Anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la vida

 

Carta pastoral del Arzobispo de Mendoza, Mons. José María Arancibia, y del Obispo Auxiliar, Mons. Sergio O. Buenanueva, al terminar el Año de la Vida

Mendoza, 26 de marzo de 2012
Anunciación del Señor


A todos los fieles católicos
de la Arquidiócesis de Mendoza.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Ha concluido el Año de la vida. ¿Qué frutos nos ha dejado? Con la Palabra ante los ojos, y una fe muy viva en el corazón, cada uno podrá meditar su respuesta.

Nosotros, como pastores, los invitamos a mirar a Jesucristo. Lo proclamamos en voz alta: Él es el Salvador de todos los hombres. Él, en persona, es el Evangelio de la vida. El que cree en Él tiene vida eterna.

Al hacerse hombre, el Hijo de Dios se ha unido, en cierta manera, a todo ser humano. Al anunciar a Jesucristo, proclamamos también la dignidad de la vida humana, desde su concepción hasta su término natural.

¡Qué mejor fruto entonces que una renovada fe en Él!

I. Somos el pueblo de la vida y para la vida

El beato Juan Pablo II llamó a la Iglesia: “el pueblo de la vida y para la vida”. ¿Qué quiso indicar con esto? En su encíclica “El evangelio de la vida” nos ofrece una amplia respuesta (1). Podemos resumirla así: somos el pueblo de la vida, porque hemos sido salvados por Jesucristo, el Autor de la vida. Somos el pueblo para la vida, porque estamos llamados a anunciar, celebrar y servir al Evangelio de la vida.

Para asimilar mejor esta expresión, les proponemos aquí evocar un hecho vivido el año pasado: El domingo 8 de mayo, una ruidosa multitud de chicos y chicas católicos se dieron cita para caminar por las calles de nuestra ciudad. En aquella ocasión, el motivo era celebrar la beatificación de Juan Pablo II, el Papa amigo de los jóvenes. La imagen se repitió, multiplicada, el domingo 2 de octubre, Fiesta de la Virgen del Rosario.

Esta imagen de la “Iglesia joven”, que canta y camina, proclamando alegremente su fe en Jesucristo, nos ayuda a reconocer nuestra vocación y misión como “pueblo de la vida y para la vida”. Una imagen que interpela la conciencia: ¿Cómo recibir, cuidar y desarrollar este talento? ¿Cómo servir al Evangelio de la vida?

II. Una gran estrategia a favor de la vida

Enseñaba el beato Juan Pablo II: “Es urgente una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida: nueva, para que sea capaz de afrontar y resolver los problemas propios de hoy sobre la vida del hombre; nueva, para que sea asumida con una convicción más firme y activa por todos los cristianos; nueva, para que pueda suscitar un encuentro cultural serio y valiente con todos.”(2) .

Esto será posible si nosotros, antes que nada, volvemos a acoger con gratitud el don de la vida. La gracia tiene la primacía: Dios siempre primero. Nuestro primer servicio al Evangelio de la vida es entonces acoger el don de Dios como regalo gratuito, fruto de su amor y de su libertad divinos. ¿Cómo hacerlo?

De los posibles medios que tenemos a disposición, les proponemos uno muy sencillo. En realidad, nos viene del mismo Evangelio y de la sabiduría de Dios. Así lo enuncia San Pablo: “Ya que el mundo, con su sabiduría, no reconoció a Dios en las obras que manifiestan su sabiduría, Dios quiso salvar a los que creen por la locura de la predicación” (1 Co 1,21).

Queridos hermanos y hermanas: queremos invitarlos a la “locura de la predicación”; es decir: a un renovado anuncio del amor de Dios manifestado en Jesucristo. Y una predicación kerygmática sencilla y directa, por-que sencillo y directo es el Evangelio que anuncia. Todo un acto de fe confiada en la eficacia de la Palabra.

III. Creemos en un Dios amigo de la vida

¿Qué predicar? El núcleo vivo de nuestra fe: Dios nos ha creado por amor; somos obra suya; la vida es un regalo suyo; nos ha rescatado del poder del pecado por la sangre de su Hijo, que nos amó hasta el fin; nos comunica su Espíritu para que vivamos la vida nueva del amor a Dios y al prójimo. Anunciamos al Dios del pesebre, de la cruz y de la tumba vacía. Anunciamos al Dios amigo de la vida.

¿Quién tiene que hacer este anuncio? Cada bautizado. Porque todos estamos ungidos por el Espíritu para cantar las maravillas del Señor. ¡Redescubramos el gozo de ser misioneros del Evangelio de la vida!

Se trata de un anuncio que ha de tener siempre unidas dos cosas inseparables: el mensaje y la vida, la Palabra que proclama y la vida transfigurada de los mismos anunciadores.

En la homilía, en la catequesis, en el anuncio misionero tenemos que hacer el esfuerzo de unir estas dos realidades que se iluminan mutuamente. ¿Cómo? Tenemos que salir a buscar a los testigos vivientes del Evangelio de la vida, y proponerlos como modelos atractivos de vida. Son miles los buenos samaritanos.

Por eso hablamos de un anuncio positivo, propositivo y testimonial. Un mensaje que viene de Dios; nosotros somos solo instrumentos de una Palabra que es espíritu y vida. Una palabra que llena de alegría a todos.

IV. La verdad que nos hace libres

Cristo es luz que ilumina la vida. Quien conoce a Cristo conoce la verdad que hace libre. Nuestro tiempo tiene una particular necesidad de verdad. Por eso, el anuncio gozoso del Evangelio de la vida debe llevar la luz de su verdad a la conciencia de los hombres, siempre amenazados por el engaño, el error o la mentira.

¡Qué la verdad de Cristo lleve libertad y alegría al corazón de todos! Una verdad que Dios creador ha inscrito en el ser mismo del hombre, y que las personas de buena voluntad pueden reconocer.

1. Somos únicos, irrepetibles y distintos

Ante todo, la dignidad de la vida naciente. El fruto de la concepción es un ser humano. En el vientre de la madre crece la vida de un ser único, irrepetible y distinto de todos los demás. Eso sí: particularmente indefenso, por eso, confiado al cuidado de su madre y de la entera familia humana. Cada niño por nacer nos importa a todos. Vale por sí mismo, aunque no puede hacer oír su voz.

Por eso, el aborto jamás podrá ser considerado un derecho. Es, por el contrario, una grave lesión a la justicia: la deliberada eliminación de un ser humano en la fase inicial de su vida. La ley civil debe tutelar específica y claramente la vida naciente. No puede dejar de señalar el aborto como un grave delito contra el ser humano. Hay que seguir movilizando las conciencias a favor de la vida, sobre todo cuando el embarazo aparezca difícil y problemático. Se trata de proteger las dos vidas: la de la madre y la de su hijo.

2. Contagiar los valores de la vida

Concebir y dar a luz al hijo supone, para los padres, la gozosa misión de procurar su crecimiento integral. La cultura de la vida pasa por la familia y la educación. ¿Cómo transmitir hoy aquel conjunto de valores que requiere el pleno desarrollo de una persona? Educar es enseñar a vivir, siendo fieles a la verdad integral del hombre.

La educación tiene hoy muchos desafíos. Por un lado, la pobreza y exclusión con todas sus consecuencias. También la difusión de una cultura relativista centrada en la satisfacción de los propios deseos.

La educación es un deber-derecho originario de los padres. El Estado tiene un rol subsidiario. Recuperemos la alianza entre padres y maestros, la casa y la escuela. Animamos a todos los educadores a ser de verdad “maestros de vida” para nuestros niños y jóvenes. No les faltará la gracia de Jesús, el Maestro.

Tras las huellas de Jesús, la Iglesia es madre, maestra y catequista. Su servicio fundamental a los niños y jóvenes es transmitirles la fe en Dios y acercarlos a Jesucristo, para que tengan vida eterna.

3. Hay razones para vivir

La promoción de la cultura de la vida nos enfrenta hoy con el problema de las adicciones. “La drogadicción -decía Juan Pablo II- es síntoma de un malestar existencial en un mundo sin esperanza”(3). La difusión de la droga, el juego compulsivo y otras formas de esclavitud manifiestan la hondura de esta carencia.

Solo una esperanza grande sostiene al hombre, incluso ante la perspectiva del dolor, el fracaso o la muerte. Esa esperanza es Dios. Su rostro visible es Jesucristo. Solo Dios calma el ansia del corazón humano.

Agradecemos a Dios tantos buenos samaritanos que tienden su mano a los hermanos heridos a la vera del camino. Les damos también nuestro aliento. La Iglesia abraza a los adictos con el amor de Cristo. Dice no a la despenalización del consumo de droga, porque es un mal al que no pueden hacérsele concesiones. Ofrece a todos la esperanza que brota del Evangelio. ¡Hay razones para vivir!

4. Todo hombre es mi hermano

Una de las contradicciones más hondas del corazón humano se manifiesta en la violencia fratricida: Caín contra Abel. ¿Cuántas familias lloran pérdidas irreparables? Urge profundizar un planteo integral del problema y el compromiso de todos. Como pastores, ofrecemos una palabra desde nuestra fe en Jesucristo .

Se trata de encontrar los caminos para hacer más humana nuestra vida. Ello requiere una profunda renovación espiritual. Estamos llamados a hacernos cargo, los unos de los otros por amor. “Todo hombre es mi hermano”, decía Pablo VI. Recrear la amistad social y la fraternidad, buscar la reconciliación entre personas y grupos, es una tarea de largo alcance espiritual. Un gran meta ciudadana. Sólo fortaleciendo el alma del pueblo, podremos superar los hondos problemas que causan la actual violencia de nuestra sociedad.

El aporte fundamental de la Iglesia es el Evangelio, anunciado y vivido por cada bautizado. La fe abre el corazón a Dios, y lo dispone para abrirse a los demás con el amor y la generosidad de Cristo.

5. Mis hermanos más pequeños

Cristo se identificó con los más débiles. Sus discípulos seguimos sus huellas: lo reconocemos en los ancianos, enfermos, en los hermanos con capacidades diferentes, en todo ser humano vulnerable.

En todos ellos resplandece, de modo especial, la dignidad de la vida humana. Digámoslo una vez más: el ser humano vale por lo que es, no por sus capacidades o aptitudes. No somos los dueños de la vida: la recibimos y la cuidamos, porque solo Dios es el Señor. La eutanasia, el ensañamiento terapéutico, el abandono de ancianos y enfermos son graves atentados contra la vida.

Agradecemos el compromiso con la vida de tantos servidores de estos hermanos más débiles, tanto en instituciones privadas como de gestión estatal, de las propias familias que no se desentienden de ellos, como de los agentes de la salud. La cultura de la vida se edifica, día a día, con su compromiso generoso.

V. Mujer, bendito el fruto de tu vientre

Nos preguntábamos por los frutos de este Año de la vida. Ahora miramos a María, y con Isabel le decimos: “Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre”. A ella le ha sido confiada “la causa de la vida”.

Con la mirada fija en la madre de Jesús, nuestra palabra conclusiva es una apelación a las mujeres para que vivan plenamente su misión en el anuncio, celebración y servicio del Evangelio de la vida.

Si nuestra sociedad necesita una profunda renovación espiritual y un nuevo humanismo, esta meta está indisolublemente ligada al “genio femenino”. A ella le ha sido confiada la vida humana, de un modo único y original. Con palabras del beato Juan Pablo II: “La mujer es fuerte por la conciencia de esta entrega, es fuerte por el hecho de que Dios «le confía el hombre», siempre y en cualquier caso, incluso en las condiciones de discriminación social en la que pueda encontrarse”(5).

La cultura de la vida tiene a la mujer como protagonista privilegiada. De ella depende el pleno desarrollo de una ecología verdaderamente humana, que haga justicia al primado de la persona sobre las cosas, del ser sobre el hacer y poseer, y, por eso, más atenta al cuidado de la tierra y al equilibrio del ambiente.

Esta renovada cultura de la vida comienza desde abajo, desde las familias, desde la vida cotidiana. Las mujeres están activamente presentes en la Iglesia y en la sociedad. Su aporte, específico y diferenciado, es decisivo para una nueva cultura de la vida. Poco ganaríamos manteniendo una legislación pro-vida, si sus valores ya no fueran apreciados y cultivados por las personas y las familias. Este es el campo de acción de los discípulos misioneros de Jesús, especialmente de las mujeres.

VI. Celebrar la vida

Concluimos estas reflexiones con una propuesta a todos los agentes pastorales de la Arquidiócesis: revitalizar la celebración de la Jornada por la Vida, en el espíritu y con las orientaciones del beato Juan Pablo II en su carta encíclica “El Evangelio de la vida” (n° 85). Puede ser una ocasión muy buena para ofrecer a todos el mensaje positivo, propositivo y testimonial que es propio del Evangelio de la vida. Oportunamente ofreceremos algunas indicaciones prácticas para ello.

Que María, madre de Cristo y signo de esperanza para la humanidad, acompañe el servicio de todos al Evangelio de la vida. A ella, una vez más, le confiamos la causa de la vida.

Con nuestro afecto y bendición,

+ José María Arancibia, Arzobispo de Mendoza
+ Sergio O. Buenanueva, Obispo auxiliar de Mendoza


(1) Cf. El Evangelio de la vida, 78 - 79
(2) El Evangelio de la vida, 95
(3) Juan Pablo II, Enseñanzas, XVI, 2, 1991, p. 1249.
(4) José María Arancibia, Recrear la amistad social y la cultura de la vida en Mendoza, 3 de setiembre de 2008.
(5) Juan Pablo II, Carta Apostólica “Mulieris dignitatem” 30.