Fiesta Patronal Diocesana 2012

 

El pasado domingo 7 de octubre los jóvenes de Mendoza vivieron la tradicional Fiesta Patronal Diocesana.

El Arzobispo aseguró que aunque la lluvia no permitió la celebración de la Eucaristía; la mañana y el mediodía, dedicados a los jóvenes, fueron momentos “muy participados y bien aprovechados”.

El día concluyó con la breve adoración eucarística, el traspaso de la cruz de los jóvenes al decanato de Luján, y la bendición apostólica.

Mensaje de Monseñor José María Arancibia.

FIESTA PATRONAL DIOCESANA – 2012

Mujer, bendito el fruto de tu vientre

1. Hemos sido bendecidos y nos disponemos a bendecir

Esta asamblea de la Iglesia en Mendoza, es una bendición de Dios. Somos el pueblo que Él eligió y consagró. Nos ha traído: la fe en Jesucristo, que compartimos en comunión. La Virgen María nos convoca y acompaña, como la Madre del Señor Jesús. En Él, nos ha bendecido nuestro Padre Dios, con toda clase de bendiciones espirituales (Ef 1,3).
Conocen el lema de este año: Mujer, bendito el fruto de tu vientre. ¿Qué significa "bendecir"? Ante todo: alabar y agradecer a Dios, que nos ha bendecido de lo alto, en Jesús nacido de María. Cada bendición es un encuentro de Dios con el hombre; palabra y gesto, donde el don divino y el creyente que lo recibe, se convocan y se unen entre sí. Decir palabras de bendición, es orar y dar respuesta al regalo de Dios. Nosotros podemos bendecir, porque Él bendice primero, y es la fuente de toda bendición.

Es hermoso ver aquí tantos jóvenes. Me hacen pensar en la entrada de Jesús en Jerusalén, y en cada domingo de Ramos. Jesús ingresó en la ciudad santa, entre vivas y cantos. La gente lo recibió como el Mesías esperado. Cantaban y gritaban: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene, en nombre del Señor! (Mt 21,9). Lo saludaban con la frase de un salmo, manifestando su entusiasmo y la alegría de creyentes (Ps 118,26). La Virgen nos ayude a tener: un corazón sencillo como el de los niños, y alegre como el de los jóvenes, para cantarle a Jesús: ¡Bendito, Bendito, el que ha venido y está en medio nuestro!.


2. María es la mujer bendita y feliz

Es una alegría tener la imagen de María, en el centro de esta fiesta. Ha sido traída con cantos e invocaciones. María, es la mujer bendita y feliz, porque Dios la eligió y Ella creyó en Él; acogiendo la Palabra, primero en su corazón y luego en su seno. El ángel de la Anunciación le dijo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1,28). La Iglesia le reza con las palabras de Isabel: "Bendita tú eres, entre todas las mujeres" (Lc 1,42). Y su prima agregó enseguida: ¡Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado" (Lc 1,45).

María concibió a Jesús en Nazaret, y lo dio a luz en Belén; luego lo cuidó por largos años. Más tarde lo escuchó y admiró en sus palabras y gestos, como verdadera discípula suya. Siguió sus pasos y compartió los misterios de la salvación, hasta la hora de la entrega en la cruz, donde permaneció de pie. Aguardó con esperanza la resurrección que Jesús había prometido, y esperó en oración confiada la venida del Espíritu Santo. Hasta que fue llevada al cielo y coronada como Reina. Éste había sido el plan de Dios para salvar a la humanidad. Cada uno de estos pasos o misterios, manifiestan y realizan la redención del mundo.

Son los misterios que meditamos en el Rosario, y celebramos en la liturgia, que es fuente de gracia divina, durante toda la vida cristiana. En ese camino, María es modelo de fe y esperanza para todos. Ella refleja y muestra las exigencias de la fe, y cuando la honramos, "atrae a los creyentes hacia su Hijo, hacia su sacrificio, y hacia el amor del Padre" (LG 65). En cada momento de la vida, aún en los más difíciles, sigue invitando -como en Caná- a volver a su Hijo Jesús: "Hagan lo que Él les diga" (Jn 2,5).


3. El bendito por excelencia es Jesús

Jesús es la bendición más excelso, venida al mundo desde arriba. El lema recuerda las palabras de Isabel, que llena del Espíritu Santo exclamó: "Bendita tú ... y bendito el fruto de tu vientre" (Lc 1,42). Ese "fruto bendito" había sido anunciado y esperado desde antiguo. La Biblia habla de un germen, mandado por Dios para renovar a la humanidad caída y maltrecha. Pensar en Jesús como un fruto singular, brotado en esta tierra, por gracia de Dios, es reconocer en Él al hombre nuevo y al Dios que lo salva. La Iglesia se admira de esta unión en el seno de María, donde ha comenzado un intercambio maravilloso, entre el cielo y la tierra. Según las palabras del mismo Jesús, quien cree en Él experimenta la vida nueva y eterna, que germina produciendo frutos admirables.

La Iglesia convoca a la renovación de la fe en Jesús el Cristo, el Mesías y Redentor. Es el amigo que ha revelado los secretos del Padre, y comparte realidades maravillosos con los sencillos y los humildes. El que está en medio nuestro, cuando nos reunimos en su nombre, y concede cuanto pedimos por intercesión suya. El que hace eficaz las celebración de los misterios en la Iglesia, para ser perdonados, consolados y enriquecidos. Somos invitados a redescubrir "la belleza y la alegría de ser cristianos" (DA 14). Con la Iglesia confesamos: "Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo" (DA 29). Hermosa y alentadora resuena todavía la invitación del querido Juan Pablo II: "¡No teman! ¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!...quien deja entrar a Cristo no pierde nada, -absolutamente nada - de lo que hace la vida libre, bella y grande (DA 15).


4. La vida cristiana se llena de frutos

La vida de los discípulos de Jesús está llena de brotes hermosos y benditos. Los que permanecen en Él, por la fe y el amor, producen frutos abundantes, cómo dice el Evangelio. Jesús es el germen divino, el brote nuevo, la Palabra sembrada en el corazón. Quienes lo acogen y guardan se conviertan en siembra y cosecha abundante de dones y gracias.

¿Cuáles son esos frutos? Así lo expresa san Pablo: "los frutos del Espíritu son: amor, alegría y paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio de sí mismo..." (Gal 5,22-23). Es verdad que los hombres somos plantas extrañas, que se resisten a fructificar; es cierto que el maligno siembra la cizaña en los corazones. Pero el amor y la paciencia de Dios son más grandes todavía. Pablo vuelve a decir: "El que da la semilla al agricultor y el pan que lo alimenta, también les dará a ustedes la semilla en abundancia, y hará crecer los frutos de su justicia" (2 Cor 9,10).
Aunque los tiempos son difíciles, y dura la lucha por la vida, es bueno reconocer los frutos que Dios ha sembrado en Mendoza. En personas, familias y comunidades, debemos admirar vivencias fuertes de fe y esperanza; de coraje, esfuerzo y perseverancia. Es hermoso el amor fiel de los esposos; la dedicación abnegada de padres y madres; la sencillez de los niños y el entusiasmo de los jóvenes. Es un ejemplo la dedicación incansable de catequistas y misioneros; la entrega generosa de tantos pastores. Hay gente valiosa que se juega por el bien común, y lucha por la justicia, arriesgando su propio vida o bienestar. Personas y grupos que entregan parte de su tiempo a los niños, enfermos, ancianos y necesitados. Líderes y conductores del pueblo, que se atreven a poner por delante el servicio honesto a la comunidad, antes que sus intereses personales.

Todos ellos, y tantos otros, alientan nuestro camino. La gracia de Dios sigue produciendo frutos maravillosos de vida, que brotan por la fe del corazón de Dios. El Evangelio termina señalando el camino cristiano, centrado en el amor a Jesús y al prójimo, y que termina la alegría que no se acaba: "Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: "Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que preparado ... , porque tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver" (Mt 25,34-36). Nosotros también, creyendo en Jesús bendito, y viviendo su Palabra, queremos ser los "benditos" del Padre Dios.


+ José María Arancibia
Arzobispo de Mendoza