A 50 años del Concilio Vaticano II

 

El Concilio Vaticano II ha sido "la gran gracia de la que la Iglesia se ha
beneficiado en el siglo XX" (Testamento del Beato Juan Pablo II).

En adhesión a los cincuenta años de la apertura del Concilio, la Arquidiócesis de Mendoza ha solicitado la inestimable ayuda de Fray Héctor Muñoz OP, para dar a conocer algunos de los grandes temas del Concilio.

En el marco del Año de la Fe, estos artículos de Fray Héctor seguramente nos
ayudarán a apreciar mejor la preciosa herencia del Concilio Vaticano II,
cuyo magisterio está en la raíz del camino de renovación que nuestra Iglesia
diocesana está recorriendo.


Nº 3: “AGGIORNAMENTO” Y VUELTA A LAS FUENTES

Estas dos expresiones formaron parte del lenguaje habitual en varios Documentos Conciliares y Post-conciliares.

Aggiornarse, no consiste en cambiar o modificar todo, sino sólo “ponerse al día”, evitando posturas que a nada bueno condujeron en un pasado reciente. Por ejemplo, en el “diálogo con otras religiones”, sería impensable oír hablar hoy del Pueblo de Israel como el de los “pérfidos judíos” o como un “pueblo deicida”; o de los cristianos no-católicos como un grupo de herejes, único causante de la ruptura con la Iglesia en el siglo XVI o como los que “odian a la Virgen María”-esto lo escuché yo, de labios de una buena religiosa que nos dio una última charla para ‘redondear’ la catequesis recibida para nuestra primera comunión. Recordé bien sus ‘edificantes palabras’ cuando -años más tarde- en Inglaterra, vi en una iglesia anglicana una capilla dedicada a María, con una lámpara de aceite que iluminaba constantemente el ambiente; había varias fiestas marianas en su Calendario litúrgico, así como en un templo luterano, una muy bella escultura de Nuestra Señora, con varios cirios encendidas a su lado. ¿Se expresa de este modo el “odio a María”?

El Vaticano II puso especial y fuerte énfasis en todo lo que nos une, sin dejar de reconocer lo que aún nos separa. Cuando el Papa Juan XXIII y, años más tarde, Pablo VI visitaron la Sinagoga de Roma, se dirigieron a los presentes llamándolos “nuestros hermanos mayores en la fe” y reconocieron en el Pueblo de Israel las maravillas que Dios obró en él, queriendo dejar atrás los siglos de mutuas incomprensiones y actos de violencia que continuaron separando a ambos pueblos: el judío y el cristiano, con heridas profundas a las que sólo actos concretos de amor y expresa buena voluntad podrían reparar.

Vuelta a las fuentes no significa “retorno al pasado”, porque ni el pasado ni el presente son malos o buenos sino que en ambos tiempos, hubo malicia y bondad, pecado y fidelidad. Este “camino de retorno” por el que la Iglesia debe siempre transitar sin descanso, es el que conduce a los “entusiasmos fundacionales”, a esos fuertes momentos de fe que los discípulos de Jesús vieron como indiscutible al Señor y Maestro y que “dejándolo todo”, lo siguieron con alegría, simplemente para estar con Él y escucharlo con atenta devoción, porque sólo Cristo tenía palabras de vida eterna y porque “hablaba con autoridad”, a la espera de la Pascua definitiva en el Reino del Padre.

‘Volver a las fuentes’ es lo mismo que redescubrir los frescos y limpios manantiales de donde jamás deja de fluir el agua fresca y limpia. Es darse cuenta -sin escandalizarnos por ello-, de que el paso de los años va dejando un lastre de realidades con las que junto a las cosas de Dios, se entremezclan la infidelidad, la duda, la traición y que si bien la Iglesia es santa por Cristo y por la vocación de Él recibida, está y estará siempre necesitada de reconciliación, por el pecado personal y colectivo de los miembros de su Cuerpo y, por lo tanto, puede y debe pedir perdón por su infidelidad a los abundantes y numerosos dones recibidos de su Cabeza, el Señor Jesús.

Esta tarea permanente de la Iglesia, quiso ser reforzada y reafirmada por el Vaticano II, “ayuda memoria” del llamado que Cristo nos hizo y que nuestra pereza y amnesia nos hace con frecuencia olvidar. Cada uno de los textos conciliares es un llamado a “volver a las fuentes” para que las llamadas “ceremonias” se vuelvan “celebraciones”; para que la Iglesia, siendo una “Institución” regida por Códigos y leyes, reconozca su ser en las diversas vocaciones a las que el Espíritu mueve y que la Palabra evangélica se constituya en su única ley. Una “fuente” raramente se agota y sus aguas son siempre surgentes. Nuestro retorno a ellas nos hará saciar una sed que mana de la Roca, que es Cristo, y riega todo lo que encuentra a su paso

Fr. Héctor Muñoz o.p.)