El camino penitencial de la Cuaresma

 

Pbro. Lic. Sergio O. Buenanueva

Con el rito de la imposición de las cenizas comenzamos a transitar el camino penitencial de la Cuaresma.

La Iglesia nos invita a realizar actos explícitos de penitencia: privación voluntaria de alimento, una oración más intensa y una mayor generosidad con los pobres.

La penitencia es un valor profundamente religioso. El origen y el término del acto penitencial es el Dios vivo y misericordioso. Ayunamos “para Dios”, no para nosotros mismos (cf. Zac 7,5).

Por eso la Iglesia habla de la “penitencia interior”, describiéndola como dolor por el pecado cometido, remordimiento por el amor traicionado, deseo sincero de conversión y compromiso de cambio de mente y de conducta.

La penitencia, el arrepentimiento y la misma conversión son -no lo olvidemos jamás- gracia de Dios; obra exquisita del amor de Dios en nosotros.

La penitencia, el arrepentimiento y la misma conversión es -no lo olvidemos jamás- gracia de Dios. Es obra exquisita del amor de Dios en nosotros.

No solo el perdón es un don gratuito de la misericordia divina, el mismo dolor por el pecado ya es un signo de la acción poderosa de la gracia de Dios que se adelanta, viene en nuestra ayuda, e impulsa nuestra libertad para que emprenda el camino del hijo pródigo: volver a la casa del Padre.

Hace cuarenta años, el gran Papa Pablo VI promulgaba la Constitución apostólica Paenitemini (“¡Conviértanse!”), para reformar la disciplina penitencial de la Iglesia, habida cuenta de la rica doctrina del Concilio Vaticano II.

De este hermoso -y un tanto olvidado- documento extraigo un largo párrafo, para completar las reflexiones que les he ofrecido.

Está tomado de la IIIª parte de la Constitución, que introduce las disposiciones disciplinares.

“Por ello, la Iglesia -al paso qué reafirma la primacía de los valores religiosos y sobrenaturales de la penitencia (valores capaces como ninguno para devolver hoy al mundo el sentido de Dios y de su soberanía sobre el hombre, y el sentido de Cristo y de su salvación)- invita a todos a acompañar la conversión interior del espíritu con el ejercicio voluntario de obras externas de penitencia:

a) Ante todo insiste en que se ejercite la virtud de la penitencia con la fidelidad perseverante a los deberes del propio estado, con la aceptación de las dificultades procedentes del trabajo propio y de la convivencia humana, con el paciente sufrimiento de las pruebas de la vida terrena y de la inseguridad que la invade, que es causa de ansiedad.

b) Los miembros de la Iglesia afligidos por la debilidad, las enfermedades, la pobreza, la desgracia, o «los perseguidos por causa de la justicia», son invitados a unir sus dolores al sufrimiento de Cristo, para que puedan no sólo satisfacer más intensamente el precepto de la penitencia, sino también obtener para los hermanos la vida de la gracia, y para ellos la bienaventuranza que se promete en el Evangelio a quienes sufren.

c) Los sacerdotes, más íntimamente unidos a Cristo por el carácter sagrado, y quienes profesan los consejos evangélicos para seguir más de cerca el «anonadamiento» del Señor y tender más fácil y eficazmente a la perfección de la caridad, han de satisfacer de forma más perfecta el deber de la abnegación.

La Iglesia, sin embargo, invita a todos los cristianos, indistintamente, a responder al precepto divino de la penitencia con algún acto voluntario, además de las renuncias impuestas por el peso de la vida diaria.”


La enseñanza de la Iglesia es luminosa. Quisiera volver sobre ella en próximas entregas.

Que el inicio de la Gran Cuaresma nos permita transitar en comunión el camino penitencial del mismo Señor Jesús.