Celebración por los 25 años de episcopado de Monseñor José María Arancibia.

 

El pasado sábado 26 la Iglesia de Mendoza celebró los 25 años de episcopado de Monseñor José María Arancibia con una misa de acción de gracias en el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, en el Challao.

La ceremonia, presidida por el homenajeado, comenzó minutos después de las 10 con la entrada de la Virgen del Rosario, patrona de nuestra provincia. Contó con la presencia del Señor Cardenal Estanislao Esteban Karlic, Arzobispo emérito de Paraná; el Señor Nuncio Apostólico en Argentina, Monseñor Emil Paul Tscherrig; Mons. Alfonso Delgado, Arzobispo de San Juan de Cuyo; Mons. Carlos Franzini, obispo de Rafaela; Mons. Marcelo Colombo, obispo de San Ramón de la Nueva Orán; Mons. Pedro Daniel Martínez, obispo de San Luis; Mons. Jorge Lona, obispo emérito de San Luis; Mons. Sergio Buenanueva, obispo auxiliar de Mendoza.

Luego de la comunión, el Nuncio Apostólico en Argentina, Mons. Tscherrig, leyó una carta del Sumo Pontífice Benedicto XVI por los 25 años de episcopado y los 50 de sacerdocio de Arancibia (ver Destacados). Llegado su turno, Monseñor compartió un emotivo mensaje con toda la comunidad presente.

Al terminar la Santa Misa, Monseñor recibió una réplica del monumento del Cristo Redentor, realizada por un escultor mendocino, junto con el saludo de los sacerdotes presentes, sus familiares y amigos y la gente que se acercó a compartir este inolvidable momento.

Posteriormente, a partir de las 13 hs, se llevó a cabo un sencillo brindis en las instalaciones del Predio Ferial de la UCIM, en agradecimiento a nuestro Pastor por tantos años de incansable entrega y servicio a la Iglesia.


Homilía pronunciada por Mons. Carlos María Franzini, obispo de Rafaela.

Queridos hermanos:

1. La página evangélica que acabamos de escuchar está tomada de los últimos versículos del Evangelio según San Juan, conocidos como el “apéndice” o epílogo del cuarto Evangelio, en el que el evangelista nos ha guardado el relato de la última aparición del Resucitado antes de su Ascensión. Es un relato cargado de intimidad y hondura espiritual y afectiva. Hermosa página que nos habla de la profunda comunión de vida y misión suscitada entre el Maestro y los Apóstoles.

2. Se trata del epílogo de una historia de amor que había comenzado años atrás con aquella primera mirada del Señor y el cambio de nombre: “…Tú te llamarás Cefas, que traducido significa Pedro…” (Jn 1,42), insinuando ya la misión que le sería encomendada. Mirada que encontró su contrapartida después de la pesca milagrosa, cuando Pedro se vio en su realidad más profunda: “…Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador…” Y una vez más, la mirada tierna y la palabra comprometedora que invitan al seguimiento y la misión: “…No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres…” (Lc 5, 8ss)

3. Historia que -como toda historia de amor- tuvo alternativas dramáticas y gozosas, dudas y desconciertos, cuestionamientos y reproches, avances y retrocesos, arranques heroicos y pérfidas traiciones. Historia de amor regada con lágrimas y fecundada en la prueba.

4. De esta historia es epílogo la escena evangélica proclamada, que está precedida por ese diálogo esencial sostenido por Pedro y el Maestro: “¿…Me amas más que estos?...tú lo sabes todo, sabes que te quiero…” (Jn 21, 15ss). Como sucede entre los amigos auténticos, sólo bastan unas pocas palabras para decirse su amor, su fidelidad a toda prueba, su deseo de acompañarse hasta el fin. Por eso este último sígueme reasume y lleva a plenitud el amor de la invitación inicial y ya no necesita de aclaraciones ni de matices. El Maestro y Amigo llama y eso basta. Hacía tiempo que Pedro había intuido que sólo Jesús tenía palabras Vida eterna y era capaz de saciar la sed de Absoluto que anida en el corazón de todo hombre, también en el suyo. Esta certeza, arraigada en el corazón por la vida compartida, se hace ahora disponibilidad y entrega. De hecho, su última respuesta al sígueme sólo será dada en el sí definitivo del martirio, haciendo carne en sí mismo aquello de que “…No hay amor más grande que dar la vida por los amigos…” (Jn 15, 13)

5. Así, el itinerario vocacional de Pedro se constituye en paradigma de toda vocación al ministerio apostólico. Precisamente por ello San Agustín, al referirse al ministerio ordenado, lo llama amoris officium, servicio de amor recibido y entregado “hasta el extremo”.

6. Sí, mis queridos hermanos, también de esto se trata cuando hablamos del ministerio episcopal. El obispo es llamado por Dios, a través de la Iglesia, para un servicio de amor en favor del pueblo que le es encomendado. Pura gracia que, como todo don de Dios, necesita ser correspondido con generosidad creciente y entrega incondicional. Don que se recibe como signo de amistad peculiar y, al mismo tiempo, con humilde conciencia de la propia debilidad. También el obispo, como San Pablo, experimenta que el poder de Dios triunfa en la debilidad y –paradójicamente- sólo se es fuerte en la debilidad (cfr. 2 Cor 7ss.).

7. Hoy estamos reunidos para dar gracias a Dios por el don del ministerio episcopal de nuestro hermano, el Arzobispo José María. Don de Dios para la Iglesia, del que se han beneficiado en estos veinticinco años no sólo la Iglesia de Mendoza sino también la Iglesia de Córdoba, la Iglesia en Argentina y la Iglesia universal. Don asumido como lógica consecuencia de quien ha querido vivirlo por Jesús y su evangelio, como reza su lema episcopal. Don asumido con plena conciencia de la propia debilidad pero con la absoluta confianza de aquel que todo lo puede en el Dios que lo conforta.

8. Pero – además- también hoy queremos darte gracias a vos, querido Pepe, por tu entrega generosa; por la seriedad y el compromiso de tu servicio; por la pasión puesta en la causa del Evangelio y en la búsqueda de respuestas acordes a los desafíos actuales; por esa sana inquietud, que no se conforma con la respuesta simplista o la solución fácil. La componenda o la mediocridad no entran en tu horizonte ministerial. Y eso nos hace mucho bien a todos. Sobre todo en tiempos en los que se espera de nosotros que seamos antes testigos que maestros.

9. Permítanme finalmente un testimonio más personal. He tenido la gracia y el gozo de compartir muy de cerca buena parte de los años episcopales de Monseñor Arancibia. Sólo quisiera destacar dos aspectos de su ministerio episcopal. Seguramente podrían señalarse muchos más. Y esta fiesta podría ser la ocasión para que cada uno de nosotros haga un ejercicio de memoria agradecida por todos los dones que Dios nos ha regalado a través de su ministerio episcopal.

10. He podido trabajar junto a él, y aprender de él, cuando era Secretario General de la Conferencia Episcopal Argentina y yo su Subsecretario. En aquellos años y desde entonces, he apreciado su pasión por la Iglesia, gozando y sufriendo lo que entraña vivir su Misterio. Pasión que compromete y estimula, pero que él vive con sobria expresión y tenaz perseverancia, a pesar de todo. Que esta celebración sea una nueva oportunidad para que todos renovemos nuestro amor y fidelidad a la Iglesia, para hacer cada día más de ella casa y escuela de comunión y misión.

11. Ya antes de ser obispo manifestaba su amor preferencial por los sacerdotes y lo concretaba en una dedicación peculiar a sus hermanos del presbiterio cordobés (y también de otras diócesis). Con el episcopado se afianzó y desplegó más aún esta “vocación particular”, tan necesaria en la vida de los obispos. ¡Cuánto debemos en la Iglesia Argentina al servicio brindado por Mons. Arancibia desde la Comisión Episcopal de Ministerios! Sólo baste señalar todo lo hecho por él en favor de la formación inicial y permanente de los presbíteros de nuestra patria. Que esta celebración sea un estímulo para que todos en la comunidad cristiana valoremos, cuidemos y acompañemos a nuestros sacerdotes. Al mismo tiempo a los presbíteros, “próvidos colaboradores del orden episcopal”, esta celebración les anime a una colaboración más generosa y leal con el obispo, en bien de todo el pueblo de Dios. Y a todos, pastores y fieles, esta celebración nos comprometa a la oración ferviente y el compromiso perseverante en favor de las vocaciones sacerdotales.

12. Volviendo al texto evangélico que ha iluminado nuestra celebración contemplamos a Pedro, invitado al seguimiento. También hoy, al celebrar los 25 años de su ordenación episcopal, Mons. Arancibia vuelve a escuchar en su corazón creyente un nuevo “…sígueme…” Como a Pedro, tampoco a él se le darán demasiadas respuestas, sólo se le pide profundizar el seguimiento. Como a Pedro lo sostienen la fe y el amor y la certeza inquebrantable de la fidelidad del Amigo que no falla. Pero también le será necesaria nuestra gratitud traducida en oración, cercanía y colaboración eficaz y afectuosa. La Eucaristía que celebramos sea el mejor modo de manifestar este propósito.


Saludo de Mons. José María Arancibia en sus bodas de plata como obispo.

Estoy agradecido y muy contento, por este momento de acción de gracias que estamos viviendo juntos.

Ante todo, doy gracias a Dios, y a ustedes, de todo corazón.

Quiero expresar una especial gratitud a quienes han venido de lejos: al Cardenal Estanislao Karlic, al Señor Nuncio Mons. Tscherrig, a los demás hermanos obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, familiares y amigos. A todos los aquí presentes, que han querido a compartir hoy la Eucaristía.

Me atrevo a hacerles una confidencia:
Cuando hace ya más de 25 años, el Sr. Nuncio de entonces me comunicó la decisión del Papa, me sentí complacido de ser elegido para obispo; pero al mismo tiempo, bastante abrumado.

En aquellos días repasé la rica doctrina de la Iglesia sobre el ministerio episcopal. Junto con las felicitaciones, iba recibiendo mil recomendaciones, sobre cómo debe ser y actuar un obispo. El peso en el corazón, no disminuía, sino se hacía más grande todavía.

Me alentó una descripción más sencilla y personal del ministerio episcopal. Surgió espontáneamente. Si mal no recuerdo, en una gruta de la Virgen de Lourdes.

En estos años, creo no haberla compartido todavía. Está hecha al modo de acróstico. ¿Que significa ser obispo?:
O - B: obrero de la Buena Noticia
I - S: inútil servidor
P - O: pobre y humilde

Cada una de las palabras tiene una especial resonancia, leídas y meditadas a la luz del Evangelio de Jesucristo (cf Lc 17,10).

Hoy me alegro de recordarlo y de compartirlo con todos ustedes. Doy gracias al Señor, por esta singular vocación en la Iglesia. Renuevo mi deseo de vivirla al servicio de todos: Por Jesús y el Evangelio (cf Mc 8,35).

La vida regalada en tantos años, me impulsan a ser muy agradecido. Aunque también a reconocer, ante Dios y ante ustedes: tantas limitaciones y errores.