Retiro de Adviento en la Parroquia Santiago Apóstol y San Nicolás

 

El pasado martes 27 de noviembre, Moseñor Sergio Buenanueva brindó un retiro de preparación para la Navidad en la Parroquia Santiago Apóstol y San Nicolás.

A continuación el texto del obispo:


Adviento: las tres “venidas” de Cristo

Este próximo fin de semana comenzamos a transitar el camino del Adviento. Es el Adviento del Año de la Fe.

En este retiro les propongo meditar sobre las “tres venidas de Cristo” que la liturgia pone en el centro de la espiritualidad propia de este tiempo.
Como sabemos, la palabra “adviento” hace referencia a Aquel que está viniendo, a Cristo el Señor: el que vino en la humildad de la carne, vendrá al final de los tiempos a perfeccionar su obra; él mismo sigue viniendo a nosotros y la fe es, precisamente, el reconocimiento de su presencia viva.

Dicho brevemente: vino, viene, vendrá.
“Adviento” no significa tanto “espera” cuanto “presencia que está aconteciendo”. Es la traducción de la palabra “Parusía” que designa la irrupción del Cristo glorioso en la historia humana, su presencia salvadora y transformante.

La meditación que les ofrezco tendrá cuatro partes. En las tres primeras vamos a reflexionar sobre el contenido de estas tres venidas del Señor. En la última, y a modo de conclusión, quisiera que nos preguntáramos: ¿qué significa el hecho de que Dios sea Aquel que está viniendo a nosotros? ¿Qué se nos revela de su misterio y de nuestra salvación en este rasgo tan propio del Dios cristiano?

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Una breve reflexión introductoria.
Ustedes saben que el tiempo de Adviento suele presentarse como las cuatro semanas que nos preparan para celebrar la Navidad. En realidad, las cosas son un poco más complejas.

Hasta el 16 de diciembre, los textos litúrgicos están más bien centrados en la venida de Cristo al final de los tiempos. A partir del 17 de diciembre comienza la novena de Navidad: aquí sí, la mirada de fe se centra en el misterio del Nacimiento del Señor.

En uno y otro momento se nos invita a cultivar una actitud típicamente cristiana: la atención vigilante, hecha de oración, espera y atención, porque el Señor está viniendo.

Es una actitud de fondo que caracteriza toda la vida cristiana. Esto es así de tal manera que se ha podido afirmar que: ser cristiano es vivir en un Adviento permanente.

El Señor está realmente presente en el hoy de nuestra historia humana. Sin embargo, esta presencia es todavía oculta. Estamos a la espera de su plena manifestación.

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Meditemos entonces sobre la primera venida del Señor. Así la evoca la liturgia de la Iglesia: “Él vino por primera vez en la humildad de nuestra carne para realizar el plan de redención trazado desde antiguo, y nos abrió el camino de la salvación” (Prefacio I de Adviento).

El tiempo de Adviento recoge, de alguna manera, la esperanza de Israel, madurada a lo largo de los siglos.

Dios enseñó a su pueblo a esperar. Y lo hizo entrando en un diálogo personal con él. Entre Dios y el pueblo está siempre la palabra que invita, que sacude, que interpela, que llama y queda siempre a la espera de una respuesta.

Los dioses paganos, en cambio, son mudos, caprichosos y coléricos. A lo sumo ofrecen algunos acertijos que, de no ser bien descifrados, terminarán con la ruina del hombre que se anima desafiarlos.

El Dios vivo y verdadero de Israel es amigo del hombre. Su palabra es siempre luz para los ojos. Una palabra que ha de madurar en el silencio de la escucha y de la oración.

En la experiencia religiosa de Israel también hay lugar para la palabra que pregunta, que se rebela y que interroga agudamente a Dios por la suerte de los suyos. Ahí está Job, ahí están también los Salmos como oración inquieta de quienes buscan el Rostro de Dios sin disimular las miserias e incertidumbres humanas.

Así, Dios ha enseñado a su pueblo a madurar la esperanza de la salvación. La fe ha llevado a Israel a mirar con ojos bien abiertos la realidad en toda su complejidad y también en todas sus facetas, especialmente aquellas más dolorosas y oscuras. Por eso, ha podido surgir del corazón probado de Israel la esperanza.

La palabra de Dios ha sido siempre una palabra de promesa, una palabra de futuro, una palabra que abre el futuro del hombre.

Esa promesa se ha cumplido en la Encarnación del Hijo de Dios. En el hijo que María recuesta en el pesebre.
El relato de Navidad que escucharemos en la Misa de Nochebuena nos recuerda que son los humildes pastores los que reconocen al Mesías en el Niño del pesebre.

Vino “en la humildad de nuestra carne”, señala la liturgia de la Iglesia. Dios realiza su promesa de modo verdaderamente divino: poniendo en tela de juicio todas nuestras falsas imágenes de Dios, se muestra como el Dios humilde que entra en la historia humana para hacerse compañero de camino del hombre.

No su contrincante, no su juez implacable, no su dominador.
Así, sigue el texto de la liturgia, “nos abrió el camino de la salvación”.
La presencia de Dios en la historia es así: oculta, silenciosa, humilde, pobre. Precisamente así, salva y rescata a la humanidad.

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El que así vino en la plenitud (kairós) de los tiempos, sigue viniendo a nuestra vida.

El Prefacio II del tiempo de Adviento, después de caracterizar la Venida al final de los tiempos del Señor, describe de esta manera esta venida “intermedia” de Cristo: “El Señor viene ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos con fe y para que demos testimonio por el amor de la espera de su reino” (Prefacio II de Adviento)”.
¿Cuál es el fundamento de esta venida “intermedia”?

En un famoso Sermón que leemos en el Oficio de Lecturas del miércoles de la primera semana de Adviento, San Bernardo ofrece unas pistas interesantes. Cita, entre otros textos bíblicos, aquellas palabras de Jesús en el Evangelio según San Juan: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23).
Y comenta así este texto:

Conserva tú también la palabra de Dios, porque son dichosos los que la conservan. Que ella entre hasta lo más íntimo de tu alma, que penetre tus afectos y hasta tus mismas costumbres. Come lo bueno, y tu alma se deleitará como si comiere un alimento sabroso. No te olvides de comer tu pan, no sea que se seque tu corazón; antes bien sacia tu alma con este manjar delicioso.
Si guardas así la palabra de Dios es indudable que Dios te guardará a ti. Vendrá a ti el Hijo con el Padre, vendrá el gran profeta que renovará a Jerusalén, y él hará nuevas todas las cosas. Gracias a esta venida, nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Y, así como el primer Adán irrumpió en todo el hombre y lo llenó y envolvió por completo, así ahora lo poseerá totalmente Cristo, que lo ha creado y redimido y que también un día lo glorificará.

La invitación del Adviento es, por tanto, a cultivar una actitud de escucha atenta de la Palabra de Dios. Esa es la vigilante espera que ha de caracterizar el tono espiritual de nuestra vivencia del Adviento.

Escuchar la Palabra quiere decir, por supuesto, un contacto más frecuente con las Escrituras. La misma Iglesia nos ofrece en su liturgia un conjunto muy rico y estimulante de textos bíblicos (por ejemplo del profeta Isaías) para que nos entrenemos en esa lectura orante de los textos sagrados.

Sin embargo, no olvidemos que, cuando hablamos de la Palabra de Dios, nos estamos refiriendo, ante todo, a Jesucristo. Él es, en Persona, la Palabra que Dios ha dirigido a la humanidad. Él está presente y vivo en medio de nuestra historia. Él nos sale al encuentro en cada hermano y en cada acontecimiento, también en la intimidad de nuestra conciencia.

La espiritualidad del Adviento entonces contiene una invitación a redescubrir las claves de una mejor calidad de vida humana.

Esta se da en la medida de la profundidad de nuestros encuentros humanos. En la medida en que vivimos con apertura interior los acontecimientos de nuestra vida, porque la fe nos permite reconocer en ellos la venida constante de Cristo a nosotros.

¿Cómo son mis encuentros con las personas? ¿Con las personas de mi entorno familiar, de trabajo o de vecindario? ¿Se trata de encuentros realmente entre personas? ¿O son encuentros para herir, para humillar, para usar, para manipular?

Vuelvo a dar la palabra a San Bernardo: “Esta venida intermedia es como un camino que conduce de la primera a la última. En la primera Cristo fue nuestra redención; en la última se manifestará como nuestra vida; en esta venida intermedia es nuestro descanso y nuestro consuelo”.

En medio de una sociedad enloquecida y ansiosa, aprendamos a reconocer a Cristo por la fe en los múltiples encuentros humanos que van entretejiendo nuestra vida.

Así daremos también un testimonio luminoso y alegre de la esperanza que nos anima y sostiene.

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El que vino en la humildad de la carne, sigue viniendo a nosotros en cada ser humano y en cada acontecimiento.

Él vendrá por segunda vez, “en el esplendor de su grandeza”. Así podremos recibir “los bienes prometidos que ahora aguardamos en vigilante espera” (cf. Prefacio I de Adviento).

Creemos y esperamos firmemente esta segunda Venida gloriosa del Señor. Ella es el objeto de nuestra esperanza.

¿Qué consecuencias tiene para nuestra vida cristiana esta confesión de fe en la Parusía de Cristo?

Releamos el nº 671 del Catecismo de la Iglesia Católica al respecto. Nos ayudará sacar algunas consecuencias concretas para nuestra vida. Dice el texto:

El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado “con gran poder y gloria” con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal , a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido , y “mientras no [...] haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios”.

Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía , que se apresure el retorno de Cristo cuando suplican: “Ven, Señor Jesús”.

Tal vez, la conclusión tendría que sonar más o menos así: los hombres –todos los seres humanos- seguimos en Adviento. La historia está abierta. El futuro es real. Tenemos que seguir buscando a Dios en los signos que Él nos ofrece.

Y con esto me refiero al adviento que es la vida cristiana como tal. Estamos a la espera del cumplimiento.

¿Qué significa esta afirmación?

Vivir en Adviento significa estar vigilantes, despiertos, atentos a los signos de Dios en la historia. Significa vivir en actitud de búsqueda permanente. O, con otra imagen tomada de las Escrituras: vivir como Abrahán, siempre en camino; como Moisés y el pueblo, siempre en éxodo.

Salir de nosotros mismos, dar el salto porque la realidad no es lo que aparece sencillamente a los ojos del cuerpo, lo que se ve y se toca, lo que se puede calcular y medir. Tenemos que dar el salto hacia lo invisible.

Como Abrahán entonces tenemos que ponernos en camino. Como Moisés tenemos que subir a la montaña para entrar en el silencio elocuente de Dios.

El Dios de la Biblia ha elegido revelarse en los signos humildes y sencillos que, a la vez que lo ocultan a los ojos de la curiosidad, lo revelan a los ojos atentos del que ama y espera.
Dios se revela a los humildes, como el mismo Jesús, estremecido de gozo en el Espíritu Santo, lo pone de manifiesto en su Magníficat: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así los has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (LCD 10,21-22).

A nosotros -hombres y mujeres del Adviento- no se nos ofrece otro signo para ver y creer que el que se les ofreció a los pastores, en la noche de Navidad: “Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,12).

¿Qué significa vivir en esta actitud de éxodo, de camino, de salida de nosotros mismos?

Señalo tres aspectos que son como tres variaciones de un mismo tema.
Ante todo, aventurarnos al silencio de la oración contemplativa. Sea frente al misterio eucarístico. Sea con las Escrituras en las manos. O ambas cosas a la vez. Buscar al Señor, su santa voluntad, su Rostro.

En segundo lugar, salir al encuentro de los hombres y mujeres de hoy, con todos sus interrogantes, dudas, dolores y esperanzas. Para la comunidad cristiana, esto quiere decir: volverse una Iglesia más peregrina y misionera. La nueva evangelización es precisamente ponernos a la escucha del Evangelio que nos sale al encuentro en nuestros hermanos, en el mundo y en la sociedad de hoy.

Una Iglesia misionera es necesariamente una Iglesia más libre, más auténtica y despojada.

Una Iglesia misionera es una Iglesia que se sabe siempre incompleta, porque no ha llegado todavía a su meta; una Iglesia gozosa por la santidad que le dona su Señor, pero también peregrina y penitente por el pecado de sus hijos.

Una Iglesia que se interroga, una y otra vez, por los caminos del Evangelio o, como decía el beato Juan Pablo II: por los caminos del hombre, porque el hombre -cada hombres- es el camino de la Iglesia.

En tercer lugar, y como una profundización de lo anterior: salir al encuentro de los hombres y mujeres que sufren, de los pobres, de los enfermos, de los ancianos y los disminuidos en su dignidad.

Este ha sido siempre un rasgo distintivo de la genuina Iglesia de Jesucristo. Ha sido también un sello característico de que los cristianos viven en este mundo la esperanza, no como una vana ilusión sino como una fuerza transformadora de la misma historia humana.

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Los seres humanos, incluso los creyentes (especialmente nosotros), tenemos siempre la tentación de llamar “dios” a la obra de nuestras manos.

Comprendemos bien a muchos que se dicen ateos: no puede hacer suya la figura de un dios que no es Aquel a quien Jesús vino a traer al mundo; Aquel a quien Él llamó e invocó con el entrañable nombre de “Abba”.

El Adviento nos ofrece la perspectiva para comprender un rasgo fundamental del Dios vivo y verdadero, el Dios de los cristianos: es un Dios para los hombres.
Es el Dios que está siempre viniendo a nosotros. El Dios que quiere entrar en nuestra vida como un amigo que llega, de improviso, y nos alegra con su presencia.

Es el Dios que está viniendo para hacerse compañero de camino de todos los hombres que sufren y así peregrinan por esta vida. Incluso y especialmente de aquellos que caminan sin esperanza.

Es el Dios de los pecadores. El Dios de la misericordia y la ternura infinita.
Si hay alguien que ha conocido el genuino rostro de Dios, ese alguien es María, la mujer que compone en su interior el designio de Dios, como nos enseña hermosamente San Lucas (cf. Lc 2,19.51).

A ella le pedimos esa sabiduría divina para reconocer y testimoniar la esperanza en el Dios verdadero que es la salvación de los hombres.

Amén