Solemnidad de la Anunciación del Señor

 

Homilía de Mons. Sergio O. Buenanueva, en la Misa de la Jornada de la Vida. Fiesta Litúrgica de la Anunciación del Señor

"El hombre no es fruto del azar, aunque puedan parecer azarosas las circunstancias concretas de su concepción y nacimiento. Detrás de cada ser humano está la libertad y la razón creadora de Dios, su Providencia siempre sabia y amorosa. Este es el más sólido fundamento para luchar por la causa de la vida. No es la libertad individual, como quiere el liberalismo, el valor supremo sobre el que hay que asentar la convivencia ciudadana y todo el orden social. Es la persona humana, sujeto y centro de toda la vida social".

“¡Alégrate, María, llena de gracia. El Señor está contigo!”

En medio del camino cuaresmal, somos nuevamente llamados a la alegría: la alegría de la salvación.

Por eso, queridos hermanos: echemos fuera la tristeza y la desesperanza; el desánimo, la palabra y el gesto de amargura.

María escuchó, de labios del Arcángel Gabriel, la invitación a la alegría: llena de gracia, el Señor la iba a colmar con Su presencia.

Lo que Dios dice y hace en María vale también para la Iglesia y para la humanidad entera. La alegría a la que Dios llama a la Virgen de Nazaret es la alegría que es la vocación de la humanidad que camina en un valle de lágrimas. Es la vocación y la misión de la Iglesia, llamada a hacer presente en medio del mundo la alegría de Cristo.

El Verbo se hizo carne

La solemnidad de hoy nos invita a contemplar el misterio central de nuestra fe: cuando se cumplió el tiempo establecido, el Padre envió a su Hijo, nacido de mujer para rescatar a toda la humanidad (cf. Gal 4,4-6).

El Unigénito del Padre, Dios de Dios y Luz de Luz, se hace hombre, por obra y gracia del Espíritu Santo. El Verbo se hace carne, como dice sin vueltas el evangelio según San Juan (cf. Jn 1,14).

Los creyentes no dejamos de contemplar, admirados y agradecidos, el misterio de la Encarnación. Hace dos mil años que la fe hace surgir del corazón encendido por el misterio la pregunta: Cur Deus homo? ¿Por qué Dios se hizo hombre? ¿Por qué la Encarnación?

El Catecismo de la Iglesia, recogiendo en una fórmula breve pero densa de contenido, la enseñanza segura de la Escritura y de la Tradición de la Iglesia, la expresa en los siguientes términos:

¿Por qué el Hijo de Dios se hizo hombre?

El Hijo de Dios se encarnó en el seno de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, por nosotros los hombres y por nuestra salvación: es decir, para reconciliarnos a nosotros pecadores con Dios, darnos a conocer su amor infinito, ser nuestro modelo de santidad y “hacernos partícipes de la naturaleza divina” (2Pe 1,4)(1)

La respuesta precisa de la fe católica tiene que ser, para cada uno de nosotros, mucho más que una fórmula doctrinal que nos esclarece la mente.

Cada uno de nosotros ha de formularse la pregunta: ¿Por qué, Señor, te has hecho hombre? ¿Qué has buscado con tu Encarnación? ¿Cuáles han sido tus intenciones?

No es la pregunta del escéptico o del distraído, tampoco del que con sarcasmo formula un interrogante, sabiendo de antemano la respuesta.

Es la pregunta del que cree, ama y espera apasionadamente. Por eso, es la pregunta del que busca conocer para amar, o porque ha sido alcanzado por el amor de Dios en Cristo, este amor le ha esclarecido la mente, y lo atrae, y lo busca y lo provoca a entrar, cada vez más hondamente, en el misterio del Amor de Dios.

Santa Teresa de Ávila escuchó una vez que Dios le decía: “Por ti, Teresa. Todo lo que hecho, ha sido por ti”. La mística ha vivido en grado extraordinario lo que cada creyente vive ordinariamente. Por eso, cada uno de nosotros, en su propio camino espiritual de fe desnuda, ha de poder decir: Por mí y por mí salvación, Dios envió a su Hijo al mundo y el Verbo se hizo carne.

¿Qué es el hombre para que así lo cuides?

La pregunta por las razones de la Encarnación desemboca en otra pregunta, igualmente intensa y provocadora: ¿Qué hay en el hombre que mueva a Dios a encarnarse?

Se podría pensar que Dios se ha hecho hombre porque el hombre tiene algo que le falta a Dios y, de esa manera, Él podría arrebatarle. Es una herejía.

Dios se hizo hombre para colmar al ser humano, pobre y pecador, con la abundancia de su gracia. Para hacerlo “partícipe de su naturaleza divina”, escribe San Pedro en su segunda carta (cf. 2 Pe 1,4).

Aquí, queridos hermanos y hermanas, radica la sacralidad y dignidad de la vida humana. El ser humano, cada uno sin exclusión, ha sido amado con un amor incondicional por Dios.

El hombre no es fruto del azar, aunque puedan parecer azarosas las circunstancias concretas de su concepción y nacimiento. Detrás de cada ser humano está la libertad y la razón creadora de Dios, su Providencia siempre sabia y amorosa.

Este es el más sólido fundamento para luchar por la causa de la vida. No es la libertad individual, como quiere el liberalismo, el valor supremo sobre el que hay que asentar la convivencia ciudadana y todo el orden social. Es la persona humana, sujeto y centro de toda la vida social.

La causa de la vida

Por una feliz iniciativa del beato Juan Pablo II, en la Solemnidad de la Anunciación, se celebra la Jornada de la Vida.(2)

Con el Arzobispo Arancibia, hoy hemos hecho pública la Carta pastoral: “Anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la Vida”. La confiamos a todos los católicos con la esperanza de suscitar un renovado compromiso con la causa de la vida ante las actuales y difíciles circunstancias de nuestra patria y de nuestra provincia.

Enseñaba también el beato Juan Pablo II en dicha encíclica:

“Es urgente una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida: nueva, para que sea capaz de afrontar y resolver los problemas propios de hoy sobre la vida del hombre; nueva, para que sea asumida con una convicción más firme y activa por todos los cristianos; nueva, para que pueda suscitar un encuentro cultural serio y valiente con todos”. (3)

Esta ambiciosa meta nos pone ante desafíos también de largo alcance, mucho más si tenemos en cuenta la difusión de la “cultura de la muerte”, cuyo poder de penetración parece no conocer límites. Abrazar la causa de la vida supone un desafío a la fortaleza y a la esperanza.

En la Carta pastoral llamamos la atención sobre cinco situaciones en las que hoy se juega la dignidad de la persona y la causa de la vida:

• La afirmación de la dignidad del ser humano por nacer y la especial malicia del aborto, propuesto hoy como un derecho o un acto médico, cuando es todo lo contrario: una grave injusticia y la negación misma del fin de la medicina.

• La afirmación de la dignidad de nuestros niños y jóvenes, especialmente de los más pobres. La causa de la vida pasa hoy por fortalecer la familia y la educación.

• La afirmación de la dignidad de la vida frente al poder deshumanizante de las adicciones. Aquí se revela la pobreza más grande de nuestra sociedad: la falta de esperanza, y de la gran esperanza que es Dios.

• La necesidad de una profunda renovación espiritual en el alma de nuestro pueblo, ante los hechos de violencia que revelan hasta qué punto la negación de la dignidad humana puede echar raíces en el corazón humano.

• La dignidad de los más vulnerables: enfermos, personas con capacidades diferentes y los que están llegando al ocaso de sus vidas.

En la causa de la vida, la mujer tiene un rol insustituible. A ella y a su genio, Dios le ha confiado la dignidad de la vida humana. Hoy se la confiamos a María que, con su “Hágase”, hizo posible que el Autor de la vida entrara en nuestra historia para restaurarla con su encarnación y su pascua.

Amén

(1) Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 85
(2) Juan Pablo II, Evangelium vitae, 85
(3) Ídem 78-79