Misa Crismal de Semana Santa

 

Homilía de Mons. Carlos María Franzini, en la Catedral Nuestra Señora de Loreto el día 26 de marzo de 2013


Queridos hermanos:
En el austero marco de la Semana Santa, y a las puertas del Triduo Pascual, la Iglesia nos propone celebrar año tras año la Misa Crismal. Se trata de la misa en la que son bendecidos y consagrados los óleos santos con los que se celebrarán los misterios de nuestra fe para afianzar nuestra identidad cristiana, identificándonos cada día más con Jesucristo. Por el bautismo y la confirmación hemos sido hechos otros “Cristos”, ungidos como el Señor para “…llevar la Buena Noticia a los pobres, anunciar la liberación a los cautivos y proclamar un año de gracia del Señor…” (Lc 4,18).

La vocación profética y sacerdotal de todo el pueblo de Dios, tan claramente expresadas en la primera y segunda lecturas proclamadas, brota de nuestra condición bautismal y compromete, por tanto, a todo cristiano. Todos los bautizados hemos sido iniciados en la fe para vivir la honda y progresiva experiencia de encuentro con Jesucristo, llenando así de sentido nuestra existencia y disponiéndonos a comunicar a otros esta Buena Noticia que nos colma de alegría y esperanza.

Pero la experiencia cotidiana nos muestra que somos flojos. Una y otra vez también nosotros –como San Pablo- podemos decir “veo el bien que quiero y hago el mal que no quiero”. Y con nuestra flojera no solo frustramos nuestra propia vocación bautismal sino que también entorpecemos la misión de la Iglesia, mostrándola menos luminosa a los ojos del mundo y haciendo menos creíble su propuesta. Nuestros pecados, incoherencias y omisiones son el principal obstáculo para la misión evangelizadora. Ya lo reconocía humildemente hace 50 años el Concilio Vaticano II cuando atribuía una buena medida de la increencia contemporánea a la falta de testimonio de los fieles cristianos.

Por ello la paciente pedagogía de Dios nos regala cada año, a través del ciclo litúrgico, un tiempo de gracia y conversión con la Cuaresma, y la oportunidad de afianzar nuestra identidad cristiana con la renovación de las promesas bautismales, en la Vigilia Pascual. Así, en la celebración de los misterios de nuestra fe “condensamos” lo que está llamada a ser toda nuestra vida a lo largo del año: creciente identificación con Jesucristo en la búsqueda incesante de la voluntad del Padre y el servicio incondicional a los hermanos.

Al servicio de este itinerario mistagógico estamos los ministros ordenados. Hemos sido llamados por Dios, en la Iglesia, para servir a la vocación bautismal de todo el pueblo de Dios. El sentido de nuestra existencia ministerial son los fieles a los que servimos. Parafraseando a San Pablo podemos decir que si vivimos, vivimos para el Señor y para su pueblo. No para nosotros mismos, para nuestro provecho, interés o proyecto particular.

Por eso el venerable Pablo VI quiso que se incluyera en el marco litúrgico de la Misa Crismal la renovación de las promesas sacerdotales. Como todos los bautizados renovaremos nuestras promesas bautismales en la Vigilia Pascual. Pero como sacerdotes estamos invitados a hacerlo en esta misa tan significativa. Queremos manifestar nuestra disposición a servir al pueblo sacerdotal y a ayudarlo con nuestro ministerio a vivir con fidelidad su propia vocación. Para ello nos comprometemos a buscar una creciente identificación con Jesucristo, el Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, el único Pastor de su pueblo; el humilde Servidor que “se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz…” (Flp 2,8).

Permítanme, por tanto, que en ésta, mi primera Misa Crismal en la Iglesia de Mendoza, concelebrada con mi nuevo presbiterio, les comparta muy brevemente algunas consideraciones sobre cómo vislumbro este camino de identificación con Jesús, el Buen Pastor, que estamos llamados a recorrer juntos.

Jesús llega a la sinagoga de Nazareth después de pasar por dos experiencias fundantes de su ministerio público: el bautismo y las tentaciones en el desierto. Es decir, la conciencia fuerte de su filiación que lo afianza en su identidad, reconociéndose Hijo amado del Padre. Y al mismo tiempo la conciencia de la vulnerabilidad de la condición humana, a la que responde con la fuerza incontrastable de la Palabra de Dios. Esta doble experiencia es la que precede a la autoproclamación de Jesucristo como “…el primero y más grande evangelizador...” (EN 7).

Esta doble experiencia, mis queridos presbíteros, es la que cada uno de nosotros debe hacer cada día con mayor hondura, si quiere responder adecuadamente a la vocación recibida. Reconocernos amados y enviados por el Padre desde toda la eternidad. No somos una casualidad biológica, un capricho, ni mucho menos, simples “funcionarios” de lo sagrado. Somos fruto de un Amor que nos engendró y nos envió. O, para decirlo con mayor precisión teológica, de un Amor que nos engendra y envía constantemente.

Pero también hemos de hacer la experiencia de la fragilidad que nos invade y que con dolor constatamos cotidianamente. Fragilidad que nos hace fuertes, si con la gracia de Dios y la fecundidad de la Palabra, nos dejamos modelar como humildes vasijas de barro en manos del alfarero. También como San Pablo, nosotros podremos gloriarnos de nuestra debilidad si nos dejamos conducir por la sabiduría de la Iglesia y la ayuda de los hermanos en el camino de nuestra formación, nunca terminada. Decía el Beato Juan Pablo II que la formación permanente debe procurar “…que el sacerdote sea una persona profundamente creyente y lo sea cada vez más...” (PDV 73). Que en este Año de la Fe, al renovar las promesas sacerdotales, todos renovemos la conciencia de la necesidad de profundizar nuestro camino formativo para ser cada día más creyentes. Y también el compromiso de traducir esta conciencia en opciones y gestos muy concretos. Sólo así podremos servir de verdad a la fe de nuestro pueblo.

A partir de su presentación en Nazareth Jesús inicia un camino que lo llevará hasta Jerusalén, es decir hacia la Pascua. También nosotros queremos ir tras los pasos del Maestro para poder ser evangelizadores con él y como él. Nunca habremos meditado y rezado suficientemente las páginas evangélicas que nos muestran los rasgos del Buen Pastor. Sin embargo me permito proponerles tres rasgos decisivos que nos puedan ayudar a seguir sus pasos.

Ante todo la disponibilidad. Jesús se presenta como Aquél que ha venido para hacer no su voluntad sino la del Padre que lo ha enviado (cfr. Jn 5, 30; 6,38). Más aún, su alimento, es decir su vida, su identidad más radical, es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Como bellamente lo decía el documento de Puebla: la obediencia de Jesús es la expresión humana de su carácter eterno de Hijo (cfr. DP 192). Cuando el Concilio Vaticano II define a los presbíteros como “próvidos colaboradores del orden episcopal” (LG 28), está señalando precisamente la misma idea: la identidad del presbítero se realiza en su obediente disponibilidad a la voluntad del Padre, manifestada en la mediación eclesial, sobretodo en el vínculo de colaboración generosa y permanente del presbítero con su obispo, dentro del presbiterio, en favor de todo el pueblo de Dios.

La disponibilidad del presbítero, sacramento de Jesús Buen Pastor, lo lleva necesariamente al servicio, porque Jesús no ha venido a ser servido sino a servir (cfr. Mt 20,28; Mc 10,45) y esto no de manera ocasional, de a ratos o selectivamente. Se trata de servir “hasta el extremo”. No es casual que Juan introduzca la escena del lavatorio de los pies con esta solemne declaración: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al padre, él que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin…” (Jn 13,1). Hacer del servicio un programa de vida, como Jesús lo hizo, significa para el presbítero una permanente disposición de anteponer al bien propio el bien de la Iglesia en los servicios concretos que le son encomendados; optar constantemente por el bien común antes que por el bien particular; pensar en lo que Dios y la comunidad necesitan antes que lo que yo creo necesitar.

Pero esta actitud servicial no se improvisa ni se alcanza a fuerza de voluntarismos estériles. Se trata de una gracia que hay que implorar con insistencia y cultivar con perseverancia hasta alcanzar una progresiva desapropiación de sí mismo. Se trata de apropiar los sentimientos de Cristo Jesús, como canta el himno de la Carta a los Filipenses, para compartir su itinerario pascual de muerte y resurrección. Desapropiarnos de los proyectos, sueños, fantasías y, aún, de legítimas aspiraciones, para dejarse poseer cada día más por el único anhelo de ser y hacer lo que Dios y la Iglesia necesitan de mí.

Mis queridos hermanos presbíteros: sin estas disposiciones básicas para la disponibilidad, el servicio y la desapropiación es inútil imaginar un ministerio fecundo para el pueblo y plenificante para nosotros. Paradójicamente sólo este camino es el que nos garantiza la felicidad que propone el Evangelio. Una vez más, en esta Misa Crismal, Jesús vuelve a mirarlos con amor, como al joven rico. Valora, aprecia, agradece todo lo bueno que cada uno de ustedes hace en favor de su Reino. También yo, su obispo, me hago eco del Buen Pastor y de todo el pueblo al que ustedes sirven para agradecerles tanta entrega, tanto desvelo, tanta fidelidad. Con Jesús, también el pueblo al que sirven y yo, los miramos con amor y gratitud. Reconocemos y valoramos esta entrega, sobretodo en tiempos difíciles y de singular cuestionamiento a la vida sacerdotal tal como la entiende la Iglesia. Pero también con Jesús, como al joven rico, en esta Misa Crismal –y al renovar las promesas sacerdotales- queremos invitarlos a “más”: “…vende todo lo que tienes,… dalo a los pobres,… sígueme…” (Mt 19,21), que es otra manera de invitarlos a ser disponibles, serviciales y desapropiados.

A los queridos diáconos permanentes, tan numerosos en el clero mendocino, permítanme dirigirles también una invitación. Es cierto que la liturgia no incluye en esta misa la renovación de las promesas hechas el día de la ordenación. Sin embargo, al ser tan estrechos colaboradores del ministerio episcopal y presbiteral, pueden ustedes hacer propias -con las debidas adaptaciones- estas sencillas reflexiones para vivir con creciente hondura y fidelidad el ministerio recibido para bien de todo el pueblo de Dios. La vida familiar, laboral o profesional y –sobretodo- la vida pastoral de cada uno de ustedes debería estar marcada por este itinerario de creciente disponibilidad, servicio y desapropiación.

En este camino puede ayudarnos a todos volver a reconocer con admiración y gratitud el testimonio de tantos hermanos que nos han precedido en el servicio pastoral. De modo particular en este año quiero invitarlos a dejarnos impactar por los ejemplos luminosos de nuestro querido Papa emérito, Benedicto XVI, y de su sucesor, el Papa Francisco. Ellos nos han enseñado –y nos siguen enseñando- con su palabra, sus gestos y su ejemplo en qué consiste esto de ser pastores “según el corazón de Dios... “

Varios de ustedes han hecho referencias en estas semanas a la nueva etapa que la Iglesia mendocina ha comenzado a transitar con mi llegada. He querido proponerles estas reflexiones antes de la renovación de las promesas sacerdotales para que arraiguemos en el Evangelio la novedad de nuestro camino eclesial. El Señor, que hace nuevas todas las cosas, sea quien nos conduzca tras sus huellas para servir con creciente fidelidad al pueblo que nos ha confiado. Nos acompañan la Virgen del Rosario y el Patrón Santiago.


+ Mons. Carlos María Franzini
Arzobispo de Mendoza