A 50 años del Concilio Vaticano II

 

El Concilio Vaticano II ha sido "la gran gracia de la que la Iglesia se ha
beneficiado en el siglo XX" (Testamento del Beato Juan Pablo II).

En adhesión a los cincuenta años de la apertura del Concilio, la Arquidiócesis de Mendoza ha solicitado la inestimable ayuda de Fray Héctor Muñoz OP, para dar a conocer algunos de los grandes temas del Concilio.

En el marco del Año de la Fe, estos artículos de Fray Héctor seguramente nos
ayudarán a apreciar mejor la preciosa herencia del Concilio Vaticano II,
cuyo magisterio está en la raíz del camino de renovación que nuestra Iglesia
diocesana está recorriendo.


Nº5 – PABLO VI: CONCIENCIA, RENOVACIÓN Y DIÁLOGO(cf. Ecclesiam suam)


Cuando falleció Juan XXIII (el Papa Bueno) nadie sabía cuál sería el destino del Concilio ya que este no había finalizado. Podrían darse pasos mirando al futuro, pero también “contra-marchas” que frenaran tal impulso. Frente a las expectativas y el entusiasmo de muchos se evidenciaba el temor de otros debido a los cambios que se veían venir ya que se los consideraba demasiado rápidos y aún no maduros.

La elección como Sumo Pontífice del Arzobispo de Milán, Mons. Montini, reafirmó el optimismo de muchos y los miedos de otros. Cuando se conoció el pensamiento del Papa elegido y de quienes lo apoyaban con total convicción, sabían que la Iglesia tenía la opción de realizar los cambios conciliares para respirar otros aires o bien poco a poco o tal vez con rapidez - según se producen en nuestros días los cambios, de un modo vertiginoso- se iría anquilosando y aislando del hombre de nuestros tiempo, de sus problemas, de su crecimiento en la fe y en la caridad solidaria, lo que terminaría en una lógica conclusión: la dificultad de alcanzar la salvación y redención por la que Jesús derramó su sangre.

Esos cambios -a veces de 180º- ¿eran riesgosos? Nadie lo duda, pero eran necesarios tanto para el mundo como para la misma Iglesia, que corría el riesgo de encerrarse en sí misma en una posición timorata y de esta manera se olvidaría la condición “misionera” de los primeros tiempos, cuando contra viento y marea, supo encontrar los caminos adecuados para proponer una Buena Nueva revolucionaria(renovadora), propósito para el que tuvo que atravesar rutas tormentosas y vientos contrarios, pero “no dudando en asumir tales riesgos”.

La Constitución Apostólica por la que se convocó al Concilio decía que lo que se exige hoy de la Iglesia, “es que infunda en las venas de la humanidad actual, la virtud perenne, vital y divina del Evangelio”. Ésta y no otra, fue la finalidad del Vaticano II, en la que muchos volcamos nuestras esperanzas…
Pablo VI tomó con fuerza el timón conciliar y como buen hijo de la Iglesia, jamás perdió la “conciencia del ser de la Iglesia”, a la que no se podía abandonar ni traicionar. La tarea ecuménica ganó fuerza, una fuerza basada en la confianza y la buena fe de sus interlocutores.

Algo semejante sucedió con la renovación litúrgica. Es cierto que esta fue llevada a cabo con mucha rapidez, a muchos les faltó tiempo para madurar o pensar este estado de cosas, pero la mayoría de los Padres Conciliares sabía que era una urgencia solucionar muchos anacronismos y especialmente ante la formación (¿o deformación?) de la mente, que llevó a la Iglesia a anteponer “lo jurídico” a “lo espiritual”, reduciendo la condición de ‘Misterio’ que compete a la Iglesia, a una imagen deformada de la misma, en la que primaba la ‘validez’ frente ‘la verdad’.

De modo fuerte y con firme convicción sostuvo su postura en pro del Ecumenismo y del diálogo inter-religioso con el Judaísmo y el Islam. Siendo un conocedor realista sabía que era más difícil restaurar que demoler y que largos siglos de enfrentamientos o de indiferencia sólo encontrarían caminos de posible solución o de sana convivencia, desde la aceptación mutua de las diferencias existentes, vio que la afirmación del único Dios aceptado por las religiones monoteístas era el punto de coincidencia.

El gran tema de la primera Encíclica de Pablo VI, la Ecclesiam suam es el del “diálogo” que el Papa siempre sostuvo como fundamental para el entendimiento intra y extra eclesial. Para garantizar su eficacia, la Ecclesiam suam brinda algunos datos sobre el diálogo en la vida de la Iglesia y de un modo particular, en sus relaciones con el mundo.

El diálogo propuesto deberá estar empapado -para que sea fructífero- de “claridad, mansedumbre, confianza y prudencia.” Tendrá que llevarnos a la “sabiduría de los acuerdos”, porque el diálogo nunca se impone, sino que se propone. Quienes llevan a cabo está “conversación entre dos o más”, deben tener tal sensatez que evite confusiones y equívocos: no se puede impulsar una búsqueda de la verdad por parte de los interlocutores si no hay “claridad”; hay que estar empapado de ternura y paciencia, es decir “mansedumbre”; seguridad en la buena fe del otro para que haya “confianza” y encontrar y buscar el momento, las palabras y actitudes oportunos para llevar a cabo este intercambio, esto es intervenir con “prudencia”. Estas condiciones serán garantía de un buen resultado.


Fray Héctor Muñoz, op.