La decisión en conciencia de un hombre libre

 

Comparto con los lectores de MDZ algunas reflexiones personales sobre la figura del Papa Benedicto XVI y su renuncia al papado. Ante todo, aclaro mi punto de vista. Escribo desde la fe católica y la estima por Benedicto XVI. Esto merece una breve digresión.

Lo que la tradición judeocristiana llama “fe” no es primariamente una cuestión intelectual, como podría ser, por ejemplo, la pregunta por la existencia de Dios. La palabra “fe” indica una postura existencial, un modo de estar parado en la vida. Nace del encuentro con la persona de Jesús. Solo después, y como consecuencia de ese encuentro, se convierte en formulación doctrinal o imperativo moral.

La fe es así un acto personalísimo que compromete lo más íntimo del ser humano. Pero es, a la vez e indisolublemente, un “nosotros” que genera lazos, pertenencia, vínculos y relaciones. Creer y pertenecer a la comunidad de los creen son dos caras de la misma moneda.
Desde esta posición hablo sobre el Papa: reflexiono sobre una figura que forma parte de mi propia identidad personal como creyente, miembro de la Iglesia y obispo.

Pero también -decía- desde la estima personal por el hombre Joseph Ratzinger/Benedicto XVI. Leo sus escritos con sintonía interior. Me reconozco a mí mismo en su modo de pensar la fe y la vida cristiana. Comulgo con su modo de mirar la Iglesia, su mirada del ser humano, su valoración de la razón y de la libertad, su modo de poner la fe en diálogo crítico con la modernidad.

Esto añade condimento a mi interpretación. No es lo mismo escribir desde la sintonía interior que desde la animadversión o el resentimiento. El lector sabrá ponderar estas cosas.

Hechas estas aclaraciones, paso a centrarme en el punto que he elegido para mi reflexión. Voy a hablar de la decisión del Papa como decisión de conciencia.

En el texto que leyó ante los cardenales anunciando su renuncia, tres veces hace referencia a la conciencia. El párrafo central dice así: “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”. En los párrafos siguientes: “Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando”. Más adelante: “Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma…”

¿Qué peso darle a estas palabras? ¿Cuál es su alcance? ¿Pueden decirnos algo a nosotros? Para intentar una respuesta, traigo a colación un hecho que me ha venido a la memoria en estos días.

El 7 de noviembre de 1992, el cardenal Ratzinger era incorporado como miembro extranjero a la Academia de Ciencias Morales y Políticas de Francia. Sucedía a Andrej Sajarov y, según la costumbre, el nuevo integrante debía evocar la figura de su antecesor. La alocución de Ratzinger se titula: “La libertad, la justicia y el bien. Principios morales de las sociedades democráticas”.

Sajarov fue un físico nuclear ruso, Premio Nobel de la paz en 1975, cuya postura frente al uso bélico de la ciencia le valió el exilio en su propia patria. En 1955 había expresado su deseo de que ninguna bomba atómica de la URSS estallara sobre ciudad alguna del mundo. Recibió inmediatamente la corrección de su superior militar: los científicos deben ocuparse de perfeccionar las armas; el uso que se haga de ellas escapa a sus competencias.

La respuesta de Sajarov: “Ningún hombre puede rechazar su parte de responsabilidad en aquellos asuntos de los que depende la existencia de la humanidad”.

Aquí se detiene la reflexión del cardenal Ratzinger. Para el oficial ruso solo hay competencias técnicas. No hay lugar para la dimensión moral de la vida que pregunta por lo que es realmente justo y bueno, más allá del cálculo y del interés. Sajarov, en cambio, puso de manifiesto la insuficiencia de este planteo. Para él, la conciencia juega un rol decisivo en la vida pública de los pueblos.

Comenta Ratzinger: “Negar el principio moral, impugnar ese órgano de conocimiento -previo a cualquier especialización- que llamamos «conciencia» significa negar al hombre”. Y concluye: “obedecer a la conciencia aun al precio del sufrimiento, continúa siendo un mensaje que no ha perdido la menor actualidad, aunque haya dejado de existir el contexto político en el que la adquirió”.

Llegados a este punto nos podemos preguntar: pero, en definitiva, ¿qué es la conciencia? ¿Qué es lo que realmente acontece en la conciencia de un individuo?

Abrevando en una tradición de pensamiento que une a Platón, Agustín, Tomás de Aquino, pasando por Tomás Moro y John Newman, Ratzinger señala que la conciencia, tal como la comprende el cristianismo, tiene dos dimensiones inseparables: memoria y conciencia.

Ante todo, memoria. Cada ser humano tiene una originaria tendencia a todo lo que es bueno, noble y justo. Ratzinger habla de “un recuerdo primordial de lo bueno y de lo verdadero”. Obviamente, no se trata de un saber articulado y preciso, sino de una intuición que cada uno debe aprender a escuchar y secundar. El desafío es ayudar al hombre a hacer memoria del bien que lo habita. Para el hombre religioso, esta memoria es el recuerdo de Dios como Creador y Redentor. La Biblia suele señalar el olvido de Dios como la peor tragedia humana.

La segunda dimensión -la que denomina sin más como “conciencia”- es propiamente el juicio práctico sobre la bondad o malicia de los actos concretos. En ocasiones, la conciencia aprueba las decisiones y actos humanos, confirmando su orientación al bien. Otras, acusa y remuerde interiormente al hombre que sabe así que no ha sido coherente con su verdad.

Si el individuo sofoca la memoria del bien que lleva inscrito en su ser, termina por justificar de cualquier manera sus propios actos. Se inmuniza a sí mismo y cauteriza su conciencia.

La historia reciente de la humanidad revela cómo, la presión del ambiente, una propaganda política inteligente o el influjo de la mentalidad dominante pueden sumir a pueblos enteros en una verdadera ceguera moral, haciendo lugar a los crímenes más espantosos. ¿Acaso no fue esto lo que Hanna Arendt percibió en el juicio a Adolf Eichmann? Un hombre común, convertido en una máquina perfectamente diseñada para llevar a la muerte a millones de inocentes, sin escrúpulos de conciencia.

Por otra parte, son también los hombres comunes los que, con gestos llenos de sencillez y naturalidad, llevan luz a las tinieblas más espesas. Es lo que hizo Sajarov, y lo que siguen haciendo aquellos que, a través de una connatural adhesión a la verdad, hacen lo correcto pagando un precio muy alto por ello.

Lo que acontece entonces en el espacio interior de la conciencia es el encuentro personalísimo entre un individuo y la verdad, más allá de todo cálculo o interés. La verdad, esa palabra que juzgamos inalcanzable, pero que, sin embargo no deja de inquietar al corazón humano, desafiándolo a salir de sí mismo, para escuchar la voz de la realidad. En ese encuentro, y en la obediencia a esa voz, se decide la calidad espiritual de una persona.

Por eso, creo que la decisión del Papa Benedicto XVI de renunciar al ministerio que un día le fue confiado no tiene nada de heroico. Se trata de una decisión en conciencia que refleja la humanidad de su vida y de su corazón. Eso sí, es la decisión de un hombre original y valiente, un líder espiritual extraordinario y único, como lo ha calificado el presidente de Israel, Shimon Peres, en un artículo que publica este domingo L’Osservatore romano. El mismo Peres, afirma: “Creo que la contribución de Benedicto XVI ha tenido un impacto importante. Es un hombre de pensamiento profundo. El cuerpo puede envejecer, pero la sabiduría nunca envejece.”

En estos años, Benedicto XVI ha afrontado con decisión momentos críticos para él y para la Iglesia. No ha rehuido ningún tema. Ha reflexionado, ha hablado con serena claridad, ha tomado decisiones de peso y las ha explicado con un lenguaje directo y llano. Ahora, en un momento de relativa tranquilidad, toma una decisión que marca un antes y un después para la vida de la Iglesia. Una decisión que, no por sorpresiva, deja de ser coherente con su persona, su historia, su modo de pensar y de obrar. Se inserta armónicamente en su biografía espiritual.

Una decisión que muestra que la conciencia del hombre que la ha madurado está “atada” -por usar una metáfora- a la persona de Cristo. De eso se trata: de obediencia a la voz de Cristo. En esa obediencia, Joseph Ratzinger/Benedicto XVI se ha mostrado un hombre verdaderamente libre. Un eco de aquellas palabras del evangelio: “Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”. Lo cual, no es de desdeñar en los tiempos de conformismo que nos tocan vivir. Es algo para agradecer.


+ Mons. Sergio Buenanueva
Obispo Auxiliar de Mendoza