A 50 años del Concilio Vaticano II

 

El Concilio Vaticano II ha sido "la gran gracia de la que la Iglesia se ha
beneficiado en el siglo XX"
(Testamento del Beato Juan Pablo II).

En adhesión a los cincuenta años de la apertura del Concilio, la Arquidiócesis de Mendoza ha solicitado la inestimable ayuda de Fray Héctor Muñoz OP, para dar a conocer algunos de los grandes temas del Concilio.

En el marco del Año de la Fe, estos artículos de Fray Héctor seguramente nos
ayudarán a apreciar mejor la preciosa herencia del Concilio Vaticano II,
cuyo magisterio está en la raíz del camino de renovación que nuestra Iglesia
diocesana está recorriendo.


Nº 7: LA IGLESIA Y LA VIRGEN MARÍA

Cuando el Concilio debatió el lugar y rol de María en la vida de la Iglesia, se manifestaron dos posturas: una, que la Virgen merecía un Documento exclusivamente dedicado a ella; otra, la que conquistó más adhesión consideró que con el correr de los siglos y los avances de la reflexión teológica, la Madre del Señor debía ser incluida en la Constitución dogmática Lumen Gentium, dado que nuestra Señora es ‘la hija de Sión’ y, por haber engendrado a Jesús antes por la fe que por la carne, es después de su Hijo, el miembro más insigne de la Iglesia y síntesis acabada de la santidad del Pueblo de Dios. Por ello, los Padres Conciliares le dedicaron todo el Capítulo VIII, con el título: “La santísima Virgen María, Madre de Dios, en el Misterio de Cristo y de la Iglesia”. De este modo, la imagen de María, cobra una especial relevancia, porque está en íntima e inseparable relación con su Hijo, Cristo-Cabeza de la Iglesia y con todo el Cuerpo de los bautizados, insertados en el Señor Jesús, por el signo redentor de la regeneración por el agua y el Espíritu.

En Cristo, nacido “de mujer”, el Padre nos ha dado la adopción como hijos (cf. Gál 4, 4-5). En Jesús y sólo en Él tenemos la salvación, y a esa salvación fue asociada la Virgen, por la fuerza del Espíritu y por la libre respuesta de quien quería que se hiciera la voluntad del Señor. Desde la Anunciación, María ingresa en el proyecto redentor de su Hijo, como fiel modelo de colaboración con dicho plan, plan que ella bien conocía por ser la mejor oyente de la Palabra, reveladora de Dios y del proyecto del cual María formaría parte eminentemente (cf. n. 52).

Así como en la Historia de la salvación, no podemos separar a Cristo de su Iglesia, tampoco debemos hacerlo con nuestra Madre, también redimida por Cristo, de un modo singular, en previsión de los méritos futuros que nos ganaría su sangre derramada en la cruz, para la vida del mundo y de los creyentes. Nuestra Señora es modelo de la Iglesia gloriosa que antes fue Iglesia militante, libró el buen combate de la fe, siendo para todos nosotros, modelo eminente de una fe que se debe plasmar en obras para no ser una fe muerta que a nada y a nadie es capaz de dar vida, simplemente porque es estéril, y por la falta de fecundidad. La Escritura afirma que “también los demonios creen”, en estos, el gravísimo problema es la incapacidad radical que tienen para amar y así manifestar la verdad de la fe, porque ésta sin las obras es fe muerte, sin la savia interior que la capacita para dar vida. En María se hace verdad lo afirmado en la LG: “Después de Cristo, (María) ocupa en la Iglesia el lugar más alto y, a la vez, el más próximo a nosotros” (cf. n. 54).

María, tanto en la Anunciación, aceptando con prontitud el plan de Dios preparado para ella (cf. n. 56) como en el Nacimiento de Jesús (cf. n. 57), guardando en su corazón fiel lo que los pastores decían de su Hijo, y la posterior conformidad de que Jesús tenía que estar “en las cosas de su Padre”, acompañó y se asoció a Cristo en su vida pública, intercedió por nosotros, especialmente desde el primer milagro del Señor, realizado por su personal intervención (cf. n. 58).

Entre los n. 60 y 65, el texto conciliar se dedica a reflexionar brevemente sobre “María y la Iglesia”. De modo singular es de interés ahondar en el n. 60 (María, esclava del Señor, en la obra de la redención y de la santificación) y el n. 61 (Maternidad espiritual de María), presenta a la Virgen no ejerciendo su rol maternal sobre una Iglesia abstracta, sino sobre los hombres y mujeres concretos de todo tiempo y lugar.

Fray Héctor Muñoz OP