A 50 años del Concilio Vaticano II

 

El Concilio Vaticano II ha sido "la gran gracia de la que la Iglesia se ha
beneficiado en el siglo XX" (Testamento del Beato Juan Pablo II).



En adhesión a los cincuenta años de la apertura del Concilio, la Arquidiócesis de Mendoza ha solicitado la inestimable ayuda de Fray Héctor Muñoz OP, para dar a conocer algunos de los grandes temas del Concilio.

En el marco del Año de la Fe, estos artículos de Fray Héctor seguramente nos
ayudarán a apreciar mejor la preciosa herencia del Concilio Vaticano II,
cuyo magisterio está en la raíz del camino de renovación que nuestra Iglesia
diocesana está recorriendo.



A los 50 años del Concilio Vaticano II.
(1963-2013)


Cuando el comienzo de la Sacrosanctum Concilium, primer fruto conciliar, nos dice que “este sacrosanto Concilio se propone acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia (y que) por eso cree que le corresponde de un modo particular proveer a la reforma y al fomento de la liturgia”, está afirmando algo muy importante: que la Liturgia “sirve” a otros fines que están más allá de las celebraciones y de los objetivos de las mismas. Y antes citamos algo que el Concilio se propuso…

Cuando años más tarde, en 1993 la Iglesia nos obsequie su “Catecismo”, se harán mucho más claras las enseñanzas conciliares.

Cuando dicho Catecismo afirma: “Desde al comienzo y hasta la consumación de los tiempos, toda obra de Dios es bendición; desde el poema litúrgico de la primera creación hasta los cánticos de la Jerusalén celestial, los autores inspirados anuncian el designio de salvación como una inmensa bendición divina” (n. 1079), Así debemos ver al Concilio Vaticano II: en él se muestra al Autor de toda bendición, que se traducirá en las múltiples “bendiciones” que la Iglesia realiza, no sólo en las acciones litúrgicas sino también en su pastoral ordinaria de predicación y servicios de caridad, para significar a un Dios que obra la santificación de los hombres y las maravillas que Él obra en nosotros, de modo singular, en la mayor de dichas “maravillas”: Jesucristo.

- Todo lo antedicho desde un espíritu conciliar, tiende ‘a probar cuán necesaria es la vigilancia, y enseñar el sentido de la responsabilidad personal de cada uno’; ‘a poner nuestra firme confianza en el divino Salvador’; ‘a ver indicios que hacen concebir esperanzas de tiempos mejores para la Iglesia y para los hombres’.

- La Iglesia no ha permanecido ni puede permanecer como mera espectadora de lo que sucede en el mundo. Por eso, el Vaticano II, quiso ser un intérprete del plan de Dios en el hoy-y-aquí de nuestra Historia, descubriendo los puentes que ligan a Dios con los hombres y a éstos entre sí. El Concilio no fue, para la Iglesia, un fin sino el comienzo de una senda a recorrer, sabiéndonos co-responsables de su éxito o fracaso.


fr Héctor Muñoz op