Misa Exequial de Mons. Paulino Reale

 

Palabras del arzobispo Mons. José María Arancibia, en su homilía de la Misa Exequial de Mons. Paulino Reale

"Al despedir hoy al hermano Paulino, sacerdote de Jesucristo, tan querido por las comunidades a las que él cuidó, es bueno recordar -ante todo- su fe en nuestro Señor y Redentor. Fe que lo impulsó a entregar su vida como pastor abnegado, entusiasta e incansable, en favor del pueblo a él encomendado".

Mons. Paulino Reale. + 29 de marzo de 2012

En esta Eucaristía alabamos y damos gracias a Dios. Somos la Iglesia reunida por Jesús, el "gran pastor de las ovejas por la sangre de una nueva alianza" (Hebr 13,20). Él es el supremo pastor y guardián, que cuida de las ovejas perdidas o descarriadas (cf 1 Pe 2,25). Él preside esta asamblea, en la que celebramos, con Él y en memoria Suya, el sacrifico de la nueva y eterna alianza; el que ofreció Él mismo, una sola vez y para siempre, sentándose luego a la derecha del Padre (cf Hebr 10,12).

Al despedir hoy al hermano Paulino, sacerdote de Jesucristo, tan querido por las comunidades a las que él cuidó, es bueno recordar -ante todo- su fe en nuestro Señor y Redentor. Fe que lo impulsó a entregar su vida como pastor abnegado, entusiasta e incansable, en favor del pueblo a él encomendado.

Paulino fue recibido en Mendoza por Mons. José Aníbal Verdaguer, su primer obispo, poco después de creada la diócesis. Era entonces un adolescente venido de Italia con su familia, ya encaminado con decisión al seguimiento de Cristo, en la vocación sacerdotal. Se preparó para el sacerdocio en los seminarios de San Juan y de Córdoba, y recibió la ordenación presbiteral de Mons. Alfonso María Buteler, el 5 de diciembre de 1948.

De su larga trayectoria como sacerdote y obispo, hemos escuchado su vivo testimonio, en varias ocasiones. Últimamente, en septiembre del año pasado. Antes, con motivo de celebrar 50 y 60 años de sacerdote; y también en sus 75 y sus 80 años de edad. Quienes lo escucharon en esas ocasiones, recordarán su alegría al hacer memoria de una vida dichosa, de constante e ingenioso servicio al pueblo de Dios. Tengo la impresión de que nadie podría contar su vida y sus obras, con mayor énfasis, ni con mejor sentimiento.

No obstante, y aún para volver sobre sus mismos relatos, recordemos con gratitud su camino de sacerdote y pastor. Recién ordenado, fue vicario de Luján, por tres años. Luego párroco de la nueva parroquia de santa María Goretti, durante dieciséis años. De allí pasó de nuevo a Luján, como párroco, por otros 21 años. En todos esos años, se brindó a esas comunidades con intenso celo pastoral. Preparó y acompañó a muchos fieles laicos para una vida cristiana y apostólica. Fundó y asesoró asociaciones católicas. Trabajó por la educación de niños y jóvenes, participando en la creación y conducción de colegios católicos. Emprendió la construcción y remodelación de obras necesarias para la tarea evangelizadora y litúrgica. Organizó e impulsó la construcción de viviendas, esperadas y agradecidas por los vecinos.

Por sus meritos le fue concedido el título de Prelado de Honor de su Santidad (1984). Pocos años después fue nombrado obispo diocesano de Venado Tuerto, en la provincia de Santa Fe (1989). En casi doce años de ministerio episcopal, tuvo que poner decisión y arduo empeño en situaciones complejas y delicadas. Desde que el Papa aceptó su renuncia, nos alegramos de tenerlo de vuelta, en esta comunidad de Santa Inés, que disfrutó hasta hace poco de su atención pastoral, y de su pasión por concluir las obras emprendidas.

Podría mencionar otros reconocimientos del Departamento Luján, de la Legislatura, y de varios organismos o asociaciones. Prefiero, sin embargo, echar una mirada creyente sobre su persona y su actuación. Más allá de todas las acciones espirituales y humanas, que se puedan enumerar en una exhaustiva biografía, me impresiona el misterio de historia salvífica que las sostiene, y que en gran parte permanece oculto a los ojos de los hombres. Ya la vocación cristiana y sacerdotal es un secreto de gracia, en el corazón de cada persona. Y todos los resultados de una vida apostólica, van más allá de cuanto podamos reconocer y agradecer. No sólo porque proceden del poder salvador del Evangelio, que supera la capacidad humana. También porque producen frutos maravillosos de gracia, que desbordan la humana experiencia. Éste es el mayor éxito y mérito de un sacerdote y obispo, que hoy agradecemos. Dios lo hizo instrumento de su misericordia, del consuelo y de la paz; signo de su amor paternal para suscitar confianza y alegría; educador de un crecimiento constante e integral; promotor de reconciliación, de armonía, de fraternidad.

Así nos explicamos que Paulino haya escrito en un recordatorio: “Gracias Inmaculada Concepción por acompañarme durante 80 años en vivir y obrar. Y que el beato Juan Pablo II le haya escrito: Venerable hermano Paulino: hemos comprobado que con generosa voluntad y prudencia has cumplido con tu misión. Rogamos al Señor sea generoso remunerador de tus méritos. Te impartimos una abundante bendición apostólica”.