Acto en la Legislatura por el aniversario de Mons. José María Arancibia.

 

El reconocimiento se realizó hoy, miércoles 6 de junio, a las 10 de la mañana en la Honorable Cámara de Diputados de la provincia.


El obispo agradeció el reconocimiento con el siguiente testimonio:

“Mi testimonio personal no puede comenzar sino dando gracias por la fe en Jesucristo: luz maravillosa y verdad suprema, que marca el camino seguro de la vida; que alegra, acompaña y consuela. El encuentro con Jesús, como Señor y Redentor, es siempre fuente inagotable de gozo y de esperanza.

Agradezco a Dios por haberme invitado, primero a la fe, y luego a su servicio, sin mérito de mi parte. Me complace repasar en esta ocasión tantos años vividos, que no han sido previsibles ni fáciles. Pero saberme llamado por el Señor, me tranquiliza y por ello apelo a su presencia prometida y siempre operante. La conciencia personal de ser simple servidor, signo e instrumento del supremo Pastor, me obliga a reconocer la pobreza de las propias fuerzas, y a confiar en el poder de su gracia. Los muchos años transcurridos, me mueven tanto a dar gracias, como a pedir perdón; porque los límites y errores se hacen evidentes e inocultables; ante Dios y ante el pueblo.

Doy gracias a la Iglesia, a la que aprendí a descubrir, y a querer, siempre más. Me alegra haber vivido su proceso de constante renovación, que he seguido desde el Concilio Vaticano II. Me consta que busca ser más fiel a la misión en el mundo, que Jesús le encomendó. Para ello, ha vuelto sobre la Palabra y la Tradición; mirando a los santos y los sabios de muchos siglos. Reconozco que este feliz recurso a las fuentes me ha servido personalmente, sobre todo en momentos de dudas y dificultades. Al definir la Iglesia su identidad, como: participación en la comunión trinitaria en la tensión misionera, medito una y otra vez sobre: su origen y su misión, a la luz de la fe. Por lo demás, el oficio de obispo no lo he elegido yo, sino la misma Iglesia, que hizo el debido discernimiento, con la benignidad y misericordia que mi corazón intuye y reconoce.

Como parte de la Iglesia debo reconocer, ante todo, a mi familia y parentela, en la cual viví la experiencia del trabajo honesto y del servicio, si bien de manera más humana que religiosa. En mi formación y ministerio, he conocido luego a gente de fe convencida, esperanza firme, y amor intenso. Doy gracias al Altísimo por ellos, y a ellos mismos, vivos y difuntos, por su apertura a la gracia y su testimonio de vida.

La misión de los cristianos es siempre comunitaria; porque como creyentes formamos el Cuerpo de Cristo; y como apóstoles somos enviados por el único y supremo Pastor. A quienes me conocieron de cerca, debo gratitud sincera y muchas disculpas, con la sencillez de la verdad, que deja de lado todo exceso o exageración.

En estos días, con gente de las comunidades y colaboradores de Mendoza, he podido celebrar este doble aniversario; les debo su participación amigable y la organización de todo lo que con dedicación prepararon. Gracias de todo corazón.

De la Iglesia diocesana me alienta su caminar de evangelización, misión y promoción, para lo cual ha recibido en estos años fuerte impulso del Espíritu Santo. Por el contrario, me aflige y cuestiona en Mendoza, un progreso humano no siempre integral y equitativo, y una acción apostólica todavía insuficiente y cargada de grandes desafíos.

Frente al mundo de la increencia, y de la fuerte crítica a la Iglesia y al sacerdocio: me siento impulsado providencialmente a volver al fundamento mismo de mi opción por Jesús y por el servicio misionero. Sobre todo, a meditar más asiduamente la Palabra del Señor, que marca el camino de quienes lo siguen a Él, y de los llamados a evangelizar y bautizar, en Su nombre. Cristo ha prometido una felicidad que el mundo no suele entender ni compartir.

Al reconocer una pastoral a veces débil e insuficiente, y más aún los escándalos de gente de Iglesia, me siento obligado a pedir perdón a Dios, y a cuantos corresponda, retomando la invitación de la misma Iglesia a la conversión personal y pastoral.

Ante las variadas profesiones de la sociedad, incluida la política y el gobierno, reconozco que la historia reciente de la Iglesia me ha ayudado a valorar a todos; a respetar su legítima autonomía en el propio ámbito; a apreciar los progresos que las ciencias y técnicas les han aportado. Me doy cuenta, más que antes, que el bien completo de los hombres no podemos lograrlo sino desde un servicio compartido, constante y respetuoso.
Necesita del esfuerzo del pueblo, que debe crecer en responsabilidad ciudadana y laboriosidad; y -por supuesto- de la dedicación responsable y honesta de los constructores de la sociedad, en sus roles diversos y complementarios. Sólo entonces tiene lugar el auténtico reconocimiento y la gratitud. No obstante, las circunstancias históricas están exigiendo a todos una necesaria revisión y un cambio decidido.

Por último, la trayectoria reciente de la Iglesia y del mundo me animan a valorar el papel de la razón y de la fe; de la filosofía y del conjunto del saber; de la religiosidad y de la teología. Todas las ciencias y las artes, como la misma sabiduría popular, transitan un proceso vertiginoso de cambio, con valiosas oportunidades. Sin embargo, no logran echar suficiente luz, ni conducir a la humanidad, por un camino sereno, pacífico, y realmente feliz. Aun con esperanza, seguimos enumerando, insatisfacciones, problemas graves, desafíos, y situaciones de crisis. En tal contexto, renuevo sin embargo, con plena confianza, el servicio que puedo prestar a todos, sin distinción, desde Jesucristo y su Evangelio; desde la verdad sobre el hombre y su destino, que de allí brotan. Por supuesto, con el debido respeto a la libertad de cada uno, y a sus opciones de vida. Pero conciente, al mismo tiempo, que nos entristecen hoy males, que no siempre son inevitables; sino que esperan emprendimientos decididos y compartidos, en favor del bienestar integral y de la paz social.”

José María Arancibia
Arzobispo de Mendoza