Encuentro de reflexión sobre la reforma del Código Civil

 

"Ser discípulos misioneros de Cristo hoy"

Palabras conclusivas en el encuentro de reflexión sobre la reforma del Código Civil, realizado el pasado jueves 18 de octubre en el Colegio San Vicente de Paul, de San Martín.




Muy queridos amigos:

Al concluir esta reunión quisiera dirigirles una palabra como lo hace un obispo a la comunidad que le ha sido confiada. Es decir: quiero hablarles con la conciencia de que debo velar por la fe cristiana de ustedes. Velar por su fidelidad al Evangelio de Cristo.
No sabemos bien qué curso tomará el debate parlamentario sobre el Código Civil. Lo más probable es que, salvo algunas pequeñas modificaciones, sea aprobado tal como ha sido presentado. Es decir: que en lo que hace a los valores no negociables para los católicos, se legisle en dirección opuesta a nuestras convicciones.

Al respecto, quisiera señalar tres puntos que me parecen fundamentales:

1. Como católicos tenemos el deber y el derecho de participar en el debate público, haciendo oír nuestra voz y nuestro específico punto de vista. Es lo que estamos haciendo esta noche. Es un deber de conciencia (es decir: ante Dios) hacer presente en este debate ciudadano la posición racional y razonable de los católicos: nuestro modo de comprender a la persona humana, lo que implica la vida virtuosa, el bien común de la sociedad y el vínculo entre la ley positiva y la ley moral. Nosotros somos servidores de la verdad; y, a la larga, la verdad siempre se impone por sí misma. Por eso, nosotros proponemos no imponemos. Es cierto: hay momentos en que algunas grandes verdades humanas parecen oscurecerse, sin embargo, confiamos en Dios y en la obra de Dios en el corazón humano, siempre sediento de todo lo que es verdadero, justo y bueno.

2. Sin embargo, no podemos dejar de preguntarnos: ¿cómo vivir nuestra fe en un contexto social, cultural e incluso legal opuesto a nuestros valores, y, en algunos casos, francamente hostil a la visión cristiana de la vida? Nos preguntamos también: ¿cómo transmitir a nuestros hijos las convicciones, valores y verdades que enseñan a vivir como personas auténticas? ¿Cómo prepararlos, por ejemplo, para el matrimonio indisoluble en una sociedad que prácticamente ha hecho desaparecer esta noción no solo de la ley sino, mucho antes, de la vivencia real de las personas? No hay una respuesta fácil para estas preguntas.

En este Año de la Fe es oportuno recordar que la fe cristiana es un modo de vivir, por tanto, supone el testimonio visible de nuestro sí a Dios en Jesucristo. Es lo que llamamos: la confesión de fe. La palabra “confesión” indica la declaración que se hace ante un tribunal. La tradición cristiana llamabas “confesores” a aquellos discípulos de Cristo que, sin llegar al martirio, habían sufrido por el hecho de ser cristianos.

Es decir: estamos viviendo tiempos en los que tendremos que confesar nuestra fe con nuestra propia vida, incluso yendo en contra del espíritu del tiempo y los valores de la cultura dominante.


3. El tercer punto es una profundización del anterior: si miramos en profundidad las cosas, tenemos que estar agradecidos con Dios por los tiempos en que nos ha llamado a vivir como discípulos de su Hijo. Estamos llamados a vivir gozosamente nuestra condición cristiana. Hemos conocido a Cristo y este encuentro con Él nos ha abierto el horizonte del infinito. En palabras del Santo Padre Benedicto XVI:

“En estos decenios ha aumentado la «desertificación» espiritual. Si ya en tiempos del Concilio se podía saber, por algunas trágicas páginas de la historia, lo que podía significar una vida, un mundo sin Dios, ahora lamentablemente lo vemos cada día a nuestro alrededor. Se ha difundido el vacío. Pero precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza. La fe vivida abre el corazón a la Gracia de Dios que libera del pesimismo. Hoy más que nunca evangelizar quiere decir dar testimonio de una vida nueva, trasformada por Dios, y así indicar el camino”.

Gracias por estar esta noche en este lugar. Miremos con confianza el tiempo que nos toca vivir: ¡estamos en las manos de Dios!


+ Sergio O. Buenanueva
Obispo auxiliar de Mendoza



Publicado el 22/10/2012