Celebración de la Cruz

 

Viernes Santo

"El relato evangélico de la pasión proviene de la primera predicación de los apóstoles. Ellos anunciaban la pasión, muerte y resurrección de Jesús, como testigos de los hechos, y como creyentes convencidos. Se sentían enviados a predicar; no como quien sólo publica hechos sucedidos; sino como quien ha experimentado el paso y la presencia de Dios en Jesucristo, muerto y resucitado. Invitaban a creer en Él, para alcanzar el perdón y la vida nueva".

Mensaje de Mons. Arancibia en la celebración de la Cruz, en la Catedral de Loreto


1. ¿Cómo mirar la cruz y no quedar espantados?


La cruz de Jesús es un suplicio, impuesto como pena injusta, que puede infundir temor o provocar rechazo. Más todavía si se presenta como modelo a imitar, ya que suficientes penas tenemos. Todo cambia cuando la contemplemos a la luz de la Palabra de Dios, y de la fe de la Iglesia. Entonces se convierte en algo digno de admiración y consuelo.

2. Prestemos oído y corazón atentos a la Palabra de Dios

La Palabra ocupa un lugar central, y casi exclusivo, en la celebración de esta tarde. Viernes y sábado santo, no se celebra la Eucaristía. Pero damos más tiempo a la Palabra. Buscamos que nos ilumine con su luz y nos transforme con su poder salvador. Las devociones populares, como: el via crucis, la visita a los templos y al calvario, la veneración de imágenes sagradas, reciben su mejor inspiración desde la misma Palabra.

Los creyentes detenemos la mirada sobre la CRUZ donde murió Jesús. Meditamos en el sufrimiento que padeció. Conmueve ver al justo, ajusticiado, por una injusticia. De alguna forma pensamos en los dolores y angustia de la humanidad entera; sobre todo en los padecimientos de niños inocentes y de tantas víctimas de una violencia injustificada. Los pecados ajenos y propios se añaden, y pesan, como una carga inaguantable

Dios condujo a su antiguo pueblo, anunciando a un servidor doliente, por boca de los profetas (1ª L: Is 52,13-53,12). Su mensaje fue algo enigmático. Pero sostuvo la esperanza del pueblo. Al final, fue la luz que permitió dar sentido a la pasión y muerte de Cristo. Dejemos resonar algunas frases: Está desfigurado; abrumado de dolores; como oveja que va al matadero. Asombrará a muchos; soportará nuestros sufrimientos; mi servidor triunfará; por sus heridas fuimos curados. Ofrece su vida en sacrificio de reparación. Mi servidor justificará a muchos; cargará sobre sí las faltas; intercede por los culpables.

Jesús cumplió esa profecía. Fue el servidor humilde y sufriente, y el Mesías prometido. Algunos esperaban un Mesías poderoso, pero él cumplió con fidelidad la voluntad de Dios. Sus discípulos vivieron y anunciaron -con valentía y confianza- el sentido de su muerte y resurrección (2ª L: Hebr 4,14-16; 5,7-9): “... no tenemos un sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros ... Vayamos confiadamente al trono de la gracia ...”. Así contemplamos hoy la cruz de Jesús, y movidos por esta Palabra, renovamos nuestra fe en Jesucristo.

3. La Palabra culmina hoy en la proclamación de la pasión y muerte del Señor

El relato evangélico de la pasión proviene de la primera predicación de los apóstoles. Ellos anunciaban la pasión, muerte y resurrección de Jesús, como testigos de los hechos, y como creyentes convencidos. Se sentían enviados a predicar; no como quien sólo publica hechos sucedidos; sino como quien ha experimentado el paso y la presencia de Dios en Jesucristo, muerto y resucitado. Invitaban a creer en Él, para alcanzar el perdón y la vida nueva.

La pasión según san Juan, que acaba de proclamarse, presenta a Jesús con rasgos que contrapuestos: angustiado y glorificado; servidor humilde y rey glorioso. Atendamos a ciertos detalles, que hacen más admirable aún la figura del salvador:

- Jesús es arrestado: no intenta huir; está listo para entregarse, libremente, y consciente de su condición divina: “Yo Soy”, afirma; y al marchar preso, intenta salvar a los suyos, diciendo: “dejen que estos se vayan” (Jn 18,8).

- El coraje de Jesús, contrasta con el miedo de Pedro, y con la fuga de los otros apóstoles.

- Jesús acepta ser juzgado por la autoridad de su tiempo y lugar; pero no oculta, sino manifiesta, su condición de Rey y de Juez. Así lo decía la inscripción sobre la cruz, que Juan describe en detalle (Jn 19,19-22).

- La muerte del Señor parece un fracaso, pero con ella todo queda cumplido, según las Escrituras: el plan divino de salvación; la entrega de su espíritu, y la del Espíritu Santo; la entrega de su Madre a la primera Iglesia.

- Agua y sangre brotan de su corazón traspasado: Jesús es el verdadero cordero pascual, cuyo huesos no fueron quebrados. Juan lo atestigua. El agua es signo de vida, y la sangre de redención. En adelante, Bautismo y la Eucaristía: otorgan vida nueva y eterna a los creyentes.

4. La proclamación de la Buena Nueva se prolonga en la Iglesia

De los apóstoles Pedro y Pablo, hemos recibido textos inspirados por el Espíritu, y muy hermosos, sobre la pasión, la cruz, y sus frutos. Son fuente de esperanza y acompañan a los cristianos de todo época y lugar:

- "... todo el pueblo debe reconocer, que a ese Jesús que ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías" (Pedro: Hech 2,36)

- Cristo crucificado es: "fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados, tanto judíos como griegos" (Pablo: 1 Cor 1,24)

- "El quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz" (Col 1,20).

Siglos después, hubo un santo obispo llamado Pedro, que por su bella forma de predicar fue llamado: "palabra de oro" (Pedro Crisólogo +450). Él intentó animar a su gente, para que no temieran la pasión, y hasta se animaron a imitar la entrega de Jesús, por amor. Para ello, les habla como si fuera el mismo Señor, diciendo:

"Quizás les avergüenza la magnitud de mis sufrimientos, de los que ustedes fueron causa. No teman. La cruz, más que herirme a mí, hirió a la muerte. Estos clavos, más que causarme dolor, fijan en mi un amor más grande por ustedes. Estas heridas, más que hacerme gemir, los introducen más profundamente en mi interior. La extensión de mi cuerpo en la cruz, más que aumentar mi sufrimiento, sirve para prepararles un regazo más amplio. La efusión de mi sangre, más que una pérdida para mí, es el precio de su redención.

Vengan, pues, vuelvan a mí, y comprobarán que soy padre, al ver cómo devuelvo bien por mal, amor por injurias, tan grande caridad por tan graves heridas". (Sermón 108)