11 Octubre. Inicio del Año de la Fe

 

“Los documentos del Concilio Vaticano II contienen una riqueza enorme para la formación de las nuevas generaciones cristianas, para la formación de nuestra conciencia. Por tanto, léanlo, lean el Catecismo de la Iglesia católica y así redescubrirán la belleza de ser cristianos, de ser Iglesia, de vivir el gran «nosotros» que Jesús ha formando en torno suyo, para evangelizar el mundo: el «nosotros» de la Iglesia, nunca cerrado, sino siempre abierto y dirigido al anuncio del Evangelio.” (Benedicto XVI, Homilía en Frascati, 15 de julio de 2012)

El próximo jueves 11 de octubre tendrá lugar el inicio solemne del Año de la Fe convocado por el Papa Benedicto XVI. Ese día se cumplen cincuenta años de la inauguración del Concilio Vaticano II y veinte de la promulgación del Catecismo de la Iglesia.

¿Qué finalidad tiene este Año de la Fe? Al respecto señala el Papa: “Considero que, transcurrido medio siglo desde la apertura del Concilio, vinculada a la feliz memoria del beato Papa Juan XXIII, conviene destacar la belleza y la centralidad de la fe, la exigencia de reforzarla y profundizarla a nivel personal y comunitario, y hacerlo no tanto en una perspectiva celebrativa, sino más bien misionera, precisamente en la perspectiva de la misión ad gentes y de la nueva evangelización”.

En torno a la fe se juega la vida misma de la Iglesia. Esta vive con la vitalidad de la fe. Languidece y se extingue, allí donde la vivencia de la fe se debilita. ¿Tiene futuro la Iglesia? ¿Hacia dónde camina el catolicismo? Todo se juega en la fe viva de los creyentes.

El Concilio Vaticano II debía procurar al catolicismo contemporáneo un impulso fundamental de renovación de esa vitalidad profunda. Se convocó y celebró con la esperanza puesta en una primavera para la fe eclesial. No son pocos los frutos que, en esta dirección, se han recogido. Sin embargo, a poco de concluir, la Iglesia católica se ha visto sumergida en una profunda crisis: confusión, disenso y contestación, disgregación, secularización interna, etc. Hoy, cada vez con más insistencia, se habla de una honda “crisis de fe” dentro de la misma Iglesia.

Muchos son los factores que han confluido para el surgimiento de esta crisis espiritual que toca el alma misma de la vida eclesial. Uno de ellos, y no de los menos importantes, es la asimilación del Concilio y la interpretación correcta de sus enseñanzas. La cuestión podría formularse así: los documentos del concilio ¿ruptura o continuidad? Y no se trata de una mera cuestión académica.

El cristianismo no es primariamente un sistema conceptual o un código de conducta. Es básicamente una Persona: Jesús el Cristo. Hay cristianismo donde esta Persona irrumpe en la conciencia, en la libertad y en la orientación de la existencia de un ser humano. “Fui alcanzado por Cristo”, escribía Pablo de Tarso (Flp 3,12). La relación viva del cristiano con Cristo es la matriz del cristianismo.

Si Jesús no es más que un personaje sublime y noble del pasado, su real significado religioso es solamente moral: un ejemplo de coherencia. Predicó cosas maravillosas. Porque su palabra era molesta, terminó mal. Los cristianos seríamos los que recogemos la antorcha y seguimos predicando su mensaje. Un buen ejemplo que nos habla -como tantos otros- desde las brumas de la historia.

En esta interpretación, la búsqueda de Jesús entra en conflicto con la tradición eclesial. La Iglesia, con sus dogmas, ritos y prescripciones, habría ocultado el genuino rostro de Jesús. El Cristo del dogma oculta al Jesús histórico. Por eso: ¡Dejemos el dogma y quedémonos con el Jesús auténtico!

Solo que ese Jesús que queda suele ser muy parecido a los que propician esas cirugías: un revolucionario, un moralista, un soñador, un librepensador, un inconformista, un gurú, etc. Es decir: una construcción artificial de la última genialidad del teólogo del momento a gusto del consumidor. Lo cual, digámoslo de paso, coincide muy bien con el espíritu del tiempo. Es un cristianismo hecho al paladar de la cultura ambiente: cortar y pegar. Cada uno lo fabrica por sí mismo.

Sin embargo, la fe cristiana es otra cosa, mucho más pretenciosa. Es la relación con un Viviente. Para la fe, Jesús es el Cristo; murió pero fue resucitado. No habla desde el pasado. Interpela desde las coordenadas del presente. Si leo el Evangelio con la fe de la Iglesia, lo escucho a Él mismo.
San Lucas llama a Cristo resucitado: el “Viviente”. Vive y vivifica por su Espíritu. Esto quiere decir además algo muy concreto: el Cristo vivo es inseparable de todos aquellos que, a lo largo del tiempo y en las circunstancias más variadas de la historia, se han reconocido como sus discípulos. Cristo es inseparable de los cristianos. Si quiero conocerlo tengo que sumergirme en el caudaloso río de la tradición cristiana. Caudaloso e inagotable, como la misma Persona del Señor. Tengo que trasponer la puerta de la fe y entrar en el espacio espiritual y humano de la Iglesia con sus sacramentos y dogmas, con la enorme vitalidad de sus santos, místicos y doctores. También con los pecadores que necesitamos purificación y penitencia. La Iglesia de Cristo abraza a todos, no solo a los puros.

Es también San Pablo el que nos da una de las claves para comprender esto: escribiendo a los cristianos de Corinto, les hace esta sorprendente afirmación:

“Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo” (1 Co 12,12).

¡Atención! Apreciemos el punto. Que la comunidad cristiana sea como un cuerpo formado por varios miembros no es nada del otro mundo. El club del barrio, la cooperativa o la unidad básica funcionan así. Lo revolucionario es la frase: “así también sucede con Cristo”. Cristo y los cristianos unidos a Él. Un solo Cuerpo y un mismo Espíritu. Cristo la cabeza, nosotros el cuerpo.

Traduciendo las imágenes: la Iglesia de Cristo es un organismo vivo, que se desarrolla y crece en el tiempo, pero que permanece vivo en la medida que permanece en su identidad de fondo. El sujeto Iglesia es el mismo antes y después del Concilio. No puede haber quiebre. Por eso, si el Concilio significa una ruptura tienen razón los que le niegan obediencia. Pero ni lo ha querido ni lo ha hecho. En la letra y en el espíritu se ha ubicado deliberadamente en el surco de la Tradición eclesial.

Al respecto, Benedicto XVI escribía, al levantar las excomuniones de los obispos de la Fraternidad “San Pío X”: “No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962, lo cual debe quedar bien claro a la Fraternidad. Pero a algunos de los que se muestran como grandes defensores del Concilio se les debe recordar también que el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la Iglesia. Quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que el árbol vive”.

La vitalidad de la fe católica está hoy vinculada a que las nuevas generaciones de católicos comprendamos la verdadera profecía conciliar. Estamos en mejor posición que aquellos que fueron sus contemporáneos. Tenemos una perspectiva suficiente de tiempo y un conjunto de valiosas enseñanzas eclesiales para captar el mandato de reforma que contienen los documentos conciliares.

Benedicto XVI ha añadido: y leer el Catecismo de la Iglesia. Es uno de los mejores frutos del Concilio. Expone con amplitud la fe que los católicos “nos gloriamos de profesar”, como decimos en el Bautismo. Doctina cierta y segura, además. Sus cuatro partes muestran la riqueza, dinamismo y actualidad de la identidad católica: creer, celebrar, vivir y orar el misterio de la fe revelado en Jesucristo. No es extraño que, después de la Biblia, hoy constituya un auténtico best seller.

Leer los documentos conciliares y el Catecismo. Y releerlos con la Iglesia. Solo así redescubriremos la belleza de la fe y del gran “nosotros” que Cristo ha hecho posible al incorporarnos a su cuerpo místico. El “Año de la Fe” será una nueva oportunidad para ello.