Homilía de Mons. Buenanueva por la Fiesta Patronal San Miguel Arcángel

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Es la primera vez que, como obispo, presido esta fiesta patronal. Es para mí muy grato hacerlo.

Tengo en esta parroquia algunos conocidos y muy buenos amigos, empezando por el Padre Marcelo De Benedictis, el párroco.

Ofrezco esta Santa Misa por todos los que forman parte de esta comunidad parroquial, tan llena de vida con la vitalidad que da el Espíritu Santo.

Oramos también por todos los habitantes del Departamento Las Heras, cuyo patrono es precisamente el Arcángel San Miguel.

Suplicamos a Dios por las familias, los niños y jóvenes, los ancianos y enfermos, también por las autoridades y todas las fuerzas vivas de este Depar-tamento que, en el contexto de la gran familia mendocina, tiene un perfil tan propio y destacado.

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Este año, la fiesta patronal ha elegido como lema una plegaria dirigida al Señor: “En el Año de la Fe, Señor, fortalece nuestra vida en el Amor y en la Esperanza”.

El Santo Padre Benedicto XVI nos ha convocado a celebrar el “Año de la Fe”, cuya finalidad es “destacar la belleza y la centralidad de la fe, la exigencia de reforzarla y profundizarla a nivel personal y comunitario… en la perspectiva de la misión ad gentes y de la nueva evangelización” (Angelus 15 de octubre de 2011).

Como aquel papá que llevó su hijo enfermo a Jesús para que lo curara, también nosotros reconocemos: “Señor, creemos, pero aumenta nuestra fe, porque es débil y necesita de tu gracia y de la fortaleza que da tu Espíritu”.

Jesús habló una vez de la casa edificada sobre roca. Que el edificio de nuestra fe se levante sobre la roca sólida de la Palabra de Dios, escuchada, acogida y vivida cada día con alegría y convicción.

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Al celebrar a nuestro santo Patrono, el Arcángel San Miguel, estamos dando testimonio visible del don de la fe.

Porque la fe es un don que recibimos por la gracia interior del Espíritu Santo que, sin violentar nuestra libertad, nos convence de la verdad y belleza de Cristo.

Pero también es cierto que, según el sabio plan de Dios, cada uno de nosotros llega a la fe por el influjo benéfico de otros discípulos de Cristo que, con su vida, testimonio y palabras, nos han anunciado el Evangelio.

Así, cada uno de nosotros ha podido pronunciar su “Amén” al Dios vivo y verdadero.

Esta tarde tenemos la alegría de reconocer públicamente que la fe cristiana y la tradición católica tienen hondas raíces en Las Heras.

La historia de los hombres y mujeres de Las Heras resulta incomprensible sin la referencia al Evangelio de Cristo, que ha resonado en estas tierras desde el inicio mismo de la evangelización.

Hemos heredado de nuestros mayores la fe en Cristo y la devoción a nuestro celestial patrono, el Arcángel San Miguel.

Queridos amigos: siéntanse orgullosos de la tradición de fe que ha marcado profundamente el alma lasherina.

Es la fe de nuestros padres, la fe de siempre, la fe que no cambia, porque tiene la consistencia de la Roca que es nuestro Dios.

Pero es también la fe que, en cada tiempo, ofrece luces nuevas para comprender mejor la Palabra de Dios y aplicarla a las realidades nuevas que marcan la vida de los hombres.

Los valores y símbolos religiosos de un pueblo -como esta imagen del Arcángel San Miguel- expresan lo más profundo del alma humana, sus energías espirituales más hondos, su modo de estar parado frente a la vida, su capacidad de afrontar los desafíos, a veces difíciles, que presenta la vida, tanto personal, como familiar y social.

Estamos orgullosos de la fe que hemos heredado de nuestros mayores. Pero la fe en Cristo no es una pieza de museo. Es una realidad viva que nos abre con confianza al futuro.

El que cree en Dios tiene en sí mismo el secreto del futuro. El que cree es también un hombre o mujer de esperanza: ha encontrado la clave para esperar y no decaer ante las dificultades o fracasos que jalonan el camino humano.

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El que se decide por la fe sabe que pone toda su vida en las manos de Dios. Al hacer esto, sabe también que nadie le va a ahorrar las dificultades del camino. Sabe que, en algún momento, su fe será puesta a prueba.

Quisiera ahora comentar el pasaje del libro del Apocalipsis que acabamos de escuchar. Nos habla precisamente de la misión del Arcángel San Miguel en el plan de Dios y, por lo mismo, en nuestra vida cristiana.

El texto nos habla de una batalla, de dos fuerzas enfrentadas, de una lucha y de una victoria.

Es el lenguaje típico del libro del Apocalipsis, rico en imágenes, llenas de color y de sugerencias; rico también de oposiciones, paradojas y símbolos.

¿Qué fuerzas están en pugna?

En los versículos previos al texto que hemos escuchado, se nos habla de dos grandes signos: la mujer a punto de dar a luz y el dragón rojo que la acecha.

La mujer es la Iglesia, a través de la cual, Dios mismo quiere llevar a cabo su plan de salvación.

El dragón rojo es expresión del poder diabólico que se opone al designio de Dios.

La descripción de la bestia es impresionante: “un enorme Dragón rojo como el fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y en cada cabeza tenía una diadema. Su cola arrastraba una tercera parte de las estrellas del cielo, y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se puso delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera” (Ap 12,3-4).

¿Qué puede hacer una mujer sola, en un momento de extrema exposición como es el parto, frente a un poder tan abrumador como el que se manifiesta en el dragón que está al acecho?

¿Qué puede hacer la fragilidad humana frente al poder abrumador que domina el mundo?

Aquí aparece la figura del Arcángel Miguel. En su nombre está también el secreto de su misión: “¿Quién cómo Dios?”.

En él se hace presente la fuerza y el alcance del primer mandamiento de la ley, sobre el que se ha de edificar toda la vida del hombre: “Solo Dios es Dios. Nadie puede ocupar su lugar, ni reclamar para sí lo que solo le corresponde a Dios” “Solo Dios merece ser amado con todo el corazón, con todas las fuerzas, con todo el espíritu.

Solo Dios es digno de adoración, alabanza y gloria.

Solo ante Dios debe arrodillarse el hombre.

Ahora bien, el poder de Dios se manifiesta precisamente en la fragilidad, humildad y sencillez de la mujer-Iglesia que está a punto de dar a luz.

Fragilidad y desvalimiento, sí. Pero ¿qué hay más humano que una joven embarazada a punto de dar a luz? ¿no se revela así el verdadero poder, el que viene de Dios y redime y transforma el mundo?

El poder de Dios no es el poder según el mundo. Este es siempre arrogante y destructor. Los poderosos según el mundo buscan hacer sentir su poder; humillan y matan.

El poder de Dios, por el contrario, eleva al hombre, lo dignifica, lo humaniza. Como cuando Jesús arrancaba del poder de las tinieblas a los que sufrían alguna opresión del mal, devolviéndolos a su sano juicio.

En el Año de la Fe somos invitados a vivir radical y coherentemente la confianza en Dios. A volver a decir que sí al poder de Dios en nuestra vida.

Somos invitados a renunciar al orgullo, a la soberbia, a la pretensión de construir un mundo prescindiendo de Dios y su designio creador y redentor.

Somos invitados a abrirnos a la verdad del Evangelio que nos enseña a edificar nuestra vida y nuestra convivencia sobre la roca sólida de la Palabra de Dios.

Cristianos católicos de Las Heras: los invito a vivir el Año de la Fe como un momento de profunda renovación y conversión. Un tiempo para redescubrir que la fe no puede quedar como una pieza de museo, muy bella y reluciente, pero relegada al pasado.

No, nuestra fe es una fuerte apuesta por el presente y por el futuro. Es entrar en la comunión con Jesucristo vivo, que nos llama e interpela en primera persona. Nos invita a la amistad con Él para introducir en el mundo la fuerza transformante de Dios.

Los invito a abrir las puertas de sus casas, de sus familias y de sus actividades cotidianas a la adoración y alabanza del Dios vivo y verdadero.

Los invito a vivir con alegría las exigencias de nuestra fe, para mostrarle a nuestros niños y jóvenes dónde están los verdaderos valores por los que vale la pena entregar la vida, afanarse cada día, hacer las renuncias más significativas con la mirada fija en los bienes que no pasan, porque son expresión del único Bien para el que ha sido hecho el corazón humano.

Mirando la imagen de nuestro santo Patrono, volvamos a escuchar el mensaje central del Evangelio: ¿Quién como Dios? ¿Quién como Jesucristo que nos muestra el rostro del Padre y nos da su Espíritu, su gozo y su consuelo?
Arcángel San Miguel:

Te invocamos con fe y con confianza.
Hemos experimentado tu presencia amiga en las luchas de la vida, sobre todo, cuando nos hemos visto acechados por la tentación de edificar un mundo sin Dios, negando la creación y rebelándonos contra su designio de amor.

Ven a nuestro lado. Que volvamos a sentir tu cercanía y tu fuerza. Que podamos, con tu ayuda y protección, conocer el verdadero poder, aquel que se ha manifestado en la humildad de Jesucristo, nacido de María Virgen.

Enséñanos a vivir el Evangelio de Cristo para gloria de Dios Padre en la unidad y consuelo del Espíritu Santo.

Amén.


+ Sergio O. Buenanueva
Obispo Auxiliar de Mendoza