El Papa Benedicto Insiste en Anunciar el Amor

 

Mensaje de Mons. José María Arancibia, Arzobispo de Mendoza

Alguna vez he contado, que el 8 de diciembre de 1965, cuando el Papa Pablo VI clausuraba el Concilio Vaticano II, me encontraba en la Plaza de San Pedro (Roma).

Era un joven sacerdote, completando mis estudios de teología. La reforma litúrgica ya estaba en marcha, como uno de los primeros y deseados frutos del mismo Concilio.

Apenas tres años antes, se había mandado hacer una revisión completa, en orden a aquel precioso ideal de lograr: una participación plena, consciente y más fecunda del Pueblo de Dios en la Liturgia.

Las expectativas de entonces eran amplias y entusiastas. Aunque no faltaban algunas incertidumbres.

Durante el mes de octubre del 2005, muchos años después, he tenido la gracia de participar en el Sínodo de Obispos, precisamente sobre el tema de la Eucaristía.

Al intervenir en esa asamblea, tuve la oportunidad de compartir con los hermanos obispos de todo el mundo, los frutos que -a mi juicio- dicha reforma había producido en la vida de nuestras comunidades cristianas; tanto para el ministerio de nuestros sacerdotes, como para la renovación de la fe y de la vida cristiana, en el entero Pueblo de Dios.

Hoy, a punto de cumplir cuarenta y cinco años de sacerdote y veinte de obispo, experimento una gran alegría al recibir la Exhortación Apostólica del Papa Benedicto XVI, Sacramento de la caridad, redactado a partir de las propuestas que los obispos participantes dejamos entonces en sus manos.

De la introducción a la conclusión, y pasando por sus tres grandes partes, encuentro confirmado el camino emprendido con tanta ilusión por la Iglesia Católica, ya desde la preparación del Vaticano II.

Ese camino fue trazado por hombres de la talla de Juan XXIII y Pablo VI, tan ligados y comprometidos con aquel acontecimiento eclesial; luego retomado y profundizado por el querido Papa Juan Pablo II; y que hoy recibe un nuevo impulso de la mano sabia y firme de Benedicto XVI.

Es bueno recordar, que este camino viene de mucho más atrás. Viene del Cenáculo, donde Cristo entregó a la Iglesia naciente el sacramento de su amor hasta el fin.

Eso es la Eucaristía. San Pablo le escribía a una ferviente comunidad cristiana en torno al año 54: “Yo recibí del Señor lo que les transmití: que el Señor Jesús, la noche en que era entregado, tomó pan, dando gracias lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía»...” (1 Co 11,23-24).

Así, a lo largo de una historia dos veces milenaria, la Iglesia ha celebrado la Eucaristía para cumplir el mandato del Señor; segura de encontrarlo a Él mismo, entregándose por amor a la Iglesia, y comunicando ese mismo amor a los participantes.

Ese es el acontecimiento que se actualiza en la historia, como verdadero “memorial”, cada vez que la comunidad cristiana, convocada por Cristo, ser reúne para celebrar la Misa, especialmente el domingo, que es día del Señor.

De esta manera, en la tradición viva de la Iglesia, los cristianos de cualquier tiempo y lugar, somos alcanzados y renovados por el Sacrificio de Cristo, vivo y presente en la Sagrada Liturgia eucarística. “Misterio de fe”, como proclamamos en el momento de la consagración, del cual parte y en donde culmina, toda la vida cristiana.

La Exhortación entregada ahora por el Papa, forma parte -y de manera eminente- de este proceso vivo de transmisión y vivencia de la fe.

Contiene orientaciones apropiadas para comprender y gustar el misterio del amor de Dios. Abre perspectivas nuevas y exigentes para obtener los frutos que ofrece el sacramento.

Señala con firmeza puntos irrenunciables de nuestra fe, desafiada hoy por tantas situaciones complejas. No faltan las advertencias para que la Eucaristía transforme la vida en auténtico y comprometido servicio a la justicia y a la solidaridad.

En este momento, la Iglesia diocesana de Mendoza está actualizando su Plan de pastoral.

Después de una primera etapa (1999-2004), y hecha una evaluación sincera, queremos proyectar el trabajo futuro de evangelización y misión, a partir de la experiencia hecha en estos años.

Los desafíos son muchos, e imploramos el auxilio divino para enfrentarlos con lucidez y audacia.

El documento que nos acaba de ofrecer el Papa Benedicto, contiene sabias y muy ricas enseñanzas, que hemos de incorporar progresivamente a nuestra vida y práctica litúrgica.

Estoy seguro que por esta vía, Dios seguirá bendiciendo con abundantes dones, a la Iglesia que vive y camina en Mendoza.

Propongo, pues, a todos los católicos, y a cuantos se interesen en el tema, que consigan el texto completo de la Exhortación para hacer una lectura atenta y agradecida; con el corazón bien dispuesto, a fin de dejarse alentar y cuestionar por sus profundas orientaciones.

Es probable que nos encontremos confirmados en creencias, actitudes y prácticas.

Como también, que descubramos algunas cosas que mejorar o corregir en nuestras liturgias. Sobre todo, será muy oportuno y provechoso, descubrir aquel “arte de celebrar” la Divina Liturgia, que acerca -como él mismo dice- el Cielo a la tierra; la Belleza de Cristo y de su amor redentor, a la vida de nuestras comunidades cristianas.

Debo confesar, por fin, que me da pena el acento puesto por los medios en algunos puntos, subrayando los aspectos que más se prestan a la polémica.

Algo parecido sucedió durante la realización del Sínodo (2005), en los medios del mundo entero.

Que la Iglesia latina sólo ordene a hombres célibes para la presidencia de la Eucaristía, no puede oscurecer la grandeza de este maravilloso don.

Más bien nos impulsa a repasar las motivaciones de nuestra entrega, como a orar y trabajar por las vocaciones al sacerdocio.

Que los divorciados vueltos a casar no puedan comulgar, nos obliga a ofrecerles toda la ayuda pastoral que merecen, como también a sostener a los matrimonios en la gracia de un amor conyugal fiel y exclusivo.

Aunque la Iglesia recomiende usar alguna vez el latín en la liturgia, seguiremos empeñados en celebrar la Misa para los fieles de Mendoza, de manera que tanto la Palabra de Dios, como todas las oraciones, resulten siempre comprensibles.

Será muy necesario, por lo tanto, que los católicos brinden su atención a todo el contenido del documento papal, y que lo lean con el corazón abierto.

Nosotros -pastores y fieles católicos- queremos escuchar con espíritu eclesial al Papa. Él es maestro auténtico en las cuestiones de la fe y de la vida cristiana.

Él nos va a enseñar cómo celebrar bien la Eucaristía, cumpliendo así el mandato del Señor, y alcanzando los frutos del amor que es el centro del Evangelio.