Fiesta de la Virgen de Nuestra Señora de la Merced

 

Homilía de Monseñor Sergio O. Buenanueva, en la fiesta de la Virgen de Nuestra Señora de la Merced, Patrona del Departamento de Maipú.



Nuestra Señora de la Merced,
Patrona del Departamento de Maipú


Con profunda fe y devoción nos hemos reunido, un año más, para honrar a la Virgen de la Merced, patrona y fundadora del Departamento de Maipú.

Este año, además, es el bicentenario de la Batalla de Tucumán que tuvo lugar precisamente el 24 de setiembre de 1812. Un hito importante del camino de Argentina como nación libre y soberana.

Las fuentes históricas atestiguan que en la víspera de la batalla, el 23 de setiembre, el General Manuel Belgrano se dirigió al templo de la Merced en la ciudad de Tucumán, para poner la suerte de las armas bajo la protección de la Virgen.

Relata un prestigioso historiador, el P. Cayetano Bruno SDB: “Según el parte remitido por el mismo Belgrano al gobierno el 26 de setiembre —dos días después de la batalla— , se había conseguido la victoria el «día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección nos pusimos»”.

La historia de nuestro departamento, como la de nuestra provincia y nuestra misma patria, resulta incomprensible sin la referencia a la fe cristiana y la tradición católica, sus símbolos, valores y conceptos.

Se trata de la fe como don de Dios que sale a nuestro encuentro, nos habla, nos invita a la amistad con Él, ilumina nuestra mente y fortalece nuestra voluntad para que, confiadamente, nos entreguemos a Él.

Es la fe como respuesta libre, confiada e inteligente del hombre, por la que éste se entrega totalmente al Dios vivo y verdadero, que es roca sólida sobre la cual edificar la propia vida.

Es la fe que se confiesa con los labios, que tiene su sede en el corazón, que involucra la conciencia y la libertad de la persona, y que se ratifica con una vida coherente con el Evangelio.
Fe hecha vida, cultura, convicciones profundas, expresiones artísticas, relaciones humanas, responsabilidades ciudadanas, modelo educativo de niños y jóvenes; fe que ofrece al frágil corazón humanos razones convincentes para vivir y luchar por la vida.

¿Se quiere conocer el alma de un pueblo, lo que lo sostiene desde dentro, lo que le define su modo de estar parado frente a la vida?

Hay que buscar entonces las expresiones de su religiosidad. Allí aparecerán, sin lugar a dudas, buena parte de sus energías espirituales y morales más arraigadas y valiosas, a las que hay que apelar para construir la convivencia ciudadana.

Allí emergerán su alma y su ánimo, su espíritu, su capacidad de esperanza y su fortaleza para la lucha que supone vivir.

La imagen de Nuestra Señora de la Merced, que hemos llevado en procesión y que veneramos en este templo, resume en sí misma esta profunda simbiosis entre el Evangelio de Jesucristo, la vida y cultura de nuestro pueblo.

En este día, nos reunimos para celebrar y hacer fiesta. Es, a la vez, una celebración profundamente religiosa y visiblemente ciudadana, incluso para quienes no profesan la fe católica, pero que se reconocen parte de un pueblo que tiene historia y que así ha madurado una visión de la vida, llena de verdad y de sabiduría.

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Ahora, queridos hermanos y hermanas, los invito a volver la mirada a los textos bíblicos que acabamos de escuchar. Los hemos recibido con fe.

Así leídos y meditados, abrirán el horizonte de nuestra mente para mirar la realidad.

Obviamente, en el marco de esta fiesta, comprendemos su mensaje a la luz de la figura de María, tal como la contempla la fe de la Iglesia.

Centremos nuestra atención en la página evangélica proclamada. Comentémoslo brevemente.

“Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena” (v. 25)

La escena forma parte del relato dramático de la Pasión del Señor. Se trata de la “hora” de Jesús. Aquella hora que María había adelantado en las bodas de Caná.

Entonces el agua fue convertida en vino, anunciando la alegría de la Nueva Alianza. Aquí, Cristo está fundando la Alianza nueva y eterna en su propia sangre, derramada para el perdón y la reconciliación.

En ambas escenas: María. Ella está ahora “junto a la cruz de Jesús”.

¿Qué hace María? ¿Qué siente? ¿Cómo vive la hora de su Hijo?

La cercanía de las otras mujeres nos puede dar una pista para responder a estas preguntas.

Abandonado por todos sus discípulos varones, solo unas pocas mujeres quedan con él en este momento supremo. Encabezando esta avanzada femenina está María, la madre.

Obviamente, en el corazón de la mujer madre está el dolor desgarrado de quien ve al hijo de las entrañas en semejante situación. No hay suficientes palabras para describir el dolor de una madre.

Pero nunca en el corazón de una madre hay solo dolor. Se trata del dolor de quien ha acogido la vida desde el inicio. La ha recibido, le ha dado el propio ser para hacerla posible y, llegado el momento preciso, la ha entregado al mundo (la ha “dado a luz”).

He aquí el “genio femenino”, al decir del beato Juan Pablo II. A la mujer, a toda mujer (madre o no), se le ha confiado el misterio de la vida. Entre el ser de la mujer y la vida hay una relación originaria, sustantiva, indisoluble, irreemplazable.

Esta relación está en el origen de la cultura.

Mujer es sinónimo de vida, de don, de acogida, de valentía de vivir.
Por eso, la mujer es, a la vez, frágil y fuerte, indefensa y luchadora.

Porque el misterio de la vida humana es así. Ningún ser viviente de la creación es tan indefenso y débil, tan necesitado de acogida, cariño y amor como el ser humano en la fase inicial de su existencia.

La mujer está ahí para ofrecerle al hombre que viene al mundo la primera sonrisa que engendra la confianza fundamental que ha de acompañarlo para el resto de su vida.

Se vive de ese amor primero que, normalmente, se recibe de las manos, los pechos y la mirada de la madre.

“Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien el amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo»” (v 26).

María está junto a la cruz dando vida. Atravesada de dolor, pero de un dolor que es expresión del amor más grande.

María está compartiendo la pasión de su Hijo. Diciendo “amén” a la entrega de Cristo al Padre para la reconciliación de todos los hombres.

Por eso, al pie de la cruz, la maternidad de María se amplía hasta hacerse universal, hasta alcanzarnos a nosotros, aquí y ahora.

El acto de devoción mariana que esta protagonizando en este día es expresión de esta maternidad espiritual de la Virgen.

Jesús sigue diciendo a María: “Mujer, aquí tienes a tus hijos”.

Jesús nos ha entregado a todos y a cada uno de nosotros a su madre. Nos ha confiado a ella, para que María realice en nuestra vida lo mismo con Jesús: enseñarnos a vivir según la Palabra de Dios, que ella había acogido primero en su corazón de mujer creyente.

“Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa” (v 27).

Jesús nos ha confiado también a su propia Madre. Nos ha entregado a ella, y nos la ha confiado como quien, en la hora suprema de la muerte, confía su bien más preciso.

Estamos celebrando y renovando el vínculo fundacional entre María y el pueblo de Maipú, su patronazgo, su maternidad espiritual.

¿Podemos decir cada uno de nosotros que tenemos y cultivamos una relación personal con María? ¿Qué ella forma parte de las cosas más preciosas de nuestra vida cotidiana?

Seguro que podemos afirmarlo. ¿Quién de nosotros, por pobre y débil que sea su seguimiento de Cristo, no se siente como en casa mirando una imagen o una estampa de la Virgen?


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Queridos hermanos y hermanas cristianos:

La Virgen de la Merced es la virgen de la libertad; y de la libertad que Cristo nos mereció con su sacrificio pascual.

María nos enseña a ser libres con la libertad de Cristo: libres para tomar la vida en nuestras manos, e imprimirle la única orientación digna del ser humano: el infinito, la verdad, el bien.

María nos enseña a ser libres para amar a Dios y para servir a nuestros hermanos.

Si el modelo de libertad que hoy está de moda es el individualismo egoísta que confunde libertad con desinhibición, derechos con deseos; la libertad que nos trajo Cristo es la que nos hace esclavos los unos de los otros por amor, la que abre nuestro corazón a Dios y a nuestros prójimos.

La verdadera libertad se mide en la capacidad que tenemos de entregarnos sin reservas a los demás.

A María le pedimos que siga acompañando el camino de nuestro pueblo, especialmente de las nuevas generaciones, para que podamos, con su ayuda y nuestro empeño, construir vínculos sólidos entre las personas, en las familias, en los barrios y en la comunidad más amplia de nuestro departamento, de nuestra querida Mendoza y de la patria Argentina.

Amén.


Lunes 24 de setiembre de 2012
+ Mons. Sergio O. Buenanueva
Obispo Auxiliar de Mendoza