Homilía de la Misa de exequias de la Hna. Josefina.

 

El domingo 12 de agosto Monseñor Sergio Buenanueva, presidió la Misa por el fallecimiento de la Hermana Josefina de la Madre de Dios, ocd, realizada en el Carmelo.


Acaban de ser proclamados los textos de la Sagrada Escritura correspondientes a este XIX° Domingo del Tiempo Ordinario.

Tras las huellas de María, que escucha, contempla y repasa en su corazón lo que Dios obra, la Iglesia los ha escuchado con fe viva, reconociendo en ellos la voz de su Señor.

Es también la actitud de la esposa que, movida por la delicadeza del amor, está atenta a la voz del Esposo.

Esto es realmente algo maravilloso; un acontecimiento de fe: reunidos en este templo tan querido, en esta mañana de domingo, estremecidos por la partida de la Hna. Josefina de la Madre de Dios, nosotros somos parte de esta Iglesia orante y obediente a la Palabra.

Que la Palabra entonces ilumine lo que estamos viviendo. Nos ilumine, nos consuele y nos transforme interiormente.
Acogida con fe, la Palabra siempre produce un fruto abundante. Así obra el Dios sembrador que esparce con generosidad su semilla en el campo del mundo.


“Elías se levantó, comió y bebió, y fortalecido por ese alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios, el Horeb” (1 Re 19,8).

¿Dónde si no en el Carmelo podemos comprender esta escena bíblica?

Los carmelitas son los hijos e hijas cristianos del profeta Elías. “San Elías”, como ellos gustan en llamarlo.
Se reconocen a sí mismos en su experiencia espiritual, en su camino hacia el encuentro con el Señor. Un camino que va, del monte Carmelo hasta el Horeb, como nos dice hoy la Escritura.

Elías es el profeta imbatible. Su persona y su misión son una vorágine de fuego. Enfrenta a todos los poderosos, sostenido solo por el poder de Dios.

Sin embargo, en la escena de hoy lo contemplamos solo, invadido por el miedo y abatido hasta desearse y suplicar la muerte. Es un hombre probado hasta ese extremo.

Y es, así, un hombre de Dios. La prueba lo hará precisamente un verdadero testigo de Dios para su pueblo.
Alimentado misteriosamente por la mano providente de Dios, el profeta tendrá que caminar durante cuarenta días con sus noches, para encontrarse con Dios en la montaña santa.

En la Biblia, el número cuarenta indica usualmente el tiempo que necesitan las cosas para alcanzar su punto justo de maduración delante de Dios, y de cara a su misterio. Indica el tiempo de Dios para el hombre.

¿Podemos iluminar con esta experiencia del profeta el camino que ha recorrido nuestra querida y llorada Hna. Josefina, sobre todo, en estas últimas semanas?
¿Ilumina también el camino de esta comunidad cristiana del Carmelo de Mendoza?

No podemos dejar de preguntárnoslo, pues la Palabra nos ha sido dada para iluminar precisamente nuestro camino, sobre todo cuando se torna más oscuro y misterioso.

La Palabra, acogida con fe, nos introduce en el misterio de Dios, de su voluntad de salvación y de su gracia.

Nosotros nos acercamos con sencillez y humildad de corazón al misterio de Dios. Estamos en sus manos. No tenemos todos los hilos de la historia. Nos abandonamos a su Providencia, porque Él nos ha mostrado, en Jesucristo, que es nuestro compañero de camino. Así nos salva y nos redime.

El esposo, como en el Cantar de los Cantares, vino inesperadamente. Hizo oír su voz, tocando la puerta y llamando con insistencia. Después de un instante de vacilación, la esposa enamorada salió en su búsqueda. Nosotros, ahora, estamos celebrando este anhelado encuentro de Josefina con Cristo (cf. CC 5,1-8).


“Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna… Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6,47.49-51)

Con toda la Iglesia seguimos escuchando la enseñanza de Jesús, recogida por San Juan en el capítulo sexto de su evangelio. Cada tres años, la liturgia nos confronta con este imprescindible pasaje bíblico.

Se trata de una palabra fuerte; difícil de digerir. Terminará con una disyuntiva: seguir o dejar a Jesús, tomando en serio lo que Él ha dicho de sí mismo. La mayoría tomará otro camino.
Queridos hermanos y hermanas. Queridas monjas:

En el contexto tan significativo de esta liturgia pascual de exequias. Teniendo ante nuestra mirada el cuerpo mortal de la Hna. Josefina de la Madre de Dios que en seguida, como quien siembra una semilla, confiaremos a la tierra, sintámonos también nosotros interpelados por la pretensión de Jesús.

Este hombre pretende ser el centro del universo; el que tiene en su persona el destino de todos los hombres; el único que puede dar la Vida verdadera.

A esto apunta la sorprendente declaración: “Yo soy el pan bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6,48-51). Se trata de su propia Persona, no de algo que promete o da. Es Él mismo.
¿No es algo inaudito? ¿No tienen razón los que murmuran? ¿Cómo es posible que el hijo de José pretenda ocupar el lugar de Dios?

Y sin embargo, cuando un amor grande abre los ojos del corazón, la fuerza irresistible que brota de la Persona de Jesús hace comprender todo, con mayor claridad y certeza que la puede ofrecer un teorema matemático o un experimento científico.

Este hombre es Dios con nosotros, su Verbo hecho carne, el Salvador de la humanidad. Él es la resurrección y la vida.

En breves momentos, nosotros nos vamos a acercar a comer su carne portadora de Vida. ¡Cuántas veces Josefina de la Madre de Dios comulgó con el Cuerpo de Cristo y bebió la Sangre redentora!
En ella, como también en nosotros, se verificó la sentencia del Señor: “Les aseguro que el que cree tiene Vida eterna” (Jn 6,47).

No ocultamos nuestro dolor y tristeza. Sin embargo, la liturgia que estamos celebrando es expresión visible, tangible y sacramental de esta palabras de Jesús: “Les aseguro que el que cree tiene Vida eterna” (Jn 6,47).

Estamos celebrando el sacramento y misterio de nuestra fe. El que cree vive, aunque la muerte inexorable se haga presente. La presencia de Cristo, el Pan vivo bajado del cielo, es siempre más fuerte. El que cree en Él, tiene la Vida eterna.


Quisiera, para terminar, compartir con ustedes un último pensamiento. En realidad, una experiencia de fe.

A lo largo de estas semanas, desde el momento en que Hna. Josefina fue internada, el Carmelo se convirtió, de alguna manera, en el centro espiritual de nuestra Iglesia diocesana.

Esta comunidad, cuya vocación implica el silencio y el ocultamiento (“con Cristo en Dios”, como enseña San Pablo); que tiene además la misión de suplicar con insistencia por las múltiples necesidades de la Iglesia y del mundo; esta comunidad -repito- quedó en el centro de una intensa oración de intercesión, cuyo alcance nunca estaremos en condiciones de dimensionar.

¿Cuántas personas oraron por Hna. Josefina y sus cohermanas carmelitas? ¿Cuántos sacrificios fueron ofrecidos al Señor, pidiendo que, por encima de todo, se cumpliera su voluntad?

Me animo a decir, cumplidos más de treinta años de la llegada de las monjas a la Arquidiócesis, que el Carmelo está ya arraigado en la vida de esta Iglesia diocesana.

Arraigado “cristianamente”, es decir: por la pasión, la cruz y la resurrección.

A la flor y hermosura del Carmelo, a María Santísima, le confiamos el alma de nuestra querida Josefina. También a ella le confiamos la vida de nuestras queridas monjas, suplicando para esta comunidad el consuelo de Cristo.

Así sea.


+ Mons. Sergio O. Buenanueva
Obispo Auxiliar de Mendoza