Ceremonia de inicio de ministerio pastoral de Carlos María Franzini como Arzobispo de Mendoza.

 

Santuario de Nuestra Señora de Lourdes – El Challao – 9 de febrero de 2013


Palabras de bienvenida del Administrador diocesano de Mendoza


Una cordial bienvenida a todos en nombre de la Iglesia diocesana de Mendoza.

En primer lugar, al Sr. Nuncio Apostólico, Arzobispo Emil Paul Tscherrig, que nos honra una vez más con su presencia y nos acerca la persona del Santo Padre.

A los señores obispos venidos desde distintas Iglesias particulares de Argentina, dándole visibilidad católica a nuestra celebración.

A las autoridades civiles, encabezadas por el Sr. Gobernador Francisco Pérez. También a los representantes de las fuerzas vivas que componen la sociedad mendocina.

Bienvenidos familiares y amigos del nuevo arzobispo, y demás personas venidas para la ocasión, especialmente de la diócesis de Rafaela.

Saludo a los representantes de otras confesiones cristianas y religiosas, especialmente a los amigos del Consejo ecuménico e interreligioso de Mendoza.

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Bienvenido, de manera especial, Mons. Carlos María Franzini.

Esta Iglesia diocesana lo ha estado esperando con lógica expectativa, pero, sobre todo, movida por la fe. Hemos estado orando intensamente por su persona y ministerio.

Lo recibimos como signo del Buen Pastor, servidor y testigo de su Evangelio.
Escribía un autor cristiano del siglo I: “Los apóstoles recibieron el Evangelio para nosotros del Señor Jesucristo; Jesucristo fue enviado por Dios. Así pues, Cristo viene de Dios, y los apóstoles de Cristo” (San Clemente de Roma, Epístola a los Corintios 42).

En el obispo que llega se hace visible este impulso misionero que viene de la Trinidad, atraviesa todo el cuerpo de la Iglesia y quiere abrazar al mundo.

En el obispo está presente la semilla apostólica.

Esta buena semilla ha sido sembrada en esta tierra desde hace más de cuatrocientos cincuenta años. Estamos orgullosos de esta siembra de Dios. Pero también nos sentimos comprometidos: la misión debe continuar.

Nos ha sido confiada una palabra que no podemos guardar para nosotros. Es el Evangelio de Cristo, cuyos destinatarios son los pobres, los alejados, los que buscan y esperan. Es una palabra de salvación para todos.

Cuando, en breve, usted reciba el báculo pastoral que usara nuestro primer obispo, se estará sumando a la vida de fe de una Iglesia que, bajo el impulso del Concilio Vaticano II, transita hoy los caminos de la nueva evangelización.

Una Iglesia que va a ir conociendo y amando, con sus desafíos y proyectos, con su Plan de Pastoral; sus grandes logros, pero también con sus límites y pobrezas.

Una Iglesia diocesana que, siguiendo la ley suprema de la Encarnación, tiene un rostro genuinamente humano: el de su historia, rica y compleja; el de las personas, siempre inefables y concretas, y que constituyen su especial riqueza; el de las comunidades por las que circula la vitalidad del Espíritu.

Con una imagen que se le va a hacer muy cotidiana y familiar: esta Iglesia es viña del Señor. Jesús es la vid y nosotros los sarmientos. El Padre es el viñador, cuyas manos pacientes y diestras se prolongan en las de un número ingente de trabajadores -pastores, laicos y consagrados- que usted irá conociendo, apreciando y animando.

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Al hacer esta referencia, no puedo dejar de evocar aquí la figura del Arzobispo José María Arancibia que, desde el año 1993 ha trabajado, con generosidad y espíritu misionero, en esta viña elegida del Señor.

Querido Padre José María: en nombre de la familia diocesana yo le expreso un sentido gracias. Dios sabrá recompensar -¡el ciento por uno!- el don de su persona a esta Iglesia.

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Mons. Franzini: bienvenido. Está en tu casa. Somos su familia, el rebaño que Cristo adquirió con su Sangre y ahora le confía para velar sobre él con su misma caridad pastoral.

Ahora, una ofrenda significativa: una casulla y una mitra, signos litúrgicos de su ministerio sacerdotal.

Como nos enseñó el Concilio: la más perfecta manifestación del misterio de la Iglesia acontece en la Eucaristía que preside el obispo, en torno a un único altar, rodeado de los presbíteros, los ministros y la asamblea del Pueblo de Dios.

Lo bendiga y proteja la Virgen del Rosario. Guíe sus pasos el Apóstol Santiago.

Bienvenido.

Mons. Sergio O. Buenanueva



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Homilía en la misa del inicio del ministerio pastoral del nuevo Arzobispo de Mendoza, Monseñor Carlos María Franzini


1. Al comenzar mi servicio pastoral en Mendoza he querido celebrar la misa “por la nueva evangelización”, recientemente propuesta por la Iglesia, para rezar por esta nueva llamada a la misión que el Espíritu Santo nos está haciendo a todos a través de los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI.

2. Hace casi 40 años Pablo VI ya nos enseñaba que la evangelización es la vocación propia de la Iglesia y su dicha más profunda. Con motivo de los 500 años de la evangelización de América, Juan Pablo II proponía a la Iglesia Latinoamericana una evangelización nueva “en su ardor, en sus métodos y en su expresión”. Más recientemente el Papa Benedicto ha querido conmemorar los 50 años del Concilio Vaticano II con la celebración del Año de la Fe y –en ese contexto- ha propuesto como tema para la última Asamblea del Sínodo de los Obispos: “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”. Se trata por tanto de una constante insistencia de los supremos pastores para que todos en la Iglesia nos hagamos cargo de esta vocación esencial y determinante para nuestra vida cristiana y para la salvación del mundo.

3. Respondiendo a esta invitación, y al comenzar mi misión en Mendoza, quiero poner mi ministerio en continuidad con el camino pastoral de la Iglesia Universal y también de la Iglesia mendocina. En rigor, es Jesucristo, el primer evangelizador quien, por el poder del Espíritu, nos sigue enviando. Por Jesucristo, con él y en él, humildemente también hoy me atrevo a decir: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor…” (Lc 4, 18-19).

4. Aún consciente de mi pequeñez y mi pobreza, puedo decirles que hoy llego hasta ustedes para anunciarles el Evangelio, la Buena Nueva que nos hace hijos y hermanos, miembros de la gran familia cristiana. Para esto vengo; no tengo otro programa ni otra propuesta. Como los Apóstoles, también yo me atrevo a decirles: “No tengo plata ni oro, pero les doy lo que tengo: el nombre de Jesucristo” (cfr. Hch 3,6). En continuidad con Aparecida, también yo puedo proclamar que encontrarme con Jesucristo fue lo mejor que me pasó en la vida y anunciarlo es mi dicha más grande. En Él quiero poner fija mi mirada para poder ser su servidor y su testigo y –así- servirlos a ustedes incansablemente.

5. Pero no quiero –ni puedo- ofrecer mi servicio “en solitario”. Como nos acaban de recordar los Padres Sinodales, la Iglesia particular, la diócesis, es el sujeto primario de la nueva evangelización. En ella y desde ella todas las realidades eclesiales –personas, comunidades, instituciones-, orgánicamente integradas, están llamadas a anunciar el Evangelio a los hombres de nuestro tiempo. Vengo a sumarme al rico camino pastoral de la Iglesia mendocina, para animarlo y conducirlo según el querer de Dios, que iremos discerniendo en comunión orgánica. Abiertos a la renovación misionera a la que nos impulsan la Misión Continental, las Orientaciones Pastorales de la Conferencia Episcopal Argentina y el insistente llamado del Papa Benedicto a una nueva evangelización. Precisamente este empeño evangelizador será la mejor manera de vivir el Año de la Fe que estamos transitando, ya que la fe crece dándola.

6. Habría mucho para decir y reflexionar respecto del apasionante tema de la nueva evangelización. No es ésta la oportunidad para hacerlo. Sin embargo permítanme compartir con ustedes unos breves párrafos del Mensaje al Pueblo de Dios que publicamos al finalizar la reciente Asamblea del Sínodo de los Obispos, de la que tuve la gracia de participar. En estas palabras quisiera sintetizar por dónde les invito a recorrer juntos las sendas para una nueva evangelización:

7. “… queremos indicar a todos los fieles dos expresiones de la vida de la fe que nos parecen de especial relevancia para incluirlas en la nueva evangelización.

El primero está constituido por el don y la experiencia de la contemplación. Sólo desde una mirada adorante al misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, sólo desde la profundidad de un silencio que se pone como seno que acoge la única Palabra que salva, puede desarrollarse un testimonio creíble para el mundo. Sólo este silencio orante puede impedir que la palabra de la salvación se confunda en el mundo con los ruidos que lo invaden...El otro símbolo de autenticidad de la nueva evangelización tiene el rostro del pobre. Estar cercano a quien está al borde del camino de la vida no es sólo ejercicio de solidaridad, sino ante todo un hecho espiritual. Porque en el rostro del pobre resplandece el mismo rostro de Cristo… A los pobres les reconocemos un lugar privilegiado en nuestras comunidades, un puesto que no excluye a nadie, pero que quiere ser un reflejo de como Jesús se ha unido a ellos. La presencia de los pobres en nuestras comunidades es misteriosamente potente: cambia a las personas más que un discurso, enseña fidelidad, hace entender la fragilidad de la vida, exige oración; en definitiva, conduce a Cristo. …” (cfr. nº 12).

8. Al iniciar mi ministerio pastoral entre ustedes pido ardientemente al Señor que me de la gracia de entregar lo mejor de mí al servicio de ustedes para que juntos -como Iglesia arquidiocesana- podamos ser presencia transparente y eficaz de Jesucristo, Evangelio del Padre, para alegría y salvación de todos los hombres y mujeres que habitan esta bendita tierra mendocina. Les ruego encarecidamente que se unan a mi oración.

9. Soy consciente que hablar y proponer aquí la nueva evangelización no es novedoso. La diócesis viene recorriendo un serio camino evangelizador que ha sido el fruto del trabajo constante y el empeño generoso de muchos. Sin embargo me parece de justicia hacer un explícito reconocimiento al servicio pastoral que Mons. José María Arancibia ha brindado a la Arquidiócesis durante casi veinte años. Me hago intérprete de la gratitud inmensa de la Iglesia de Mendoza a quien fuera su Pastor durante estos años. Como muchos de ustedes saben, he tenido la gracia de conocerlo y trabajar con él; ello me ha permitido apreciar su seriedad pastoral, su amor a la Iglesia y su pasión por el Evangelio. También he recogido los testimonios de algunos de ustedes y compruebo el dinamismo pastoral de esta Iglesia a la que ha conducido con amor entrañable y auténtico celo pastoral.

10. Por esto, y tantas cosas más, querido Mons. Arancibia, queremos asegurarte nuestra oración incesante, nuestra sincera gratitud y el afecto que no borran la distancia ni el paso de los años. Estamos seguros que la nueva etapa de tu ministerio que comienza con tu partida será rica y fecunda y que también podrás hacer mucho bien en Córdoba, tu “Iglesia madre”. Sólo te pedimos que sigas rezando por nosotros, para que el Señor dé crecimiento a la abundante siembra de tus años de servicio episcopal en Mendoza.

11. No quiero terminar estas palabras sin manifestar públicamente algunos agradecimientos. Ante todo al Santo Padre, Benedicto XVI, dignamente representado hoy por el Señor Nuncio Apostólico, Mons. Emil Paul Tscherrig. Confirmado en la fe por el Papa, hoy llego hasta ustedes porque él me ha enviado. Su amor a Jesucristo, la Verdad encarnada; su valentía y su humildad; su firmeza y su mansedumbre; su mirada honda y penetrante me estimulan para mi propio ministerio y me muestran un modo de pastoreo que aspiro a poder replicar entre ustedes, con la gracia de Dios.

12. Agradezco a los hermanos obispos presentes y a tantos otros que me han hecho llegar su fraterno saludo. Mi itinerario ministerial me ha puesto desde muy joven en contacto directo con la Conferencia Episcopal Argentina. Por ello me siento deudor del testimonio y la enseñanza de muchos pastores que la han integrado y la integran. En ella se hace palpable y concreta mi pertenencia al Colegio de los Obispos, sucesores de los Apóstoles. Con Pedro y bajo Pedro, junto a los Obispos de todo el mundo, pido la gracia de una creciente “solicitud por todas las Iglesias” para vivir así plenamente el carisma episcopal.

13. Una palabra de especial gratitud para la diócesis de Rafaela, que me ha regalado los años más felices de mi vida. A pesar de mis limitaciones, he querido servirla con pasión y he podido constatar la riqueza y variedad de dones con que el Señor la ha enriquecido. De modo particular agradezco la presencia de los sacerdotes y fieles laicos que han querido acompañarme en este día. Como ya les decía en la despedida, los vínculos auténticos con la distancia no se pierden sino que se recrean.

14. También quiero agradecer a amigos sacerdotes, consagradas y fieles laicos que han llegado desde lejos, en especial desde San Isidro, mi diócesis de origen, para unirse a nuestra celebración. Sus presencias son un signo de la fidelidad de Jesucristo, “amigo que nunca falla”. Una gratitud particular a mis familiares presentes. Los vínculos de la sangre nos sostienen y dan fisonomía específica a nuestras vidas. Gracias por el respetuoso acompañamiento a mi propio itinerario vocacional. La presencia de ustedes –además- los hace singularmente presentes a papá y a mamá, que han acompañado tanto mi vida y ministerio.

15. A los representantes del Consejo Interreligioso de Mendoza les agradezco su presencia y cercanía espiritual en este momento tan significativo para la Iglesia Católica de Mendoza. Tenemos por delante la hermosa y comprometedora misión de manifestar juntos que la dimensión religiosa es un constitutivo esencial de la persona humana y que –cuando es bien vivida- no sólo la plenifica sino que también la compromete en la búsqueda del bien, la verdad, la justicia y la paz para todos los hombres.

16. A las autoridades nacionales, provinciales y locales presentes les agradezco este gesto y les aseguro mi disposición a trabajar -en espíritu de autonomía y cooperación- para bien de todos los mendocinos. También a los representantes del mundo de la cultura, del trabajo y de la empresa, del deporte y de los medios de comunicación social; en fin, a todos los constructores de la sociedad, deseo manifestarles la voluntad de servicio y comunión que anima a los hijos de la Iglesia, al servicio del bien común. En todo tiempo, pero especialmente en las actuales circunstancias que atraviesa nuestro país, la Iglesia –“experta en humanidad”- quiere ser servidora de la vida, facilitadora del diálogo y promotora de la amistad social. Y esta vocación eclesial va más allá del Pastor a quien circunstancialmente le toque conducirla.

17. Finalmente a ustedes, mis queridos hermanos de la Arquidiócesis de Mendoza. Desde hoy comenzamos a tejer una trama de amor que se deberá manifestar en la comunión y la misión compartidas. Quiero agradecerles las muchas muestras de afecto y disponibilidad recibidas desde el momento de la publicación de mi nombramiento. De manera particular agradezco la oración y la cercanía de tantos durante la agonía y muerte de mamá, hace pocos días. Estos gestos me dieron consuelo y esperanza. Agradezco a Mons. Sergio Buenanueva, querido hermano que ha cargado con el peso y la responsabilidad del tiempo de transición y de la preparación de mi llegada. Querido Sergio: serás para mí “auxilio”, bastón y guía en los primeros pasos de mi servicio pastoral; que el Señor nos regale la gracia de un fecundo servicio compartido para bien de la Iglesia en Mendoza.

18. A todos los miembros del pueblo de Dios los invito a seguir caminando juntos la hermosa misión recibida: “dar testimonio de la Buena Noticia de la gracia de Dios” (Hech 20,24). Con los presbíteros, mis primeros y más directos colaboradores, nos reuniremos en los próximos días y con los demás miembros de la Iglesia diocesana nos iremos conociendo sucesivamente. Entiendo que la intensa vida pastoral de la Arquidiócesis y el apremio por la misión nos reclamen mucho. Pero les pido que me tengan paciencia para que pueda ir entrando de manera serena y prudente en su ritmo pastoral. Tengo la mejor disposición para servirlos y confío plenamente en que el Señor, que me ha llamado a esta misión, me dará los medios para responder adecuadamente.

19. La Virgen Madre, Nuestra Señora el Rosario, y el Apóstol Santiago nos acompañan. Con su ejemplo e intercesión caminemos confiados y renovemos nuestro propósito de ser “Discípulos misioneros de Jesucristo, en comunión, para la vida de nuestro pueblo”.


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Saludo de despedida del obispo emérito, José María Arancibia


Saludo y bendigo -ante todo- a la Iglesia amada, que peregrina en Mendoza:

Sería muy largo hacer memoria de 20 años compartidos, en el camino de esta Iglesia diocesana. Pero, quizás, un corazón agradecido necesita de pocas palabras. Sobre todo cuando la fe nos ayuda a expresar los sentimientos con la Palabra de Dios. Por eso me atrevo a usar de nuevo la frase de San Pablo, que cité la primera vez que me presenté ante ustedes. Me atrevo a decirlo así:

Doy gracias a Dios, el Padre del Señor Jesucristo, y sigo orando por ustedes, desde que he conocido la fe que tienen en Cristo Jesús, y el amor que demuestran a todos, porque son gente de esperanza ... Ustedes oyeron anunciar esta esperanza, por la Palabra de la verdad, de la Buena Noticia, que se va ex¬tendiendo y fructificando en el mundo entero...(cf Col 1,3-6).

Como pueblo de Dios, emprendimos en Mendoza un verdadero "camino de renovación eclesial y pastoral". Queríamos responder a la voz del Espíritu, que llama a crecer siempre más en impulso evangelizador y misionero. Los desafíos han sido muchos y aún nos interpelan con fuerza. En su momento, nos animó celebrar juntos el gran Jubileo del 2000. Como también el año jubilar y misionero de la diócesis, en el 2009. El año pasado me acompañaron a celebrar mi jubileo episcopal y sacerdotal, que renovaron mi gozo de ser sacerdote, entre ustedes y para ustedes.

Me han preguntado cuál ha sido mi principal alegría y si he tenido alguna pena. Debo confesar que la dicha más grande ha sido compartir con ustedes la fe y la esperanza, y poder de alguna manera ayudarlos a crecer como discípulos del Señor. A modo de pena, he reconocido más de una vez, no poder llevar a todos, con la palabra y el testimonio, el Evangelio de salvación que el mundo necesita.

Hoy quiero agradecer de corazón la generosa entrega de los sacerdotes y los diáconos, principales colaboradores del obispo; como la valiosa ayuda del obispo auxiliar; el testimonio y acción pastoral de los religiosos y religiosas; y la de tantos fieles cristianos laicos que aceptan su misión en el mundo, encomendada por la Iglesia. Más aún, agradezco con emoción el cariño grande que me han demostrado, al valorar al obispo -desde la fe y la caridad- más que cuanto mi persona podía esperar o merecer. Al reconocer además mis limitaciones y yerros, espero la comprensión y el perdón de todos.

Desde que fue aceptada mi renuncia he seguido rezando por ustedes, aún con mayor intensidad, porque siento con fuerza los retos de la Iglesia, que debe ofrecer a Mendoza dones tan esperados como la verdad, la paz, la comunión y la alegría. Aunque ya no viva entre ustedes, prometo no olvidarlos nunca.



Al querido hermano Carlos María:

Te digo de corazón: ¡Bienvenido! Tu designación ha sido bien recibida en Mendoza, y hemos rezado por vos todos los días. Te deseo de veras un ministerio tan fecundo como feliz. Fecundo ha de ser sin duda, porque Jesús acompaña siempre a los apóstoles que envía. Él nunca los deja solos. Porque sigue siendo el sembrador pródigo. El que da incremento a la semilla sembrada, aún más allá de nuestros desvelos. Él es quien pone palabras, hasta inesperadas, en la boca de los enviados. El que nos consuela para que podamos consolar a otros.

Tu ministerio será también feliz; con toda seguridad. Con esa singular dicha de quien ha sido llamado a ser apóstol, y que por ello se desvive por evangelizar; que aprende a alegrarse con los que se alegran, como a llorar con los que lloran. Con un corazón dichoso por la fe de su pueblo y por la armonía que el Espíritu pone entre ellos. Porque el pastor se gloría hasta de sus debilidades, con tal de que la gente se haga fuerte y brille en todo la gracia de Dios.

Querido Carlos: es la tercera vez que la providencia trae a Mendoza un obispo que, desde su bautismo, lleva consigo el nombre de María. ¿Cómo no pensar que la providencia quiere sostener la confianza de este pueblo en la Virgen y Madre del Señor? Ella sabe como nadie de la felicidad de creer; de la Palabra acogida y guardada en el corazón; de la fidelidad de servir humildemente, y de hacer todo lo que Jesús diga. Estoy seguro que Ella, invocada aquí como Virgen del Rosario, Señora de los misterios del Cristo Redentor, te cuidará y acompañará con afecto materno, como discípulo y como pastor.


A todos los hermanos y hermanos que nos visitan en esta ocasión:

Gracias por expresar con su presencia la amistad sincera y el cariño fraterno. Son valores que alegran la vida, y que en la comunión eclesial que provoca el Espíritu, se convierten en una exigencia y en un regalo del cielo. Hermanos obispos, sacerdotes, religiosas y laicos: su visita agranda el corazón de Mendoza, que se vincula cada vez más con el mundo, y debe seguir aprendiendo a estrechar lazos de amor solidario. Gracias por haber traído con ustedes la fe en Cristo y la confianza en su Palabra, que enriquecen la vida humana y hacen posible los mejores deseos. Este es un encuentro fraterno entre comunidades y familias, en torno a la figura del obispo, como enviado del Señor, para ser signo e instrumento de misericordia. El mismo Señor nos ayude, entonces, para contagiarnos unos a otros el entusiasmo sincero de seguir al Señor y de servirlo desde su Iglesia, para la salvación del mundo.


+José María Arancibia
Arzobispo emérito de Mendoza