Misa de la Vigilia Pascual

 

Celebración en la Catedral de Nuestra Señora de Loreto. Sábado 7 de abril de 2012

"El mensaje pascual de este año, tiene como centro esta experiencia fundamental: el encuentro con Jesucristo, que es preciso reavivar, para que transforme la vida por entero".

Homilía de Mons. José María Arancibia en la Vigilia Pascual

1. Jesucristo es en verdad la luz del mundo


La celebración de esta noche expresa nuestra fe y esperanza en Cristo Resucitado. Al mismo tiempo, representa nuestra humilde búsqueda, y contiene una súplica confiada, para ser mejores creyentes. Así lo siento: es una necesidad reconocida, en una vida que avanza entre luces y sombras; propias y del ambiente actual.

Hemos comenzado con el "lucernario": un antiguo rito, que al terminar el día y encender la primera luz, recuerda y clama por la luz que nunca termina; la que alumbra el corazón: Cristo, la luz eterna. El mensaje pascual de este año, tiene como centro esta experiencia fundamental: el encuentro con Jesucristo, que es preciso reavivar, para que transforme la vida por entero.

La luz es para todos el símbolo del bien, de la verdad, de la alegría; del nacer y de la vida misma. La oscuridad y las tinieblas, en cambio, representan todo lo contrario. En la Biblia, aparece como creatura de Dios, y a la vez, expresa su grandeza y majestad; su sabiduría, que todo lo alcanza y comprende. Respecto a la vida humana, la buena conducta se describe como una senda de luz; mientras que el mal camino es andar a oscuras. Desde la antigua alianza, el creyente encuentra en la Palabra de Dios una lámpara, que le permite caminar con plena confianza. La salvación prometida, fue anunciada por los profetas, como una luz que debía brillar en medio de las tinieblas.

En la nueva alianza, Jesucristo es la luz del mundo. La visita del sol naciente que trae a la humanidad la misericordia de Dios. Su esplendor alegró a los pastores de Belén, y guió a los Magos de Oriente. Completó la expectativa del anciano Simeón. Y deslumbró a los apóstoles en el monte Tabor. Una luz especial iluminó luego la conversión de san Pablo, y liberación de san Pedro, cuando estuvo en la cárcel.

2. ¿Cómo recibimos la luz que Cristo ha traído al mundo?

Esta noche es una oportunidad para agradecer la fe en Cristo, y a la vez, para suplicarla de corazón, como don de lo alto. La venida de la luz al mundo fue, y es aún ahora, un regalo del cielo y un verdadero drama. La luz verdadera, que era vida para el mundo, vino a los suyos, -escribe san Juan- pero ellos no la recibieron (cf Jn 1,11). Los evangelios hablan de ciegos que no quieren ver y de sordos que no quieren oír. El mismo Jesús dijo, que algunos prefieren las tinieblas a la luz, porque sus obras son malas, y por eso odian la luz; no quieren ser descubiertos (cf Jn 3,19-20).

La fe es un don de Dios. Nadie puede comprarla ni imponerla. Sin embargo, consuela saber que el Padre Dios nos atrae hacia Él, por medio de Jesús, que pasó haciendo el bien; que fue admirado por su enseñanza, su bondad y sus milagros. Los que respondieron a la invitación de creer, tuvieron siempre una singular alegría, como María (Lc 1,45). Los discípulos de hoy, contentos y agradecidos por el don de la fe, buscamos afianzarla en nuestra vida. La exhortación del apóstol Pablo a los primeros cristianos resuena todavía hoy, de manera tan lúcida como audaz:

"Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz. Como en pleno día, procedamos dignamente: basta de excesos en la comida y en la bebida, basta de lujuria y libertinaje, no más peleas ni envidias. Por el contrario, revístanse del Señor Jesucristo, y no se preocupen por satisfacer los deseos de la carne" (Rom 13-12-14).

"Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad. Sepan discernir lo que agrada al Señor, y no participen de las obras estériles de las tinieblas; al contrario, pónganlas en evidencia" (Ef 5,8b-11).
¡Cuánta actualidad tiene este llamado imperioso y realista de la Palabra de Dios!

3. La interpelación de la Palabra se convierta en oración confiada

La Palabra de Dios que cuestiona e interpela, viene en nuestra ayuda. Ante todo para confesar nuestra fe, y proclamarla convencidos: "El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?" (Sal 27,1). "Tu palabra es una lámpara para mis pasos, y una luz en mi camino" (Sal 119,105). Luego también, para suplicar, como aquellos ciegos de Jericó, que apelando a la compasión de Jesús, dijeron: «Señor, que se abran nuestros ojos» (Mt 20,33). Entonces, con plegaria bíblica, insistimos: "Envíame tu luz y tu verdad: que ellas me encaminen y me guíen ... al lugar donde habitas" (Sal 43,3). "Que brille sobre mí la luz de tu rostro, y enséñame tus preceptos. Ríos de lágrimas brotaron de mis ojos, porque no se cumple tu ley" (Sal 119,135). Ya ven ustedes, que pidiendo al Señor la luz para todos, nos toca lamentar la oscuridad de muchas situaciones.

Pronto volveremos a encender nuestras velas, para renovar las promesas del bautismo. En algunos lugares de América se reza en ese momento, con palabras que podemos hacer nuestras. Dicen así: Tú que dijiste “Yo soy la Luz del mundo”, disipa con la claridad de tu Resurrección las obras de las tinieblas y tráenos amor, paz y alegría. Que en las adversidades de la vida brille la esperanza en el Padre Bueno, que todo lo provee con ternura. Esclarece nuestra mente con el resplandor de la fe, para descubrir en cada hecho, Tu presencia salvadora. Que el fuego de tu Espíritu Santo avive en nosotros el deseo de perseverar en la vida cristiana, como hijos de la Luz. Que tu Palabra sea la lámpara que guíe nuestros pasos por las sendas del bien y la verdad".