1º Congreso Nacional de “Cautividad y esclavitud”.

 

Los días 8, 9 y 10 de agosto de 2012 se llevó a cabo el 1º Congreso Nacional de “Cautividad y esclavitud”, en Maipú, Mendoza. Organizado por la Orden de la Merced en Argentina y declarado de interés Legislativo, Educativo, Cultural y Político del Departamento de Maipú y de interés Legislativo por la Honorable Cámara de Senadores de la Provincia de Mendoza.
El Programa constó de 29 ponencias desarrolladas en 3 Jornadas divididas en 6 ejes temáticos:
- “Hombre y Libertad”,
- “Trata de Personas - Niños y adolescentes en riesgo social”,
- “Privados de libertad”,
- “Pobreza y derechos”,
- “Adicciones”,
- “Violencia y discriminación”.

El cierre “Cautividad en clave sistémica” estuvo a cargo del Dr. Alberto Montbrum, de la UNCuyo y UNLAR.), y R. P. Fray Dámaso Masabo, Procurador General y Director de Pastoral de la Orden de la Merced.

Para concluir el encuentro, se celebró la Eucaristía, presedida por Mons. Sergio Buenanueva en la Iglesia Nuestra Señora de la Merced.


Homilía de Monseñor Sergio Buenanueva.

Fiesta de San Lorenzo, diácono y mártir. Eucaristía de clausura del 1° Congreso de cautividad y esclavitud.

“El que quiera servirme que me siga,
y donde yo esté, estará también mi servidor”(Jn 12,26).

Con esta celebración eucarística estamos clausurando los trabajos del 1° Congreso de cautividad y esclavitud, organizado por iniciativa de la Orden de la Merced.
En nombre de la Arquidiócesis de Mendoza saludo a todos los participantes y organizadores, de manera especial al Maestro General de la Orden de la Merced Fray Pablo B. Ordoñez y al Superior Provincial Fray Carlos A. Gómez.

Fiel a su carisma y espiritualidad originarios, la Orden de la Merced mira los rostros sufrientes de los cautivos de hoy. Contempla en ellos el rostro de su Señor que, como hemos escuchado en el Evangelio, nos interpela con unas palabras cargadas de urgencia, pero también de una promesa que conquista el corazón: “El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor” (Jn 12,26).

El amor y la generosidad de Cristo nos impulsan a seguirlo allí donde Él está. El discípulo experimenta la impostergable necesidad de estar siempre con Jesús; de buscarlo, allí donde Él ha querido ser encontrado. De quedarse con Él, allí donde Él vive y camina.

Porque Cristo, vencedor de la muerte, vive. Y su vida de Resucitado es inseparable de la vida de sus hermanos, sobre todo de los más pobres. El Resucitado está allí donde alguien está crucificado. Está como compañero de dolor y, por eso, alentando la vida.

Es lo que testimonió el santo diácono Lorenzo, cuya memoria estamos celebrando. Interpelado por el poder que lo intimaba a la sujeción, Lorenzo presentó a los pobres como la verdadera riqueza de la Iglesia. Si ésta poseía algún bien material, era para ellos. Esa es la norma apostólica que ha de regir siempre la vida y misión de los discípulos de Jesús.

Los caminos del seguimiento y de la búsqueda de Cristo nos llevan siempre a lo largo de los caminos en los que yacen nuestros hermanos y hermanas más pobres; los que sufren las esclavitudes, tanto las antiguas como las nuevas.

Nuevas o antiguas, sin embargo, son siempre expresión de la crueldad y del egoísmo que pueden posesionarse del corazón humano y, desde allí, permear la convivencia social, las estructuras de poder, los mecanismos perversos de la injusticia.

Contra todas las utopías, nosotros sabemos que la lucha por la justicia y por la dignidad de las personas es una tarea nunca acabada. Nunca podremos darnos por satisfechos. Cada generación ha de hacerla suya, ha de confrontarse con las mismas y urgentes preguntas éticas, aunque los tiempos sigan su curso y el desarrollo tecnológico cambie las condiciones de vida. Siempre resonará en la conciencia del hombre la pregunta por el hermano, por su dignidad, por su libertad vinculada a nuestra propia libertad.

Los caminos de Jesús, el Redentor y Liberador, son también misteriosos. Para quienes se animan a transitarlos, suponen el encuentro con muchas personas, incluso no creyentes, pero animadas también por el mismo fuego, por la misma pasión que animara el corazón del Señor: el amor por cada ser humano concreto, con historia, rostro y nombre precisos.

Los caminos de Jesús son siempre caminos de profunda humanidad, incluso cuando suponen una confrontación directa y brutal con el misterio del poder abrumador del mal. No es extraño, pues, que las horas más oscuras de la humanidad hayan sido también testigos de los actos más nobles del corazón humano. El martirio de San Lorenzo, como también de tantos otros, es un testimonio elocuente de esta pujanza de la vida humana, alentada siempre por el Espíritu de Cristo.

Todo esto tiene que darnos un sentido sobrenatural de esperanza y de fe a la hora de mirar de frente la multitud de desafíos que se presentan a la acción pastoral de la Iglesia y a la nunca acabada tarea de buscar la justicia en la sociedad moderna.

El Congreso ha pretendido tener una mirada interdisciplinar. Ha buscado deliberadamente un enfoque sistémico de los complejos problemas que ha abordado. Es el camino correcto. Aquí, como en otros grandes temas de debate público, no hay lugar para propuestas mesiánicas.

Uno de los rasgos más positivos de la moderna sociedad plural es precisamente éste: nos pone a todos ante el desafío de la reciprocidad. Tenemos que escucharnos, dejarnos interpelar por la mirada alternativa y buscar juntos los caminos más eficaces para hacer más humana nuestra convivencia ciudadana.

Los discípulos de Cristo nos sentimos interpelados, en primera persona, a participar del debate público, aportando la riqueza de nuestra fe y del humanismo que de ella se desprende. Como el mismo Señor lo hizo siempre, nuestra palabra se dirige, ante todo, a la conciencia y a la libertad de las personas. El mensaje del Evangelio es precisamente eso: buena y alegre noticia de libertad y de plenitud para el corazón humano.

Que esta experiencia compartida nos ayude a todos a seguir caminando en la dirección correcta de la comunión y de la fraternidad que brotan del Evangelio. La Orden de la Merced tiene también aquí un fascinante campo de acción.

La Iglesia diocesana de Mendoza se siente agradecida con Dios por esta fecunda presencia de la familia mercedaria, a la vez que suplica a Dios para que este carisma siga produciendo frutos abundantes de vida y de libertad.
Nos confiamos a la intercesión benevolente de Nuestra Señora de la Merced, madre y redentora de los cautivos.

Así sea.


+ Mons. Sergio O. Buenanueva
Obispo Auxiliar de Mendoza.