Homilía de Mons. Sergio Buenanueva por los actos del 25 de mayo.

 

En el marco de los festejos por la Revolución de Mayo, se realizó la celebración del Te Deum en la Parroquia Nuestra Señora del Carmen de San Martín.




Una vez más estamos reunidos para alabar, dar gracias y suplicar al Creador por nuestra Patria Argentina. Lo hacemos en esta Iglesia parroquial dedicada a “Nues-tra Señora del Carmen” en la ciudad que lleva el nombre y las huellas del Libertador General Don José de San Martín.
Permítanme iniciar mi reflexión con algunos recuerdos personales. Tienen que ver con que estamos por cumplir treinta años de la recuperación de la democracia.
Como muchos de mi generación, yo también voté por primera vez el 30 de octubre de 1983. Con mi padre, ya fallecido, y un hermano, fuimos a votar a la Escuela “San Martín”, ubicada a pocas cuadras de esta iglesia. A las 08:00 de la mañana ya había una pequeña multitud de hombres esperando para entrar a la escuela.
En algún momento se izó la bandera y, espontáneamente, se entonaron las estrofas del Himno nacional, seguidas de un fuerte aplauso. Una emoción honda y sincera embargó a todos los presentes. Estas cosas quedan grabadas en la memoria afectiva de las personas. Así me ocurre a mí, y por eso lo evoco en este momento.
Parecían quedar atrás años oscuros y dolorosos por el grado de desprecio de la ley, de la convivencia ciudadana y de la vida democrática pero, sobre todo, de un desprecio por la dignidad del ser humano que aún hoy nos deja perplejos. Se percibía en el ambiente como una corriente de aire fresco: un futuro de más libertad y dignidad estaba ahí, al alcance de la mano.
Hace unos meses, conversando con un amigo y compañero de estudios, también obispo, evocábamos estas cosas, y nos preguntábamos: ¿Qué ha sido de nuestra democracia? ¿Qué hemos hecho con ella? ¿Cuál es su estado actual de salud? ¿Cómo sigue todo esto? ¿Qué lograremos ver de los sueños de aquellos jóvenes que votaban por primera vez? ¿Qué responsabilidad nos cabe a nosotros de cara al futuro, como cristianos, pastores y ciudadanos?
No pretendo responder aquí estas preguntas. Tampoco son preguntas puramente retóricas, cuya respuesta conozco por alguna especie de iluminación especial. No: son interrogantes abiertos y en busca de una luz orientadora.
Como creyente, confío en la luz que brota de la Persona de Jesucristo, de su Palabra y de la fuerza de su Espíritu. Confío también en la enseñanza segura de la Iglesia. Un cristiano es, ante todo, un discípulo que debe, todos los días, disponerse a escuchar y a discernir la verdad de la mentira, el error y el engaño. La fe cristiana nos hace inquietos buscadores. Nos da también la confianza en la presencia amiga de Dios que, con su Verdad, ilumina y sostiene las búsquedas hu-manas.
En estos treinta años, Argentina y Mendoza han visto desplegarse muchos fenóme-nos sociales y culturales nuevos, algunos muy prometedores, otros que despiertan fuertes interrogantes y preocupaciones.
Somos, hoy por hoy, una sociedad más plural, más complicada, más celosa de sus libertades y derechos. La revolución tecnológica nos ha obligado a desarrollar nue-vas y más sofisticadas habilidades. Aunque también tenemos que reconocer que, en muchos aspectos, tenemos un índice alto de vulnerabilidad espiritual y moral que se manifiesta, entre otros indicadores, en la fragilidad de los vínculos humanos, en la persistencia de la pobreza, la corrupción o las conductas adictivas.
Enfrentamos juntos el desafío de construir una sociedad más humana. Es por eso que necesitamos descubrir las claves de un renovado humanismo.
Así como estamos desarrollando una conciencia ecológica cada vez más sensible y aguda, también hemos de desarrollar una auténtica “ecología humana”. Es decir: si la naturaleza que nos rodea tiene que ser conocida, respetada y cuidada con esmero en su delicado equilibrio -es nuestra casa y debe seguir siéndolo para las generaciones futuras-, con mucha mayor razón tenemos que crecer en nuestra habilidad para cuidar nuestra propia humanidad.
El hombre es un delicado microcosmos que lleva inscrito en su propio ser un lenguaje cuyas leyes hemos de conocer, interpretar y respetar.
Esta tarea de edificar una sociedad a la medida de la verdad completa del ser hu-mano es un empeño de todos los ciudadanos. Quienes profesamos la fe en Dios nos sentimos urgidos a tomar parte en esta tarea común. La fe cristiana y la tradición católica son portadoras de un rico patrimonio de humanidad. Es el humanismo cristiano que, como savia vital, continúa vivificando el alma de nuestro pueblo. En los textos bíblicos que acabamos escuchar aparecen algunos de sus rasgos distintivos.
Contemplando la inmensidad de la creación, el salmista pregunta al Creador: “¿Qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides?” (Sal 8,5).
Todo ser humano lleva en su corazón este interrogante. Se pregunta por sí mismo, por su identidad, por su destino y su lugar en el mundo.
Para quienes tenemos una visión religiosa de la vida el hombre es, ante todo, criatura de Dios. No es fruto del azar, la casualidad o la irracionalidad. Ha sido pensado, amado y creado por el Dios amigo de la vida. El hombre es verdaderamente libre cuando acoge este don, no cuando manipula arbitrariamente su naturaleza con la ilusión de construirse a sí mismo desde una libertad absoluta. Si entra por este camino de desprecio de su propia verdad, solo encuentra mentira, tristeza y frustración.
Es además una persona, no un objeto o un medio para alcanzar un fin. Es alguien que lleva en su propio ser la huella de Dios, su imagen, su soplo. Esta es su dignidad, anterior a todo ordenamiento jurídico, es la base y fundamento de toda la vida social. El hombre como persona, imagen de Dios en su realidad histórica concreta, es el alma y el corazón del humanismo cristiano. La enseñanza social católica se desarrolla a partir del principio que afirma la inviolable dignidad de la persona humana.
Creado a imagen y semejanza de Dios, el hombre es uno en cuerpo y alma. No tiene un cuerpo, es su propio cuerpo. Si escucha sin prejuicios ideológicos el lenguaje de su propia corporeidad, el hombre descubre su genuina identidad personal y se descubre llamado a la comunión, a la reciprocidad, a la complementariedad. Este mensaje está especialmente custodiado por la verdad de la sexualidad humana: “Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer” (Gen 1,27). Por el contrario, si disocia el mensaje de su cuerpo de su propia libertad instala la desintegración en el centro mismo de su personalidad, con graves consecuencias para toda la sociedad y cultura humanas.
En el relato evangélico que acabamos de escuchar, Jesús restaura la dignidad humana de un joven, ante el pedido angustioso de un padre que ha acudido a él con una fe humilde y confiada. El encuentro con Jesús y su Evangelio humaniza a todo aquel que se abre con fe a su verdad.
Para los cristianos, el misterio del hombre solo se desvela en toda su amplitud y profundidad al contemplar a Jesucristo, el Salvador de todos los hombres. Solo Él vence la fuerza disgregadora del pecado y le da al hombre la certeza de una esperanza sobre la que fundar toda su existencia. Él es Dios con nosotros. En el centro del humanismo cristiano está el Dios amor revelado en Jesucristo. El Dios cuya cercanía sana y eleva al hombre. En la obediencia a su Palabra se juega su destino eterno.
La misión de la Iglesia es predicar esta cercanía y presencia de Dios, abrir los corazones a la fe, la adoración y a la alabanza y, de esta manera, humanizar el mundo. Porque la apertura a Dios es el factor decisivo del humanismo cristiano. Con Dios o sin Él, todo cambia. La misión de los creyentes, en el seno de la sociedad, sigue siendo invitar a todos a descubrir la fuerza liberadora del primer mandamiento de la Ley: ama con todo tu corazón a Dios, dale el culto que le es debido, vive en su presencia y encontrarás la paz de quien vive en la verdad.
Estas son algunas claves fundamentales del humanismo cristiano. Los cristianos no pretendemos imponerlo al Estado y a la sociedad. Ofrecemos nuestra visión del hombre como quien comparte una riqueza que no puede guardar para sí mismo.
El futuro de nuestra Patria depende, en gran medida, en que acertemos a edificar nuestra convivencia sobre el fundamento sólido y resistente de la verdad integral del hombre. Su ofuscación, relativización o negación ya nos han llevado por caminos de muerte.
En la encrucijada de los tiempos que vivimos roguemos a Dios que nos haga dóciles a la verdad.

Mons. Sergio Buenanueva
Obispo Auxiliar