Nos preparamos para la Fiesta Patronal Diocesana - 2da. Parte

 

“Mujer, bendito el fruto de tu vientre”
FIESTA PATRONAL DIOCESANA 2012



María, la Virgen de la Reconciliación


Querido hermano y hermana en Cristo:

La paz del Señor esté siempre con vos.
Un paso más en nuestras reflexiones sobre la figura de María. En la carta anterior habíamos contemplado a Nuestra Señora como discípula que escucha, cree y se entrega confiadamente a la Palabra.

Hoy quiero meditar sobre otro aspecto de su vida. Naciendo de María, el Hijo de Dios entra en la historia humana: se hace uno de nosotros. Es el Emanuel: Dios con nosotros. Así, Dios reconcilia al hombre consigo. Por eso, podemos llamar a María: la Virgen de la Reconciliación.

¿Qué significa la palabra “reconciliación”? El sentido original de la palabra quiere decir: reintegrarse a la vida comunitaria, después de alguna ruptura o separación. De ahí viene también: que vuelvan a la amistad los que estaban peleados o distanciados.

Para los cristianos, esta palabra tiene un sentido religioso más profundo. Lo explica San Pablo con unas palabras muy hermosas:

Cristo murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos… El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación.

Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios. (2 Co 5,15.17-20)

En estas palabras de San Pablo se inspira la oración que reza el sacerdote cuando nos absuelve de nuestros pecados: “Dios Padre misericordioso, que reconcilió al mundo consigo…”.

En Cristo, los hombres encontramos el perdón de Dios para nuestros pecados. Dios nos reconcilia consigo, nos recibe nuevamente en la comunión con Él, nos reintegra a su familia. Esta obra de reconciliación ha comenzado en el vientre de una mujer: María.

En el vientre virginal de María ha tenido lugar la Encarnación: el Hijo de Dios ha asumido como propia nuestra condición humana. Siendo rico se hizo pobre; en su Persona ha unido al hombre con Dios.

Este misterio de salvación se ha iniciado en María y ha alcanzado su plenitud en la Pascua: muriendo por nosotros, el Hijo de María ha quitado el pecado del mundo, resucitando nos ha dado la vida. En el fuego de su amor han sido quemados todos los pecados.

La palabra “reconciliación” recoge y expresa esta inmensa obra de amor y de misericordia.

En María, por tanto, ha comenzado a gestarse el perdón y la reconciliación. Ella conoce como nadie este misterio de redención. Lo ha vivido como mujer, con la riqueza propia del genio femenino. A la mujer se le ha confiado la vida; tiene con ella, especialmente con la vida más débil y vulnerable, una particular relación hecha de amor, ternura y cuidado. Esa sintonía interior con la vida les da a las mujeres una fortaleza particular. La discordia está hecha de fuerza bruta. La reconciliación y el perdón de la fortaleza del corazón.
María, al pie de la cruz de su Hijo, es la imagen más lograda de este misterio de reconciliación. Al contemplarla así, la Iglesia la invoca como refugio de los pecadores, auxilio de los cristianos y madre de la reconciliación.

Por otra parte, la reconciliación con Dios es también una poderosa fuerza para renovar la convivencia humana, sobre todo cuando se experimentan desencuentros, fracturas y odios profundos. San Pablo dice que Cristo, con su cruz, ha derribado el muro de odio que separaba a judíos y paganos.

Los discípulos de Jesús estamos llamados a trabajar por acercar los corazones, superar los odios, sanar las heridas. La convivencia social necesita del humilde reconocimiento de los propios pecados, de la reparación que exige la justicia y de la fuerza regeneradora del perdón.

Te propongo dos breves reflexiones:

1. Dejate reconciliar con Dios: María te muestra y ofrece constantemente a Cristo. Ella te invita a recibirlo con una fe muy viva. Si sentís el peso de tus pecados en tu conciencia, no te dejés ganar por la desesperanza. Volvé tu mirada a María que te está diciendo: ¡Dejate reconciliar con Dios! ¡Recibí a mi Hijo como tu Salvador y Redentor!
María te enseña a confiar en la misericordia de Dios, y a acercarte al Sacramento de la Reconciliación, para arrojar en el fuego del amor de Cristo todos tus pecados. El sacerdote es un instrumento de Cristo para que llegue a tu vida la palabra del perdón y de la reconciliación.

2. Servidores de la reconciliación: Es cierto, solo el sacerdote puede absolver los pecados. Pero todos hemos recibido el Espíritu Santo para vivir y comunicar la paz del Señor. La vocación de la Iglesia es ser, en medio del mundo, signo e instrumento de comunión, de paz y de reconciliación.

Te invito a que te preguntés: ¿cuál es mi aporte a la pacificación de los corazones, en estos tiempos de tanta violencia verbal y física? ¿Cómo puedo llevar la reconciliación al mundo que me rodea? ¿A quién tengo que perdonar? ¿A quién tengo que pedir perdón?

Vos también sos servidor de la reconciliación. Si la paz de Cristo gana tu corazón, podrás con seguridad ser testigo de reconciliación, allí donde Dios te ha puesto.


Con mi bendición,


+ Sergio O. Buenanueva
Obispo auxiliar de Mendoza